—Finalmente la encuentro. Llevo mucho tiempo buscándola —confiesa el muy sádico—. Sin embargo, mis contactos no han sido capaces de hallar ningún dato interesante.
—Entonces deberías despedirles —sugiero—. Claramente no son buenos investigadores.
—Ahora sí que me intrigas —entrecierra sus ojos sin dejar de sonreír como el depravado que es—. Incluso has logrado impresionarme. Algo realmente difícil. No he logrado encontrar nada...
—En cambio yo sé todo sobre ti —soy consciente de que esta plática es solo un intento de ganar tiempo. Afortunadamente cuento con el ingenio de Enzo y Alda para recibir mis señales—. Por ejemplo, sé sobre la cicatriz que llevas a cinco centímetros de la rodilla izquierda. ¿Cómo lo llevas, por cierto? —su expresión se ensombrece—. Debe ser bastante difícil acostumbrarse a llevar un bastón de por vida —señalo el objeto en la mano que no porta el arma—. Sobre todo siendo tan joven.
—Ten por seguro que me cobraré tu pequeño regalo —sisea—. Ahora, pediré encarecidamente que Enzo baje su arma y que me entreguéis a mi futura esposa.
—Ni lo sueñes, Ferrara —replica el aludido.
—No estás en posición de negarte, Varone —señala a los dos hombres armados que le respaldan—. Te superamos en número.
—Te equivocas, Dante —observo al abuelo aparecer sigilosamente detrás del trío enemigo con rifle en mano—. Cuenta otra vez.
—¡Nadie entra en mi casa sin mi permiso! —el estruendoso disparo del abuelo Varone logra darnos ventaja.
Sin premura me apropio de la pistola del Ferrara con una experta maniobra. Al mismo tiempo mi primo y el abuelo se deshacen de sus hombres. Las chicas se centran en proteger a Bruno y ponerse a cubierto.
Unos cuantos disparos resuenan en la habitación antes de que logremos tomar el control de la situación.
—Primera regla de combate —señalo apuntándole con el arma—: Nunca subestimes a tu enemigo.
—Voy a averiguar quién eres —sisea furioso. Otra persona temblaría ante su mirada depredadora—. Es una promesa.
—Cuando lo hagas prometo que incluso podrás pedirme una cita —agrego—. Ya sabes dónde encontrarme. Mientras tanto seré benevolente y te dejaré una pista: Catarina Russo, ese es el nombre con el que nací. Puedes empezar por ahí.
—Agradezco tu bondad —sonríe malicioso—. Entraré en tu juego, pero te aseguro que ganaré. Dame a mi prometida.
—Muero por verte intentarlo —digo en gesto provocativo—. Alda se queda. Ahora sal de aquí antes de que decida dejarte otro regalito en la pierna sana.
—Ya nos veremos las caras, Catarina Russo —pronuncia mi nombre por primera vez.
—Esperaré con ansias, Dante Ferrara —son mis últimas palabras antes de conducirlo fuera y asegurarme de que abandone la manzana—. ¿Estáis bien? —inquiero de vuelta a la habitación.
Suspiro aliviada ante su confirmación.
—¡Tenías que decirle tu nombre, joder! —masculla mi primo.
—Sé lo que hago, Enzo.
—No debiste hacerlo, hija —interviene el abuelo.
—¿Por qué? —cuestiono y como siempre, permanece en silencio—. Apuesto a que conoces mis razones, abuelo.
Nis palabras le toman por sorpresa.
Lo sabe. Por supuesto que lo sabe.
¿Quién más conoce el secreto?
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Pasión y Poder
RomanceCatarina se enamoró de Luciano desde el día en que él la rescató de la muerte, pero la diferencia de edad, un matrimonio arreglado y la organización a la que pertenecen, siempre le ha impedido confesar ese amor, convirtiéndolo en su más grande secre...
