Estoy recostada en una camilla dentro del área de urgencias, mientras un par de paramédicos trabajan con cuidado sobre mi brazo herido. Tuvieron que cortar mi camisa para poder extraer los fragmentos de vidrio incrustados tras el impacto contra la ventanilla.
Mientras me atienden, mi mente repasa cada momento desde el accidente. Cuando fueron por mí, los paramedicos me advirtieron que no intentara moverme sola, pues había posibilidad de fracturas internas. Por suerte, tras los primeros exámenes descartaron ese riesgo.
Una vez en la superficie, me atreví a mirar hacia abajo, hacia el lugar donde quedó el auto. No era una caída tan profunda como había imaginado, pero en aquel instante, cuando perdí el control y el auto rodó cuesta abajo, me pareció que caía por un abismo sin fondo.
—¡Ah! —me quejo cuando uno de los paramédicos extrae un nuevo cristal del interior de mi brazo. A pesar de la anestesia local, el dolor punzante aún me arranca un sobresalto.
—Listo —dice la chica que asiste el procedimiento, y justo después entra mi padre, con el rostro marcado por la angustia.
—¿Cómo te sientes? —pregunta de inmediato, intentando sonreír sin mucho éxito.
—Estoy bien —miento con una media sonrisa que apenas logro sostener.
El médico se acerca y nos informa que me trasladarán a una habitación para continuar con la observación. Antes de hacerlo, las enfermeras me ayudan a quitarme la ropa manchada de sangre y me colocan una bata azul claro, limpia y ligera.
Me realizan estudios más completos para descartar lesiones internas, y después me llevan a una habitación privada. Allí, una enfermera conecta un suero intravenoso a mi mano derecha y acomoda un cabestrillo en el brazo herido, para mantenerlo inmovilizado. Me explican que, de momento, mis heridas se limitan a los cortes del brazo y algunos hematomas. Un milagro, considerando el accidente.
Cuando la enfermera se retira, papá vuelve con mi teléfono en la mano.
—Tu amiga de la fiesta llamó hace poco —me dice mientras se sienta a mi lado —Le expliqué lo que pasó. Está muy preocupada por ti.
—La llamaré para tranquilizarla —respondo, aunque él me recomienda que deje eso para después y trate de descansar.
No tengo sueño, pero asiento.
Papá me cuenta que Helen ha estado alterada desde que se enteró, y que apenas logró convencerla de que estaba fuera de peligro.
—El médico quiere dejarte en observación por esta noche —me informa —Si todo sigue bien, podrás volver a casa mañana por la mañana.
Hago un gesto de alivio, pero se apaga cuando escucho lo siguiente:
—La persona que te chocó se dio a la fuga —dice con voz grave —pero lograron identificarla. Era una mujer en estado de embriaguez.
Cierro los ojos y dejo escapar un largo suspiro, tratando de asimilarlo todo. Me siento drenada. Quiero llorar, pero no tengo energía para hacerlo. Me limito a girar el rostro hacia la ventana mientras intento, por todos los medios, obligarme a dormir, aunque sea por un rato.
***
Empiezo abrir los ojos cuando una claridad empieza a incomodarme. Miro a mi alrededor y por un sengundo me siento perdida. Veo a Helen sentada en un sillón tecleando su móvil, y justo cuando intento sentarme, ella viene hasta mí.
—Cómo te sientes? —me pregunta con voz suave a la vez que me pasa la mano por la cabeza.
—Mejor —digo sinceramente mientras Helen me ayuda a tomar asiento —¿Cuándo llegaste? —le pregunto sólo por curiosidad.
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Mas de ti ©
RomanceUN FENÓMENO POR DESCUBRIR. Al principio era rabia, era curiosidad... era él. Mudarse a San Francisco era parte de un plan sencillo: estudiar, respirar, seguir con mi vida. Pero entonces apareció él. Hermoso. Intenso. De esos que no piden permiso pa...
