—¡No tiene pulso! —Anuncio, deteniendo cualquier movimiento. Con rapidez, comienzo con las maniobras de respiración cardio-pulmonar. Una y otra vez lo intento con todas mis fuerzas, pero es inútil. El corazón de Luciano se niega a latir.
—Catarina...
—Déjame —ignoro las advertencias de Camillo.
—Rina...
—¡No está muerto! —Declaro en un tono demasiado alto—. ¡No puede morir! ¡No te dejaré morir! —Golpeo el pecho del hombre que amo—. ¡¿Me oyes?!
«No esta vez.»
»Necesito un escalpelo, Camillo —no es una petición.
—¡Un escalpelo! —Ordena buscar a sus hombres.
«No hay tiempo.»
—Dame tu navaja —hablo en tono imperativo.
—¿Qué? —Le observo dudar.
—¡Dame tu puta navaja! —no tengo que repetirlo una tercera vez. Con el objeto filoso, abro el pecho de Luciano y unos segundos después, comienzo el masaje cardíaco—. Necesitamos movernos ahora, Camillo —anuncio.
—¡Andando!
No tardamos en ponernos en marcha.
—Solo espero que estuviera suficientemente limpia —señalo hacia la navaja que utilicé. Ni siquiera tuve tiempo de desinfectarla.
—Yo también —agrega el Belucci.
***
—Varón. Veintiocho años —informo mientras corro junto a la camilla—. Herida por arma blanca en precordio izquierdo. Posible neumotórax traumático. Necesitamos intervenirlo inmediatamente.
—Preparadlo para la cirugía —ordena Coppola. Sin embargo, mis manos se aferran al cuerpo de Luciano—. Rina —soy incapaz de moverme—. Rina —mi colega coloca sus manos sobre las mías—, debes dejarlo ir —desvío la mirada hacia él—. Necesitamos operarle.
Automáticamente reacciono y dejo que el personal se lleve la camilla.
—Iré a prepararme —anuncio.
—Por supuesto que no —intercede mi tío, quien habla por todos los presentes.
—¿Y cómo pretendéis impedirlo? —Pregunto desafiante.
—Te ataré si es necesario —rebate el abuelo.
—Me gustaría veros intentarlo —acepto el desafío.
—No tenemos tiempo para un enfrentamiento —interviene Gabriella—. Rina, hija. Comprende que no estás en óptimas condiciones para operar.
Examino mi cuerpo tembloroso: ropa desgastada, sucia; manchada con la sangre del hombre que amo, al igual que mis manos. Mi garganta está seca. Siento náuseas. Llevo días sin comida y apenas he bebido líquido.
La imagen de Luciano muriendo entre mis brazos viene a mi mente y mis dientes castañean.
—Puedo salvarle —siseo. Sé que puedo hacerlo.
—No lo dudo —interviene Antonio—. Ya lo has hecho. Le has salvado la vida, Catarina. Su corazón aún late gracias a ti. Mírame —ordena y segundos después, obedezco—. Has hecho un magnífico trabajo. Marcello y yo continuaremos desde aquí. ¿Entendido?
Asiento de forma casi imperceptible.
—Os mantendremos informados.
Seguidamente, ambos doctores abandonan el pasillo para prepararse para la cirugía.
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Pasión y Poder
RomanceCatarina se enamoró de Luciano desde el día en que él la rescató de la muerte, pero la diferencia de edad, un matrimonio arreglado y la organización a la que pertenecen, siempre le ha impedido confesar ese amor, convirtiéndolo en su más grande secre...
