42.Guerra de poderes

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—¡Querido Luciano! —Fabrizio recibe al aludido demasiado entusiasta. Adora que las cosas marchen según sus planes—. Me alegro de que hayas decidido unirte a la fiesta. Desarmadlo, chicos —ordena a sus secuaces.

—Esto no es una fiesta, Fabrizio —replica el D'Cavalcante—. Ambos lo sabemos. Y no he venido por mi propia voluntad.

—Siempre arruinando la diversión —resopla mi captor—. Realmente, no sé lo que las Costello ven en ti.

Luciano permanece impertérrito, aunque puedo ver el asombro en sus ojos. Luego se gira hacia mí. Rápidamente, me examina con la mirada. Yo asiento en respuesta, con un gesto casi imperceptible; indicando que estoy bien.

«Aunque no podría decir lo mismo de Enzo», recuerdo.

«Que esté vivo, por favor.»

«Él, no.»

—¿Dónde está Massimo? —Inquiere el padre de mi hijo.

—Pudriéndose bajo tierra. El gran Massimo Costello murió por mi mano —responde el traidor de la familia Varone, demasiado orgulloso de sus acciones. La escena me causa repulsión y las náuseas aparecen—. Sacrificó su vida para salvar a su bastarda. Un hecho muy curioso, ¿no crees?

—A mí no me lo parece —rebate Luciano—. En absoluto. He cumplido mi promesa, Fabrizio —añade unos segundos después—. Déjala ir.

—¡No! —Protesto automáticamente. No dejaré que nadie más se sacrifique por mí.

—¡Qué escena tan conmovedora! —Intercede el Varone—. No dejas de sorprenderme, sobrina. Has logrado doblegar a los peces gordos de la ciudad. Sin embargo, te olvidaste de uno —se señala a sí mismo—: yo.

Una sonora carcajada escapa de mis labios. Mi risa llega a la histeria.

—¿Tú? ¿Hablas en serio? —Inquiero con sorna—. No eres nadie. Solo una rata de alcantarilla que sobrevive a través de patrañas y bajezas.

Me estoy burlando en su cara y evidentemente, eso no le agrada. Su expresión endemoniada lo anuncia.

—No me provoques, querida —sisea—. Puedo terminar el juego antes de tiempo.

—Déjala ir, Fabrizio —intercede Luciano—. Aquí estoy, haz conmigo lo que quieras. Ese fue el trato.

«No.»

—Al parecer, aún no lo has comprendido, D'Cavalcante —señala el mencionado—. ¡No estás en posición de pedir! Aquí las órdenes las dicto yo. Ni tú ni la furcia iréis a ningún lado. Solo uno de nosotros vivirá al final del día.

—No esperas ser tú, ¿verdad? —Le reta este de vuelta. De repente, los hombres que nos retienen son derribados. Ni siquiera se escuchan los disparos. Eso significa que los ejecutaron desde la distancia—. ¿Realmente pensaste que vendría solo?

A estas alturas, no debería sorprenderme. Luciano D'Cavalcante siempre tiene un plan. Eso me recuerda mi conversación con Camillo:

—Pensé que eras partidario de jugar en solitario.

—No sin Luciano. Es mi jefe, pero también mi compañero.

Camillo Belucci debe estar divisando la escena, escondido en la azotea de alguno de los edificios situados a nuestro alrededor; cubriendo nuestras espaldas.
Fabrizio fue tonto, al no ver esa posibilidad cuando escogió el lugar.

Solo quedamos nosotros tres: Luciano y el traidor se apuntan entre sí con sus armas, mientras yo permanezco en el medio, como escudo de este último.

Como debería ser; este es el fin. La guerra termina aquí. Sin embargo, la situación no juega a nuestro favor. Luciano no actuará conmigo entre los dos.

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