Amîr sigue allí, como suspendido en el tiempo, con el ceño levemente fruncido, los labios entreabiertos y la mirada fija, y a la vez distante. Sé que lo he descolocado, y también sé cuánto le incomoda que lo confronte con este tema. Pero no me importa. Él tiene que entender que yo también estoy lidiando con un torbellino. No puede pretender que esto es fácil para mí.
—Liza… —su voz suena baja, densa, casi suplicante—. Por favor… no arruines este momento.
Me hierve la sangre. ¿Arruinar? ¿Yo?
—¿De qué momento hablas, Amîr? ¿Del momento en que me besas sin explicación? ¿Del momento en que actúas como si nada pasara, mientras yo me estoy desmoronando por dentro?
—No digas eso —responde con un dejo de angustia, y se pone de pie de golpe, como si necesitara moverse para no quebrarse—. Lo que pasa entre tú y yo no es…
Se traga sus palabras de golpe, como si tuviera miedo de pronunciarlas. Pero ya no le voy a permitir retroceder.
—¿No es qué, Amîr? —le lanzo, dando un paso hacia él, sin quitarle la vista de encima—. Termina la frase. Dímelo. Dime lo que no te atreves a decir. ¿O acaso también vas a huir de esto?
Amîr se lleva la mano a la cabeza, pasándola con fuerza entre su cabello oscuro como si buscara calmar el incendio que acabo de crear. Su pecho sube y baja con pesadez, y cuando sus ojos vuelven a encontrar los míos, hay una angustia transparente temblando en ellos, a punto de romperse.
Yo, por mi parte, no puedo más. Su silencio, su evasión, todo esto me hiere de formas que ya no sé cómo ocultar. De pronto, suelto una risa seca, incrédula, como quien se ríe para no llorar. Y su atención se clava de nuevo en mí.
Amîr se pasa la mano por el cabello con un gesto de frustración contenida. Lo hace lentamente, como si necesitara calmar la tormenta que le arde por dentro. Luego, sus ojos vuelven a buscarme, y en ellos hay algo que no termino de descifrar: rabia, miedo, confusión... todo al mismo tiempo.
No puedo evitar reír, una risa seca, incrédula, casi amarga. Me estoy burlando de mí misma, de lo patética que parece mi vida sentimental. No tiene pies ni cabeza. Un caos que no se detiene.
Porque lo quiero. Eso es innegable. Estoy enamorada de él. ¿Pero y él? ¿Qué hay de su parte?
La presión que siento me oprime el pecho. No entiendo nada, y eso me desespera.
—¿Es que yo te gusto, acaso? —disparo de golpe, sin medir. Las palabras salen por su cuenta, con una mezcla de rabia y vulnerabilidad.
La pregunta queda flotando entre los dos como una bomba a punto de estallar. Él parpadea, inquieto. Sus gestos pierden firmeza. Su mirada vacila, como si dentro de sí estuviera librando una guerra que no puede ganar sin perder algo.
—¿Qué estás diciendo? —responde con la voz tambaleante, como si le costara sostenerla.
—Lo escuchaste bien —le sostengo la mirada, sin apartar ni un centímetro—. Ya no sé qué juego de mierda te traes entre manos conmigo, pero empiezo a creer que te provoco algo que ni tú entiendes... o que no te atreves a nombrar.
Lo veo abrir la boca, como si fuera a decir algo, pero no consigue articular ni una palabra. Es como si le costara actuar. Me observa, inmóvil, como si mis palabras lo hubieran empujado a un rincón del que no sabe salir.
—Estás haciendo puras conjeturas absurdas, —comienza a decir sin dejar de mirarme ni por un segundo, — Veo que estás muy emocional, así que haré como que no me has dicho nada. — termina de decir con una firmeza evidentemente actuada.
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Mas de ti ©
Roman d'amourUN FENÓMENO POR DESCUBRIR. Al principio era rabia, era curiosidad... era él. Mudarse a San Francisco era parte de un plan sencillo: estudiar, respirar, seguir con mi vida. Pero entonces apareció él. Hermoso. Intenso. De esos que no piden permiso pa...
