22.Nadie se mete con los nuestros

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Mi tía Gabriella da gritos de terror y desesperación al ver el estado de su hijo pequeño mientras toda la familia se queda petrificada con la escena.

Bruno está desnudo de la cintura para arriba, ha perdido la conciencia y no hay una parte su cuerpo que no esté cubierta de sangre.

—Traedlo a la habitación —reacciono de prisa—. Y alguien que vaya a por mi maletín y el botiquín de primeros auxilios —mi tío Alessandro es quien trae a mi primo hasta la cama y luego solo se queda contemplándolo petrificado—. Tío —le llamo, sin obtener respuesta—. ¡Tío Alex! —le sacudo y finalmente reacciona—. Ayúdame a quitarle la ropa.

Al hacerlo lo que veo no me gusta nada. Los hematomas en la piel pueden ser indicio de hemorragias internas y si esa así, solo tengo minutos para actuar. 

«Controla los nervios, Rina», me ordeno a mí misma porque en estos momentos necesito ser la portadora de la serenidad. Todos están contando conmigo, la vida de mi primo está en mis manos.

Ordeno traer la medicina milagrosa de mi padre, puesto que es lo único que impediría la hemorragia de algún órgano interno y también pido que llamen al doctor Coppola, el médico de la familia desde que tengo memoria.

Todos se disponen a obedecerme mientras yo hago lo que puedo con los pocos medios que tengo.

«¿Qué te han hecho, Bruno?»

Enzo rápidamente aparece con mi maletín. 

Bruno presenta varios cortes en la cara y si las costillas no están rotas, se las han magullado bastante.. 

Lo han dejado como un guiñapo a golpe limpio.

La medicina de mi padre actúa rápido por suerte y después de que compruebo que sus signos vitales están normales dentro de lo que cabe, limpio su cuerpo con agua estéril, apósitos y algo. Coso las heridas profundas y le vendo el tórax y la cabeza.

Cuando el médico llega ya le estoy administrando un suero intravenoso con electrolitos y el mejor antibiótico que pude encontrar a mano en mi maletín. 

—He hecho lo que he podido —digo antes de hacerme a un lado y dejar que el anciano de más experiencia salve a mi primo.

Todos estamos de pie frente a la cama a la espera de los resultados del examen del médico.

—Pues mi trabajo aquí está hecho —delibera finalmente él—. Has sido oportuna al detectar la hemorragia interna —se dirige hacia mí—. La medicina de Carlo está comenzando a surtir efecto. En veinticuatro horas excepto por las cicatrices y los moretones, estará como nuevo.

Todos suspiramos de alivio ante sus palabras. Mi tía Gabriella finalmente se tranquiliza y se sienta al lado de su hijo menor.

—Has hecho buen trabajo —el doctor llega hasta mi lado—. Carlo estaría orgulloso. 

—Gracias —le respondo ya más aliviada.

—¿Sabes que tienes un puesto asegurado en el Hospital Varone no? —más que una pregunta es una sugerencia. Él era amigo y mano derecha de mi padre y a la muerte de este ocupó su lugar como Director General—. Hay una vacante en el equipo de cirujanos esperando por ti y si así lo deseas, la jefatura es tuya también.

—Lo sé.

—Él quería que tomaras el mando...

—Soy consciente de ello —admito en un suspiro—. Pero... en estos momentos...

—Entiendo —lo cual agradezco—. Tranquila, el hospital no irá a ningún lado.

—Gracias. Solo necesito un poco de tiempo.

El médico se despide de la familia y se marcha. Un rato después veo a los Varone salir disparados.

—¿A dónde vais, si es que se puede saber? —inquiero con los brazos en jarras.

—Es hora de refrescarle la memoria a nuestros enemigos —responde mi tío con fiereza. Sus ojos brillan a fuego vivo—. Al parecer han olvidado a quién se enfrentan.

—Y pensáis mostrarlo a plena luz del día —bufo sin una pizca de humor—. ¿Os habéis vuelto locos?

—Los Varone somos los dueños de Roma, Rina —suelta como si eso lo explicara todo—. Y no tenemos intenciones de ceder el poder. Nadie se mete con los nuestros.

Suspiro resignada, sabiendo que es inútil intentar disuadirles. 

—Esto es una locura. Iré con vosotros.

—No —me detiene—. Alguien debe proteger el edificio. Papá se quedará también.

—Más os vale regresar en una pieza —advierto a cada hombre de mi familia—. No quiero más pacientes por hoy.

—Lo tendremos en cuenta —comenta Enzo, antes de irse.

Las mujeres nos quedamos en la habitación de Bruno, velando su sueño. Tía Gabriella no hace otra cosa excepto sostener la mano de su hijo mientras su cuñada y su suegra le proporcionan suaves caricias en su hombro y espaldas. 

Bianca solo observa sin hacer uso de sus típicas bromas. Su actitud deja en evidencia la seriedad de la situación. Bruno casi muere y el resto de los hombres de la familia se han dirigido a invadir la mansión Costello, poniéndose automáticamente en la línea de fuego. 

Calla se remite a contemplar la escena en silencio. Soy consciente de que siente un profundo aprecio por el pequeño Varone. A fin de cuentas Bruno resultó convertirse en su bote de salvavidas. Sin él aún sería cautiva de Tarkan Arap.

El abuelo Donato se retira, alegando necesitar una copa de wisky. No es para menos. Hace solo dos meses perdió a su hijo menor, luego sucedió mi secuestro y ahora Bruno...

Las circunsancias comienzan a rebasarnos a todos y me temo que esto es solo el inicio. 

Yo, en cambio, me limito a sentarme en un sillón de la habitación y observar hacia la puerta. No puedo hacer otra cosa, la ansiedad es demasiada. Solo espero el momento en que todos regresen... ilesos. Un pensamiento demasiado optimista.

Un agudo chillido irrumpe en la habitación de un momento a otro:

—¡Bruno! —no puedo creer lo que ven mis ojos: Alda aparece en un estado deplorable junto a Enzo. La joven no duda en lanzarse al cuerpo de mi primo inconsciente—. Oh, Bruno. ¿Qué te han hecho, mi amor?

—Se pondrá bien —intento consolarla apretando su hombro—. Nada que la medicina de mi padre no pueda solucionar. Mañana estará como nuevo. 

—Me hicieron mirarle —solloza—. ¡No pude hacer nada!

—Estará bien, Alda —repito—. Lo prometo.

Mis palabras parecen calmarla. Después dejo que las demás la consuelen.

Con solo una mirada Enzo comprende mi pregunta no formulada.

—Dante —susurra a mi lado—. Me la encontré de camino a la mansión. Huía de él. 

No quiero imaginar cómo logró escapar de sus garras. Basta ver la ropa rasgada de Alda y sus pies descalzos para temer lo peor.

Un sonoro portazo interrumpe mis pensamientos. Me giro desconcertada y la imagen ante mis ojos me paraliza por unos segundos.

¿Cómo diablos se coló en el edificio? ¿Qué todos nuestros hombres se fueron con mis tíos o qué?

—Vaya, vaya —sus ojos verdes recorren la habitación mientras deja ver una sonrisa lobuna. Si no tuviera la mente tan retorcida y el alma podrida sería condenadamente atractivo. En cambio, su belleza solo le da un toque diabólico a su personalidad—. No esperaba encontrar tantas caras conocidas —detiene su mirada en mí y se dispone a recorrer mi cuerpo de arriba abajo con ella sin disimulo alguno—. Señorita Romanov, ¡qué 

sorpresa!

—Podría decir lo mismo, Dante Ferrara...

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