Al día siguiente, todo transcurre con una normalidad casi irritante.
Por la mañana me quedo en casa, moviéndome por la cocina con una rutina automática que no logra silenciar del todo el ruido que todavía arrastro por dentro. Intento concentrarme en tareas simples, en el sonido de los utensilios, en el aroma del café de Helen, en cualquier cosa que no me lleve de vuelta a él.
Por la tarde voy a la universidad y me obligo a mantener la mente ocupada entre clases y apuntes. Funciona... a medias.
Es de noche cuando finalmente regreso a casa. Papá pasa a recogerme porque Helen no pudo hacerlo, y el trayecto transcurre sin nada digno de recordar. Después de cenar subo a mi dormitorio, me doy un baño largo (más largo de lo necesario) y termino dejándome caer sobre la cama con el control remoto en la mano, buscando algo que me distraiga.
Un total fracaso.
La película que termino viendo es absurdamente cursi. Y, aun así, no puedo dejar de mirarla.
Cada escena íntima entre los protagonistas se me mete bajo la piel como una provocación silenciosa, arrastrando mi mente de vuelta a ese momento que llevo todo el día intentando archivar. Mi desliz con Amîr aparece una y otra vez sin pedir permiso, nítido, insistente.
Intento apartarlo.
Fallar se vuelve costumbre.
Suelto un suspiro pesado cuando los créditos empiezan a rodar. No he sabido nada de él en todo el día. Una parte de mí asume que la universidad lo tiene absorbido, pero otra, más incómodamente consciente, no puede evitar preguntarse si me está dando espacio o si simplemente está evitando enfrentarse a lo que quedó entre nosotros.
La idea me deja una sensación extraña en el pecho.
Respiro hondo, imaginando inevitablemente nuestro próximo encuentro. No me gustaría que actuemos como dos desconocidos después de todo lo que hablamos. Se supone que aclaramos las cosas. Se supone que decidimos dejar atrás los momentos incómodos para salvar la amistad que estuvo a punto de romperse.
Se supone.
Con ese pensamiento todavía rondándome la cabeza, tomo el teléfono y llamo a Emma. Contesta casi de inmediato, como siempre, y la conversación fluye con facilidad entre un tema y otro. Teníamos días sin hablar, así que la pongo al tanto de lo esencial: San Francisco, la universidad, el susto que se lleva con el accidente de auto que tuve. Se preocupa, por supuesto.
De Amîr le hablo… pero solo lo justo. Nada de confesiones incómodas.
Nada que abra una puerta que ya decidí cerrar.
Cuando finalmente nos despedimos, el silencio de la habitación vuelve a envolverme.
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El sábado se me escurre entre libros abiertos y páginas subrayadas. Paso casi todo el día estudiando, intentando convencerme de que concentrarme en algo concreto va a ordenar el ruido que todavía llevo por dentro. Funciona por momentos… pero no del todo.
Siempre hay algo que vuelve, una distracción persistente que se cuela entre línea y línea.
Por la tarde hago una pausa para una videollamada con mi abuela. Su voz, cálida y familiar, logra bajarme un poco la tensión que ni siquiera sabía que estaba sosteniendo.
Hablamos de cosas simples, de rutinas del día a día, y por un rato consigo respirar con más normalidad.
Cuando colgamos, vuelvo a mis apuntes, disciplinada, aunque ya no con la misma concentración limpia de antes.
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Mas de ti ©
RomanceUN FENÓMENO POR DESCUBRIR. Al principio era rabia, era curiosidad... era él. Mudarse a San Francisco era parte de un plan sencillo: estudiar, respirar, seguir con mi vida. Pero entonces apareció él. Hermoso. Intenso. De esos que no piden permiso pa...
