30.La estocada maestra

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La oscuridad es densa. Silenciosa. Un abismo sin tiempo donde todo flota: la rabia, la tristeza... y el eco lejano de una voz que ya no sé si quiero escuchar. Estoy atrapada en ese lugar intermedio entre la conciencia y el olvido, donde los recuerdos se mezclan con los miedos y la culpa pesa más que el cuerpo.

Siento que floto, pero también que me hundo. Como si la realidad estuviera a punto de reclamarme, pero aún se divierte torturándome un poco más.

Un zumbido. Un olor. Una presencia.

Algo me arrastra hacia la superficie.

Y entonces...

«¿Por qué... por qué huelo alcohol?»

El mundo gira cuando abro los ojos. Me incorporo bruscamente, pero un mareo me azota como una ola helada. Brazos firmes me sostienen antes de que caiga de nuevo.

—Con cuidado —susurra una voz grave, envolvente. Reconozco el olor de su perfume mezclado con su preocupación. Luciano. Todo me da vueltas. Trato de centrar la vista en su rostro, que se encuentra peligrosamente cerca del mío.

—¿Cómo te sientes? —una voz grave me sostiene, unos brazos fuertes me rodean con firmeza. Su tono está impregnado de preocupación. Sus palabras son suaves, pero el peso de la incertidumbre las hace sonar como una amenaza en mis oídos.

La sensación de estar a punto de caer me hace girar la cabeza de forma errática. Todo se mueve alrededor, como si el mundo estuviera dando vueltas sobre mí.

—Un poco mareada —respondo, y mi voz suena más débil de lo que quisiera. Siento la necesidad de explicar, pero no tengo fuerzas para más. —¿Qué sucedió?

—Te desmayaste —responde. La expresión en su rostro cambia, pasa de un alivio momentáneo a una profunda preocupación. Me observa, como si intentara desentrañar cada fragmento de lo que ocurrió—. Estábamos peleando y te desplomaste en mis brazos.

—Oh...

No encuentro nada para decir y todavía me siento bastante aturdida.

De pronto la escena vuelve a mí como un golpe seco: la discusión, el grito, el portazo... y luego, la nada.

—Debemos ir al hospital. O llamar a Coppola. No pienso quedarme de brazos cruzados.

—Estoy bien, Luciano —replico con calma, aunque mi cabeza aún late con fuerza—. No necesito ningún médico.

La ira parece traspasar su piel. Su mandíbula se tensa, y los ojos, que antes estaban cargados de preocupación, ahora se tornan oscuros.

—¡Me da igual lo que digas! —responde, su tono es rotundo, implacable. Ya no hay espacio para negociaciones—. ¡Iremos al hospital!

Cierro los ojos. Sus palabras me golpean, pero no tengo fuerzas para luchar. Todo mi cuerpo está exhausto, y el dolor de la pelea, de la lucha interna, sigue ardiendo en mi pecho. Solo quiero descansar, cerrar los ojos y dejar que el mundo se disuelva.

—¿Qué parte de "no me das órdenes" no has entendido? —susurro. No hay rabia en mi voz, solo resignación. Me siento drenada, vacía. Lo miro de reojo, sabiendo que mi respuesta es la última que quiero dar, pero no puedo evitarlo.—. Te recuerdo que soy médica. Sé lo que hago. Y te aseguro que estoy bien. No hace falta armar un drama por un simple desvanecimiento.

Él no contesta de inmediato.

La tensión se hace palpable, y él solo me observa por un largo momento, como si tratara de leer mis pensamientos. Sus dedos se alzan, y con una delicadeza que me desarma, me toma de la barbilla.

—¿Segura? —pregunta, su voz apenas un susurro, como si temiera una respuesta que ya sabe. Los ojos que antes reflejaban ira, ahora están llenos de una profunda preocupación, de algo más... un deseo casi imposible de ocultar.

Sus ojos recorren mi rostro, buscando señales de algo que ni yo misma sé nombrar. Ya no hay rastro de la furia que nos envolvía hace apenas un rato. En su lugar, hay algo mucho más peligroso: preocupación sincera, ternura... y deseo.

Mi cuerpo se tensa, una ola de incomodidad me envuelve. Puedo sentir el calor de su cercanía, el susurro de su aliento, y mi mente me grita que me aleje, que me proteja de lo que siento. Pero algo dentro de mí responde a su proximidad, como si mi piel, mi alma, anhelaran lo que mi corazón rechaza.

Está demasiado cerca.

«No lo hagas.»

«Aléjate... no ahora, no así.»

Finalmente, él se retira. Su rostro se endurece, y la distancia entre nosotros parece interminable. El alivio llega tarde, pero me permite respirar de nuevo.

—Te dejaré descansar —dice, y su voz, aunque suave, tiene un dejo de frustración contenida.

Su ausencia repentina me deja helada. Lo observo caminar hacia la puerta, sintiendo que algo invisible se me desgarra por dentro.

Me quedo allí, atrapada entre lo que fue y lo que podría haber sido. La pregunta sigue rondando mi mente. ¿Aún no sabe del bebé? Gianna... ¿por qué no le ha contado? ¿Por qué todo parece estar enmarañado en mentiras y silencios? La incomodidad de la situación me consume.

—Luciano —mi voz lo detiene antes de que cruce la puerta. El sonido de su nombre en mis labios se siente como una carga.

Él se gira lentamente, su mirada confusa, interrogante.

—¿Sí?

—Nunca pretendí hacerte daño —las palabras salen con más dificultad de la que imaginaba. Hay algo en el aire que me impide ser completamente honesta, pero es lo único que puedo ofrecerle en ese momento.

Su expresión se suaviza, pero permanece en silencio por un instante. La tensión se disuelve, pero la herida sigue allí, abierta. Y entonces responde con una quietud que me rompe en mil pedazos:

—Lo sé —responde finalmente, y la forma en que lo dice me hiere más de lo que esperaba. No es indiferencia. Es comprensión. Y eso duele más que cualquier otra cosa.

La puerta se cierra tras él, y me quedo allí, sola en la oscuridad. Ya no tengo sueño. Ya no tengo ganas de nada. El destino, ese cruel maestro, me ha jugado una mala pasada. Y el precio de todo esto es demasiado alto.

7 de mayo de 2018

El silencio en la sala es tan denso que casi puedo morderlo. Mis manos sudan sobre mi regazo mientras contemplo la pantalla en blanco. La ginecóloga prepara el ecógrafo con la serenidad de quien ya conoce la respuesta.

—¿Cuántas pruebas te hiciste? —la doctora me observa desde su lugar, un destello de curiosidad en sus ojos. Pero hay algo en su voz que me recuerda que no hay escapatoria.

—Cuatro —respondo en apenas un susurro. Mi cabeza sigue zumbando, el efecto de la ecografía transvaginal aún me molesta. Es incómoda. Demasiado incómoda—. Todas de marcas diferentes.

—¿Y las cuatro dieron positivo? —su pregunta corta el aire, y siento que las palabras se clavan en mi pecho.

Asiento con la cabeza, sin poder hablar. El silencio entre nosotras se estira, y la doctora señala la pantalla, donde la imagen aparece de golpe: clara e irrefutable.

—Eso lo explica —dice con un dejo de ternura profesional—. Estás embarazada. Alrededor de cuatro semanas.

La palabra cae como un trueno.

Embarazada.

No hay lugar para dudas. No hay margen para negarlo. Es real.

Luciano... Luciano será padre. De nuevo.

Por partida doble.

El aire se me atasca en los pulmones. Miro la figura diminuta en la pantalla. Una vida creciendo dentro de mí. Su hijo. Nuestro hijo.

¿Por qué?

¿Por qué se casó precisamente con ella?

El destino no se conformó con jugar conmigo. Esta vez, me ha dado una estocada maestra.

Y no sé si podré recuperarme de ella.

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