5 de mayo de 2018
El ácido sabor de la bilis quema mi garganta mientras me inclino sobre la taza del baño. Mi estómago se retuerce sin piedad, expulsando lo poco que he comido. Bianca, de rodillas junto a mí, sostiene mi cabello con una mano y con la otra acaricia mi espalda en un intento de consolarme.
—¿Mejor? —pregunta con suavidad, mientras yo respiro hondo, intentando calmar el malestar que me invade.
Asiento débilmente y me aferro al lavabo. Me echo agua en la cara y me observo en el espejo: estoy pálida, casi cadavérica, con un matiz verdoso en la piel que me hace lucir peor de lo que me siento.
—Tal vez me envenenaron —murmuro con amargura, cerrando los ojos.
La cena especial de los sábados es una tradición en mi familia, y esta vez mis tías no me permitieron evadirla. Insistieron en que comiera, y yo, por mantener la paz, accedí. Pero los raviolis —elaborados con tanto esmero por ellas— sellaron mi destino. En cuanto los tragué, supe que algo andaba mal. Corrí al baño antes de que la situación se tornara aún más humillante.
—Nadie toque los raviolis —ordeno al salir del baño—. ¡Tírenlos todos!
Las tías se muestran afligidas y los hombres de la familia intentan contener su risa. Me siento ligeramente humillada, pero mi prioridad es recuperar el aliento y calmar las náuseas que aún persisten.
—No quiero decirlo, pero os lo dije.Os advertí que un día pasaría esto —comenta Enzo, divertido, pero su tono sarcástico no me hace ninguna gracia.
—Si no os importa iré a mí habitación a recostarme —anuncio, ignorando los comentarios.
—Te llevaré un té, mi niña —se ofrece Nella, con preocupación maternal en su voz.
—Gracias —respondo y, con Bianca a mi lado, subo a mi habitación. Me dejo caer sobre la cama, exhalando un profundo suspiro—. Me siento fatal. ¡Juro que me matarán algún día! No creo que pueda volver a probar raviolis en mi vida.
—No es la primera vez que te sucede esto —dice Bianca en tono pensativo.
Su afirmación me hace fruncir el ceño.
—¿A qué te refieres?
—Has estado así toda la semana, Rina. Vomitas, te mareas...
—Es estrés —respondo, cerrando los ojos—. Tal vez un poco de depresión también. Sabes la razón. En cuanto a lo de hoy, está de más mencionar las dotes culinarias de Gabriella y tu mamá. Más aun, si la abuela se sumó hoy.
—¿Y si fuera otra cosa? —pregunta con cautela—. ¿Has revisado el calendario?
Me tenso. Abro los ojos y la observo fijamente, intentando descifrar qué está sugiriendo.
—Ya sé por dónde vas —le apunto con mi dedo índice—. Tomo la píldora desde hace años, ¿recuerdas? No me he saltado ninguna dosis.
—¿Tienes o no tienes un retraso? —Como es habitual, no desiste.
—Como ya te dije, no es más que estrés —explico pausadamente para que abra sus entendederas. Bianca es demasiado obstinada—. Además, con un régimen estricto, la píldora no falla...
Entonces, la verdad me golpea de frente.
—Oh, no —susurro, llevando las manos a mi boca.
Las píldoras anticonceptivas... y el medicamento de mi padre. Lo tomé el mismo día que estuve con Luciano por primera vez. Miracle. Contiene biocatalizadores que aceleran la regeneración celular y contrarrestan los efectos de cualquier droga.
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Pasión y Poder
RomansCatarina se enamoró de Luciano desde el día en que él la rescató de la muerte, pero la diferencia de edad, un matrimonio arreglado y la organización a la que pertenecen, siempre le ha impedido confesar ese amor, convirtiéndolo en su más grande secre...
