20.Cállate y bésame

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4 de abril de 2018

Soy consciente de que el dolor ha menguado, pero apenas tengo fuerzas para abrir los ojos. Efectos de la medicina de mi padre, la conozco bien. Me siento perezosa, como si mi cuerpo pesara una tonelada y extremadamente cómoda en mi letargo. Si me resisto a despertar es porque me siento muy cerca de él.

Con mucho esfuerzo logro abrir los ojos. Luciano me observa en la oscuridad de la habitación, sentado en el filo de una silla junto a mi cama. 
Entreabre los labios al verme despertar.

—Hola —musita en un tono muy sedoso. Curiosamente, no deja de acariciarme.

—Hola —mi voz suena demasiado áspera. La garganta duele. 

Quiero levantarme, pero él me lo impide con sus brazos.

—No hace falta que te incorpores.

Le doy la razón. Estoy mareada y quiero vomitar.

—La medicina de papá es un dolor de cabeza, literalmente —protesto llevándome una mano a la frente.

—El doctor dejó unos calmantes para el dolor —señala—. Aquí están.

—No, gracias —rechazo la idea—. Odio los medicamentos —resoplo presionando los ojos, pero me obligo a abrirlos en cuanto escucho su sonrisa.

—Una doctora no debería hablar así.

—Me lo dicen todo el tiempo. Las personas no saben que soy buena doctora, pero una horrible paciente.

Vuelve a reír. Cada vez lo veo hacerlo con mayor frecuencia. Su cambio es realmente sorprendente.

Él se levanta de su silla y se sienta en la cama a mi lado. Sin preánmbulos, me estrecha entre sus brazos. Luego voltea a mirarme fijamente y yo con rapidez identifico la pregunta implícita en sus ojos.

«¿Abusó de ti?»

—No —me apresuro a contestar—. No me dañó más allá de lo que ves —sonrío—. Has llegado a tiempo una vez más, Luciano D’Cavalcante, mi Salvador.

—Tuve algo de ayuda. ¡Dios! —Ahoga un gemido—. Si llegaba a tocarte…
No lo dejo continuar, lo beso. Mis labios atrapan los suyos y me entrego a la necesidad que ansía todo mi ser. Este no es un beso pasional. Es delicado, suave, lento. No es pasión lo que transmite, es amor. 

—Me muero de sueño —confieso.

—Duerme.

«No, bésame.»

—No quiero —niego.

—¿Por qué?

—Porque te tengo aquı́ conmigo —jamás habrı́a dicho eso, de haber estado en mis cabales—. Y sé que si me duermo, cuando despiertes ya te habrás ido.

Sorprendiéndome mi falta de cordura, acerco una mano a su cara. El tacto suave y terso de su piel me estremece, más aún cuando le observo cerrar los ojos y respirar entrecortadamente. Repaso su nariz con los dedos y bajo hasta el inicio de sus labios. Él los abre y roza mis nudillos con toda la intención. No me contengo al acariciarlos, los perfilo sin darme cuenta que me he acercado demasiado a ellos.

—Te necesito... —susurro. 

Luciano exhala, desviando la vista hacia el balcón. La luz de la luna inunda la habitación, provocando que el azul de sus pupilas resplandezca justo como la profundidad del mar. 

El hombre en sí es todo un espectáculo.

«Esta maldita medicina es asombrosa.»
Tiempo después vuelve a posar sus ojos azules en los míos. Me acaricia la mejilla derecha con delicadeza, como si fuera a romperme.

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