31.Traición

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Mi padre no dejará de sorprenderme jamás. ¿Por qué me dejaría una carpeta llena de fotos? No cualquier tipo de fotos: retratos de él y Beatrice.

«¿Por qué crearía tantas barreras para encontrar unas simples fotos?»

«¿Por qué me las dejaría a mí?»

Siento que ni siquiera me pertenecen. Pensé que el colgante me daría respuestas y ahora solo tengo más preguntas.

Él me dijo que todas las respuestas se encontraban en se dichoso chip.

Tiene que haber algo más.

«Piensa, Rina», repito mi mantra una y otra vez.

Mi tía no puede ser la traidora. Papá no hubiera dejado un último mensaje para ella, si así fuera. Y las lágrimas de Beatrice... fueron sinceras. No encaja. ¿Entonces...?

No hay nada ni nadie más, pero el traidor debe estar relacionado con esas fotos... o esa relación.

Llevo mis manos a la cabeza y masajeo mis sienes. Mi cabeza es un desastre.

Una idea demasiado retorcida —y descabellada—cobra vida en mi mente.

Los fragmentos sueltos empiezan a hilvanarse con un hilo invisible. Voces del pasado, conversaciones aparentemente inocuas ahora suenan a advertencias.

«No era tan perfecto como todos pensábamos...»

«Pudo cometer un error...

—Doy por hecho que tomasteis la mejor decisión.

—La única posible...

«Decidí inclinarme por la Bioquímica... en cuanto papá dedujo mis intenciones, me lo prohibió rotundamente.»

«No»

Los sucesos se reproducen en mi mente, esta vez, desde una perspectiva diferente. Mientras más rememoro, más me convenzo.

No. Es imposible.

Una lágrima moja mis mejillas. Si mis sospechas son ciertas, sería una verdad demasiado cruel y dolorosa.

8 de mayo de 2018

Observo cada uno de sus movimientos sin llegar a ser tan obvia, mientras mastico la ensalada. Es lo único que puedo probar. Apenas soporto el olor del resto de la comida. El comedor huele a pasta, a especias, a hogar... y me revuelve el estómago.

—¿Segura que no quieres pasta, Rina? —Gabriella insiste en que coma—. Son de Vittali's...

—No, gracias. Estoy bien —rechazo su sugerencia con amabilidad. Un recuerdo el nauseabundo sabor de los raviolis en mi garganta.

Un móvil suena repetidamente. Mi tío hace el intento de levantarse a coger la llamada.

—Fabrizio... —le reprende la abuela, puesto que las llamadas durante la cena están terminantemente prohibidas.

—Es importante, mamá —aclara el aludido—. Seré breve.

Observo de reojo a mi tía mientras Fabrizio abandona el comedor: permanece rígida por unos segundos y después desvía la mirada hacia Enzo.

—Mamá —su hijo la pilla—, sé que soy irresistiblemente guapo, pero vas a desgastarme.

—¡Enzo! —protesta Beatrice—. Simplemente no puedes evitarlo, ¿verdad?

—¿Qué puedo decir? —mi primo se encoje de hombros—. Soy consciente de mis atributos.

—Debiste haberte caído de los brazos de la enfermera cuando naciste —continúan su guerra de bromas y los demás no tardan en sumarse.

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