7.Verdades ocultas

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4 de febrero de 2018

La galería Gianna Costello ha suscitado mucha expectación entre la gente, por lo que ha asistido todo el mundo importante en la ciudad. Todos excepto Carlo. Aún no lo he visto desde su regreso de Londres. Según sus hermanos se encuentra muy liado con un nuevo proyecto.

En realidad, soy consciente de que solo me esquivan y le dan largas al asunto. Sin embargo, no pregunté más. Me alivia saber que mi padre se encuentra bien y regresó a salvo. Esperaré a preguntarle a él directamente.

Tomo una copa de champán sobre la bandeja de un camarero y me voy retirando, hasta conseguir perderme entre las obras de arte.

El lugar es enorme, y se encuentra distribuido en varias salas comunicadas entre sí, a través de unos arcos de escayola que simulan las columnas de la antigua Roma. Casi todas tienen grandes ventanales que dan a la calle. Desde la sala de arte moderno, cualquiera es capaz de distinguir el río Tíber; y tras él, el castillo de San Angelo. Ciertamente, constituye una zona muy privilegiada.

—¿Qué haces aquí? —Escucho su voz a mi costado.

—Apreciando el arte —respondo un poco burlona.

Si mi familia no quiere darme las respuestas que busco, entonces las encontraré por mí misma.

—No juegues conmigo, Catarina —dice cabreado—. No te quiero aquí.

—¿Por qué? —Inquiero desafiante. Ya me estoy hartando y son demasiados años con la incertidumbre—. No entiendo tu empeño y el de papá, al que por cierto, no he visto —agrego—, seguro anda en una de vuestras misiones secretas. No entiendo vuestro afán en esconderme de los Costello. Apenas me los presentaron el día de mi fiesta de cumpleaños número quince —detengo mis palabras para indagar en sus ojos—. ¿Hasta cuándo existirán los secretos entre nosotros, Luciano?

—No te oculto nada —sisea—. No quiero que te conozcan más de lo necesario.

Emito una silenciosa carcajada.

—Te creía un mejor embaucador —mi tono es demasiado sarcástico.

—Me estás cabreando, Catarina —suelta en tono bajo, ronco, muy varonil. En otras circunstancias habría olvidado todo excepto su presencia.

—Pues yo ya estoy cabreada, Luciano —contesto sin amedrentarme ante su mirada llena de furia.

De pronto emite un gruñido muy bajo, me lleva a un lugar apartado y apoya mi espalda sobre la pared mientras me sujeta por los brazos.

—No me provoques —continúa gruñendo—. Te digo que no quiero que te acerques a ellos y obedeces.

—No me jodas —imito su gesto—. Tú no me das órdenes ni me hablas en ese tono. ¿Pero qué te sucede? ¿Por qué tanta paranoia?

—Es peligroso —advierte—. No tienes idea de la clase de personas que son.

—No deben ser tan malos —replico—. A fin de cuentas, tú estás casado con una de ellos.

Mi respuesta lo tomado por sorpresa. Aunque pasado unos segundos adopta el mismo gesto impertérrito de antes.

—He dicho que no. Te lo prohíbo —insiste apretando su agarre sobre mí. Su actitud intimidatoria tiene el efecto contrario en mí.

—¿Qué parte de «no recibo órdenes tuyas» no has entendido? Pero, ¿quién te has creído?

—¡Por el amor de dios, Catarina! —Exclama exasperado—. Eres solo una...

—No te atrevas a decirlo —mi advertencia interrumpe sus palabras—. No soy una niña ni tu hermana pequeña. Así que no me digas qué debo hacer —respiro varias veces intentando calmarme—. En cuanto al peligro, no debes preocuparte. Te sorprenderías de lo bien que sé protegerme —él no baja la guardia y nuestro duelo de miradas continúa—. Ahora deberías retomar tu camino e ir al lado de tu esposa —señalo a Gianna... D'Cavalcante con la cabeza—, mientras yo intento tener una vida social. No soy tonta, Luciano. Si me disculpas...

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