El silencio cae como una maldición sobre todos los presentes. No es un silencio cualquiera. Es uno denso, afilado, cargado de odio contenido y miradas cruzadas como cuchillos. El aire se vuelve más espeso. Más peligroso. Y, en medio de todo, su rostro cambia.
Algo en mis palabras lo ha roto. Lo ha desconcertado. Lo ha hecho tambalear.
—Nos dejarás ir —declaro con firmeza, aun cuando por dentro el corazón me golpea como un tambor de guerra.
—¿Massimo? —Biagio Ferrara rompe el silencio con su desconcierto, tan incrédulo como el resto. Incluso su voz tiembla, como si presintiera que algo grande está ocurriendo.
—Haced lo que dice —responde él. Su tono es bajo, casi inaudible, pero cargado de una autoridad que hiela la sangre.
—¡¿Qué?! —grita alguien, rompiendo el murmullo creciente.
—¡He dicho que hagáis lo que dice! —brama ahora, como un león herido defendiendo su territorio. Su rugido resuena por el salón y hace que todos se congelen. Incluso yo.
Su orden es acatada de inmediato. Uno por uno, los suyos dan un paso atrás y permiten que mi familia avance. La tensión entre los dos bandos es tan palpable que cualquiera podría disparar y nadie se sorprendería. Es una guerra suspendida en el tiempo, esperando una chispa.
Pero entonces...
—Bruno... —le susurro, empujándole con suavidad. Mi mirada sigue fija en Massimo, pero siento a mi primo inmóvil a mi lado, como una estatua de obstinación.
—No me iré de aquí sin Alda —dice con voz firme. No es un capricho. Lo sé. Sus ojos lo delatan. Hay algo más profundo ahí, algo que se me escapa.
—No lo diré dos veces, Bruno —lo advierto entre dientes. Mis manos ya están temblando, no por miedo, sino por la tensión acumulada. Por la presión de sostener todo esto sin quebrarme.
—Yo tampoco —responde con esa terquedad que lleva en la sangre.
Maldigo por dentro. Lo maldigo a él, al momento, al fuego que me arde en el pecho y me impide respirar.
—Está bien —la voz de Massimo corta el ambiente como un cuchillo. Todos vuelven a mirarlo. Él, que no retrocede. Él, que no perdona. Él, que ahora... cede.
—Podéis llevárosla —dice. Sin gritar. Sin alzar la voz. Como si su decisión fuese una sentencia inevitable.
¿Está bromeando?
No. Lo ha dicho en serio.
Alda da un paso al frente. Sus ojos están rojos, su orgullo quebrado, pero su voz se mantiene firme.
—Mi prima se viene conmigo.
Su padre no replica. Solo asiente, casi como si ella acabara de arrancarle el alma del pecho. Pero nadie se mueve. Nadie respira. Todos esperan a que Massimo dé una señal. Porque mientras él esté ahí, el juego no ha terminado.
Y él... me mira.
Directo. Intenso. Con una furia contenida que me eriza la piel y me hiela la sangre. No hay odio en su mirada, pero tampoco hay paz. Es una tormenta. Una que me traga entera sin necesidad de una sola palabra.
Massimo Costello ha cedido. Ante mí.
¿Por qué?
No tengo respuesta.
Solo sé que esto no ha acabado.
—Ya ajustaremos cuentas, Massimo —digo sin titubear, sosteniéndole la mirada. Si alguien esperaba que me derrumbara, se equivocó de mujer.
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Pasión y Poder
RomanceCatarina se enamoró de Luciano desde el día en que él la rescató de la muerte, pero la diferencia de edad, un matrimonio arreglado y la organización a la que pertenecen, siempre le ha impedido confesar ese amor, convirtiéndolo en su más grande secre...
