34.Rompiendo el hielo

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13 de mayo de 2018

El amanecer se filtra tímido por las cortinas de la habitación, tiñendo todo con un resplandor dorado. La primera sensación es la calidez: un brazo fuerte rodeando mi cintura, un pecho firme que sube y baja acompasado contra mi espalda. Luciano. Su respiración lenta me envuelve como un ancla contra la tormenta.

Por un instante, casi me convenzo de que el mundo afuera no existe. Que no hay enemigos acechando, ni traiciones, ni sangre pendiente de derramarse. Solo él y yo, compartiendo el mismo aire.

Quisiera congelar este momento.

Pero la realidad siempre termina irrumpiendo.

—Buenos días, amore mio —su voz ronca me acaricia la nuca. Me estremezco. No por miedo. Sino porque, cada vez que lo dice, me atraviesa como si me perteneciera. Como si esas palabras fueran una promesa.

—Buenos días... —mi respuesta es apenas un murmullo.

Se mueve, me gira con cuidado hasta quedar frente a frente. Su mirada azul me atrapa; parece examinarme, asegurarse de que sigo aquí, viva, con él.

—No dormí mucho —confiesa con un gesto cansado, aunque sus labios se curvan en una sonrisa que contradice el peso de sus ojos—. No podía dejar de mirarte.

El calor me invade. A veces odio lo que me provoca, la facilidad con la que derrumba mis muros. Pero hoy... hoy lo necesito.

—No deberías estar aquí tanto tiempo. Los Costello notarán tu ausencia. Gianna... —me detengo, mordiéndome el labio.

El azul de sus ojos se enciende con furia contenida.

—No vuelvas a nombrarla en esta cama.

La advertencia es seca, pero no me hiere. Al contrario, me revela la magnitud de su decisión: está eligiéndome, aun a costa de incendiar todos los puentes que lo atan a la otra familia.

Lo observo en silencio, preguntándome cuánto estamos dispuestos a arriesgar. Porque sé que, una vez que Gianna descubra que no puede manipularnos, la venganza de los Costello será brutal.

Luciano acaricia mi rostro, con esa delicadeza que nunca coincide con su reputación.

—Escúchame, Catarina. Lo que viene será peor que todo lo que hemos enfrentado hasta ahora. Fabrizio no se esconde por miedo, sino porque está preparando algo. Y los Costello... los Costello no perdonan.

—Lo sé —suspiro—. Pero si estamos juntos, no temo a nada.

Mi confesión lo sorprende. Lo noto en el parpadeo lento, en el modo en que su mandíbula se tensa y sus dedos se hunden un poco más en mi piel.

—Dilo otra vez —exige en voz baja, casi con hambre.

—No temo a nada... si estamos juntos.

Sus labios se apoderan de los míos antes de que pueda decir más. No hay prisa, pero tampoco calma. Es un beso de pertenencia, de advertencia, de deseo contenido demasiado tiempo. Cuando me separo apenas para respirar, él apoya su frente contra la mía.

El calor de su cuerpo todavía me envuelve, aunque la mañana avanza inexorablemente. Quiero aferrarme a esa burbuja que hemos creado entre sus brazos, pero sé que no podemos permanecer aquí escondidos. No por mucho tiempo.

Luciano acaricia distraídamente mi espalda, como si intentara memorizar la forma exacta de mi cuerpo. Sé que él también lo siente: esa certeza de que el mundo nos reclama, de que la guerra no nos dará tregua.

—Si pudiera encerrarte aquí, lo haría —susurra, como si leyera mi pensamiento.

—No soy de las que se dejan encerrar, Luciano. Ya lo sabes.

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