25.No caigas en su trampa

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Nunca he hablado con esa mujer en persona, pero mi instinto me dice que es ella y el tono con el que habla me lo confirma.

¿Puede ser esto más humillante? Siempre he temido que llegara este momento, aunque me ha importado muy poco a la hora de tener a Luciano a menos de cien metros de distancia.

No obstante, el pensamiento siempre a está ahí. Yo soy la otra, la amante, la tercera en discordia por muy de conveniencia que sea el matrimonio de Luciano.

—Estaré en el restaurante Dolce Vitta dentro de una hora —me habla la voz femenina al otro lado de la línea—. Si de verdad quieres a mi marido y crees que lo vuestro vale la pena, irás. De más está decir que Luciano no puede saber nada sobre nuestra conversación.

Con esas palabras cuelga el teléfono, sin ni siquiera esperar a que yo pronuncie alguna palabra. No lo hago, no emito ningún sonido, me he quedado paralizada. Mis peores temores se hacen realidad. Una lágrima traicionera escapa de mis ojos.

—Rina, ¿me escuchas? —Bianca se asusta al ver mi estado—. ¿Qué sucede? ¡Rina, joder! —me sigue llamando al ver que no reacciono—. ¿Qué pasó? ¿Qué te dijo Luciano?

—No era Luciano —respondo finalmente, tratando de tragar el nudo asfixiante formado en mi garganta.

—¿Quién era?

—Gianna Costello —mi voz tiembla al pronunciar su nombre por primera y no me atrevo a llamarla por su nombre de casada—, su esposa.

—¿Y qué quería esa insulsa amargada? Si Luciano se entera de que le quitó el teléfono y te llamo...

—Hablas como si no tuviera derecho —mi resoplido queda entre bufido y gemido lastimero.

—Porque no lo tiene.

—Es su esposa, Bianca y su marido le está montando los cuernos conmigo.

—Solo son un matrimonio de papel, Rina —insiste mi prima—. Eso te lo puedo jurar.

—Aun así...

—Aun así nada —me corta con brusquedad—. No sé por qué después de todo lo que ha pasado todavía seguimos teniendo la misma conversación. ¿Qué te dijo Gianna?

—Nada, solo que... —tomo una profunda respiración al tiempo que me obligo a sentarme porque siento que la flojera en mis piernas me va a hacer caer— quiere verme en persona.

—Y obviamente no vas a ir —Bianca se detiene frente a mí e incluso se agacha para quedar a mi misma altura—. Dime que no vas a ir, por favor.

—Darle la cara es lo menos que le debo.

—No le debes nada, Gianna no es precisamente una frágil gacela y apuesto a que este es uno de sus trucos. No caigas en su trampa.

—No soy ninguna estúpida, Bianca.

—No, pero el peso en la conciencia que cargas por el status marital de Luciano te nubla el juicio. Si vas te arrepentirás, Rina. Hazme caso.

Desafortunadamente mi prima no consigue convencerme y una hora después estoy acudiendo q la cita pactada. Esto es algo que necesito hacer, no soy ninguna cobarde y tendré que lidiar con las consecuencias de mis actos.

Me toma unos minutos llegar a la mesa. He demorado el viaje cuanto he podido, pero es tiempo de enfrentar la realidad.

Me siento frente a ella sin siquiera saludar. Esto no es una visita cordial. Por unos instantes permanecemos en silencio, evaluándonos entre nosotras.

—Debo admitir que mi esposo tiene buen gusto —rompe el hielo—. Hasta hoy esperaba que todo fuese producto de mi imaginación. Sin embargo aquí estás.

—Escucha —hablo finalmente—. No permitiré que me insultes. No he venido para oír tus pensamientos ni tus reclamos. No me arrepiento de lo que hice y estoy dispuesta a vivir con las consecuencias. Ambas sabemos que tu matrimonio con Luciano es un total fracaso y yo no tengo nada que ver en eso —hago una pausa para respirar. Me está costando mantener el porte. Deseaba conocerla, pero no en estas circunstancias. Supongo que estamos destinadas a ser enemigas—. Quizá te parezca descarada y mala mujer —adorno las verdaderas palabras—, pero estoy siendo completamente sincera contigo y conmigo misma. Si tienes algo importante que decir, adelante. Si no, esta conversación no tiene sentido alguno.

—No tengo nada que decir —responde aunque sé que no ha terminado de hablar—. Solo te mostraré algo —seguidamente me extiende un sobre y al abrirlo un inevitable jadeo escapa de mis labios. Tengo que taparme la boca para controlarme—. Tiene tres meses y si no te alejas de Luciano se quedará sin padre.

«No es cierto.»

«No es real.»

Aunque no deje de repetir esas palabras en mi mente, la imagen frente a mis ojos dicen todo lo contrario.

—No te conozco —continúa Gianna—. Ni siquiera sé de dónde has salido, pero me considero una buena caracterizadora. Siempre he tenido el don de leer a las personas con solo mirarles y para mi sorpresa, no encajas con el perfil que había creado en mi mente. Debí suponerlo cuando se trata de Luciano D'Cavalcante —sigo sin decir nada. Estoy petrificada—. Sé que mi marido no me ama, así como también sé que yo no lo amo, pero si me deja... estoy muerta. Mi bebé y yo lo estamos.

—Luciano jamás abandonaría a un hijo suyo —reacciono por fin—. Sin importar que vosotros estéis juntos o no.

La observo sonreír levemente.

—Imagino que sabes el mundo en el que vivimos. Si mi esposo me deja significa que no he cumplido mi misión. Habré perdido mi valía. Sin Luciano mi bebé y yo no tenemos oportunidad alguna.

No puedo rebatir sus palabras. Ni siquiera puedo mirarle. Me siento demasiado confundida.

—A veces el amor es sacrificio —le escucho sin dejar de contemplar la ecografía en mis manos—. No diré nada más. Es tu decisión. Solo recuerda que la vida de mi bebé y la mía propia se se encuentran en tus manos.

Con esas últimas palabras se marcha, dejándome sola con mis pensamientos.

Bianca tenía razón... Ahora mismo me arrepiento de haber venido y me arrepiento de no haberla escuchado.

He caído en la trampa y lo peor es que no encuentro una salida.

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