12 de mayo de 2018
La primera sensación que tengo es la de un peso insoportable en los párpados. Intento abrirlos, pero la luz me golpea como un cuchillo ardiente y me obliga a cerrarlos de inmediato. Respiro con dificultad; cada inhalación es áspera, pesada, como si mi propio cuerpo se negara a obedecerme. Con un esfuerzo casi sobrehumano, vuelvo a parpadear, lenta, temblorosamente, hasta que el mundo se va delineando ante mí. Lo primero que veo son esos ojos azules... tan intensos que siempre me roban el aliento. Los ojos de Luciano.
—Hola... —su voz es suave, ronca, casi un susurro cargado de alivio. Sus dedos rozan mi frente con una ternura que jamás habría esperado de un hombre como él. Una sonrisa leve, contenida, curva sus labios.
«Debe de ser el cielo. Estoy muerta. No hay otra explicación.»
—Hola... —mi voz suena áspera, quebrada, como si hubiese pasado siglos sin hablar.
Intento incorporarme, un movimiento mínimo, pero es suficiente para arrancarme un grito ahogado. Un dolor punzante atraviesa mi costado, desgarrador, como si alguien hubiese clavado un cuchillo y lo girara sin piedad. El gemido que se me escapa es tan fuerte que me avergüenza.
Luciano reacciona de inmediato. Sus brazos me sostienen con una delicadeza que contrasta con la ferocidad de su carácter.
—Tranquila, cariño. No te muevas —me ordena, aunque esta vez su tono no lleva la rigidez de la autoridad, sino la desesperación de alguien que teme perder lo más valioso que tiene.
«¿Cariño?»
Mi mente se aferra a esa palabra, como si fuera una grieta en una muralla de acero.
—Demasiado tarde... —respondo con un intento fallido de ironía, jadeando—. ¿Dónde estamos?
—En el hospital —sus ojos no se apartan de los míos, como si temiera que, de un momento a otro, me desvaneciera de nuevo—. ¿Recuerdas lo que pasó?
Asiento con lentitud. El recuerdo se me clava en la mente como un aguijón. El caos, la sangre, la traición. Fabrizio. La huida. El dolor. Ojalá pudiera olvidarlo.
—Estamos buscándolo aún —añade Luciano con el ceño fruncido—. Fabrizio parece haberse esfumado de la faz de la tierra.
No quiero hablar de él. No ahora. No cuando mi cuerpo duele y mi alma aún sangra.
—Tengo sed —murmuro, desviando la mirada.
—Avisaré a la enfermera —se levanta, y aunque su gesto es firme, percibo la sombra de la preocupación en su rostro.
«Mi bebé...»
El pensamiento me asalta con fuerza. La duda me perfora el pecho. Quiero preguntar, pero temo la respuesta. ¿Y si...?
—Nuestro hijo está bien —su voz interrumpe mi tormenta interna. No me lo ha dicho porque yo lo pidiera, sino porque lo sintió. Porque, de alguna manera inexplicable, seguimos conectados. Sus palabras me atraviesan y me desarman—. Resistió la operación.
El aire regresa a mis pulmones de golpe. Un suspiro largo, cargado de alivio, me sacude entera. Cierro los ojos, agradecida, sorprendida. Me esperaba reproches, acusaciones, exigencias. Pero no... Luciano no pide explicaciones.
¿Cómo lidiará con la verdad? Con el hecho de que tendrá dos hijos al mismo tiempo, hijos que apenas se llevarán unos meses. La idea es una espina clavada en mi mente.
Pero pensar me duele. Así que me recuesto, dejo que el cansancio me venza por un instante, y espero a que regrese. Hoy hablaremos. Hoy, todo saldrá a la luz.
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Pasión y Poder
RomanceCatarina se enamoró de Luciano desde el día en que él la rescató de la muerte, pero la diferencia de edad, un matrimonio arreglado y la organización a la que pertenecen, siempre le ha impedido confesar ese amor, convirtiéndolo en su más grande secre...
