29 de junio de 2018
—¿Estás lista? —Inquiere la doctora. Automáticamente, asiento—. Perfecto. Echemos un vistazo a ese bebé —coloca el gel en mi bajo vientre y comienza a explorar—. ¿Cómo van los síntomas?
—Me complace decir que las náuseas han desaparecido, porque estaba a punto de volverme loca. Apenas me mareo y mi apetito comienza a abrirse.
—Son buenas noticias. ¿Has vuelto a sangrar?
—No desde la última vez —hace exactamente veintiocho días sufrí una segunda amenaza de aborto. El primero de junio creí perderlo todo. Fue difícil recuperarme del duro golpe, pero debí seguir adelante. Aunque hay cicatrices que jamás cerrarán.
—¿Qué tal las contracciones? —La ginecóloga continúa con su cuestionario.
—Solo aparecen cuando me agito —respondo.
—¿Sucede muy a menudo?
—Más de lo que quisiera —contesto en un suspiro. Junio ha sido un mes difícil.
Escucho a la especialista resoplar.
—Supongo que he logrado suficiente, ¿verdad?
—Supones bien —coincido—. Ni siquiera Coppola ha conseguido mantenerme en reposo por un mes.
—Serán dos —señala hacia la pequeña pantalla—. La placenta está bien colocada, pero no quiero arriesgarme. Dos amenazas de aborto en el primer trimestre son demasiado peligrosas.
Asiento obediente. No tengo otro remedio. Mi bebé es todo lo que importa. Sin él estaría completamente perdida.
Un fuerte jadeo escapa de mis labios cuando miro la pantalla del ecógrafo:
—¡Oh, por Dios! —Exclamo—. Eso es...
No puedo pronunciar palabra. Así que apunto con mi dedo índice.
—Exactamente —la doctora confirma mis temores—. Tu bebé es realmente extraordinario.
—Mi guerrero —una enorme sonrisa se dibuja en mi rostro.
«Cómo me gustaría que tu papá pudiera verte en estos momentos.»
—Me extraña que hayas venido sola —comenta la doctora, mientras nos trasladamos hacia su escritorio. Durante estas semanas, hemos establecido una especie cercanía. Hemos comenzado a tutearnos y nos hablamos con más confianza.
—Los más pequeños de la familia se gradúan del instituto hoy —explico—. Todos se encuentran preparando la celebración.
—Y tú aprovechas para escaparte —deduce.
—¿Qué puedo decir? —Me encojo de hombros—. No puedo evitarlo.
Ella sonríe y niega con la cabeza al mismo tiempo. Ya va conociéndome.
—Ahora sabes el sexo del bebé —decide cambiar el tema de conversación—. Así que puedes comenzar a escoger el nombre.
—Ya lo tengo —alego—. Y es perfecto.
—No me cabe la menor duda.
***
Acomodo las flores sobre la lápida. No pasa un día sin que venga a verle.
—Dice la abuela que no debería venir a verte tan a menudo —comienzo nuestra conversación habitual. Él ya no está, pero para mí es como si aun permaneciese a mi lado—, que no es sano. Sin embargo, no puedo evitarlo —aunque ya no es tan difícil como al principio de la tragedia, el nudo en la garganta sigue apareciendo—. Te echo tanto de menos —acaricio con mis dedos cada letra grabada en la piedra. El pedestal es demasiado bonito para alguien que ya está muerto—. Sobre todo hoy. Los chicos se gradúan. Todos irán a la universidad. Deberías estar sumamente orgulloso.
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Pasión y Poder
RomanceCatarina se enamoró de Luciano desde el día en que él la rescató de la muerte, pero la diferencia de edad, un matrimonio arreglado y la organización a la que pertenecen, siempre le ha impedido confesar ese amor, convirtiéndolo en su más grande secre...
