CAPÍTULO 43

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Durante las siguientes horas, todos los humanos del planeta asumían que Mía Pepper era la asesina serial más grande de la década. Así de importante. Seguramente, si los extraterrestres tenían alguna forma de enterarse, también lo considerarían.

Mía Pepper llevaba tantas horas llorando que le parecía irreal que un ser humano pudiera sentir tanto, pero ella no era consciente de la cantidad de llamas en las que ardían sus libros bajo los ojos llorosos de decepcionadas adolescentes; habían descubierto que la única persona que admiraron era una mierda.

Habían asesinado a cuatro personas más en Estados Unidos que, para resumir, habían muerto de forma similar a los estudiantes uruguayos, y sus propios lectores no tardaron más de diez minutos en conectar puntos. Las redes sociales explotaron en caos. Y es que todo tenía sentido. El rostro lloroso de Mía en la conferencia de unos días atrás, las fotos que ella había publicado sobre su familia días atrás o la historia que subió a Instagram de su ojo con la palabra ¿anónimo?. Obviando las muertes a su alrededor, por supuesto...

Así que a la escritora no le sorprendió para nada cuando vio a tres agentes del FBI y a su directora general ingresando por la puerta de su apartamento; para sus libros había investigado lo suficiente como para saber que, si el problema afectaba a su país, ellos podrían intervenir.

Pero ninguno de los detectives planeaba encontrarse con aquella adolescente casi ahogada entre lágrimas. Se suponía que conocerían a una asesina sin piedad. No tuvieron que esposarla, apuntarle o arrastrarla, Mía Pepper fue consciente de que era su fin sin siquiera tener la necesidad de oír más de dos palabras de aquellos detectives. La escritora de misterio avanzó por la sala arrastrando sus pies, porque le pesaba el alma.

Le dio miedo preguntarse en qué estaría pensando su mamá, o su hermano, o Ann. Estaba segura de que su directora estaba enfadada porque, por culpa de Mía Pepper, había perdido la vida de sus estudiantes, y decepcionada, porque nunca esperó algo así de su alumna estrella. Lo podía notar bajo sus lágrimas y cara de disgusto. Ni siquiera se dignó a seguirla cuando comenzó a bajar las escaleras con aquellos detectives.

Pero Mía aún no se hacía una idea del odio que estaba recibiendo; la mirada de la directora era menos de un cuarto, el verdadero desprecio la estaba esperando tras las puertas de su edificio. Habían tantos adolescentes enfadados que no le daba la cabeza para contarlos, mucho menos mientras los oía gritarle lo repugnante que era.

Sabía que, probablemente, merecía todo ese odio, pero agradeció la presencia de los policías suficientes como para detener al gentío enojado. La rubia había buscado a su compañero de apartamento entre aquellas miradas; estaba intentando dejarlo de lado, pero era algo que no podía evitar. Lo había acusado de asesino y ahora era ella quien caminaba por las calles de aquel internado siendo acusada por lo mismo.

Lastimosamente, en vez de cruzarse con la mirada de su primer amor, se encontró con el hermano menor del mismo. Mía Pepper se encontró con un Nibbas Badiaga destrozado, enojado, roto, y hasta podría seguir buscando sinónimos para las lágrimas del rubio, pero se sintió más que merecedora de todo su odio. Su mejor amigo había muerto por su culpa.

La escritora no podía hacer mucho, es decir, ¿cómo podría justificar algo así? ¿Cómo podría detener los sentimientos negativos de alguien hacia ella si eran los más fuertes? Solo formuló un lo siento en su dirección, y siguió a los detectives, sin esperar a que eso reparara algo.

Habían tres camionetas esperándola a la salida y más periodistas de los que le gustaría. Aunque los policías lograban alejarlos y la escritora ya estaba llegando a su transporte, nada podía silenciar aquellos gritos tan irritantes, aquellas preguntas tan estúpidas. La aturdían.

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