4.Nunca digas nunca

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—Entonces, ¿has decidido ya? —Exijo saber.

Bruno resopla por milésima vez, resignado.

—¿De verdad es necesario? —Insiste.

—Al menos que quieras pasar la noche en este calabozo —advierto—, sí.

—No llevas veinticuatro horas en Roma —refunfuña— y ya me estás regañando.

—Sin embargo, tú has tardado menos de dos para meterte en problemas —contrataco—. Estoy esperando tu respuesta, Bruno, no tengo toda la noche.

—Vale.

Puedo ver a Luciano reír. Está disfrutando de la situación.

Nos dirigimos hacia una pequeña sala, para encontrarnos con una preciosa chica rubia, esbelta y ojos deslumbrantes.

<<Me recuerda a...>>

Niego mentalmente ante mis infundados pensamientos.

Posteriormente, me acerco a la joven.

—Alda —extiendo mi mano para saludarla—. Soy Catarina. Lamento el malentendido y toda esta situación en general —decido disculparme por las acciones de mi hermano postizo—. Bruno, ¿no tienes nada que decir?

—Lo lamento —su tono de voz es apenas audible.

—¿Perdona? —Inquiere la chica—. No te he escuchado.

—¡Lo siento! ¿Vale? —Sisea furioso. Luego se dirige hacia mí—. ¿Contenta?

—Ciertamente no creo que lo sientas —Alda me impide responder.

—Alda...

—En fin —suspira ante la reprimenda de su cuñado—, da igual. ¿Podemos irnos, Luciano?

El aludido asiente.

—Solo debemos firmar unos papeles —intervengo—. Seguidme.

El abogado termina de firmar bajo la atenta mirada de los oficiales. Se han reunido como moscas en un pastel.

—Listo —extiendo los informes hacia Riotti—. Aquí tiene. Hasta pronto, Comisario —me despido de Bianco.

—Esperaré ansioso el volver a verla, señorita Catarina.

—Varone —aclaro—. Solo mis amigos me llaman por mi nombre de pila.

—Quizá, podríamos llegar a serlo —agrega a modo de sugerencia—. Si me aceptara una invitación a cenar...

De reojo observo a los hombres de mi familia endurecer el gesto, incluyendo a Enzo, quien se ha acercado a nosotros.

—No lo creo —le interrumpo—. Es por su propio bien, créame —argumento—. Verá, tengo un primo muy protector.

Guiño un ojo con picardía a Enzo. Él solo ríe a carcajadas mientras nos dirigimos hacia la salida.

A medio camino vuelvo a girarme.

—¿Mario? —el mencionado alza su cabeza, expectante—. Te debo un café.

— Yo también os he echado de menos, mocosos —admito abrazando a mis primos. Ahora estamos los tres juntos.

Al levantar la vista me topo con la figura de Luciano de pie junto al coche. Su cuñada le espera dentro con la mirada fija en Bruno.

Me vuelvo hacia el rubio y sus cristalinos ojos, bañados en azul de mar.

—Id subiendo al coche, chicos —ordeno caminando hacia el hombre que tengo enfrente.

Por unos minutos, no emitimos sonido alguno. Solo nos observamos el uno al otro, en silencio. El tiempo simplemente se detiene, cuando compartimos el mismo espacio. Como si estos seis años no hubieran pasado. Como si le conociera por primera vez.

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