19.El fin del Turco

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Intento no temblar pero se me hace imposible. Estoy helada. Ese maldito turco me ha encerrado en el frigorífico a propósito y encima el aroma a carne podrida es nauseabundo.

Las heridas escuecen y con el frío solo empeoran. Estoy amordazada con cinta adhesiva y me cuesta respirar. Cada vez que lo hago, una punzada de dolor aparece en mi pecho. El Turco se ha deleitado soltando patadas.

Trato de tumbarme en el suelo, pero la atadura de las piernas convierten la posición en una tortura. Así que me quedo quieta con las piernas encogidas.

Una vez más él se posiciona frente a mí y quita la cinta que cubre mis labios. Luego comienza a acariciar todo mi rostro.

—Has sido una chica muy mala, mi bella gatita —escupe en mi cara con su sonrisa de pervertido—. ¿Sabes? He gastado la mitad de mi fortuna investigándote. Eres una persona difícil de encontrar, pero el que busca encuentra y yo he encontrado cosas muy interesantes.

—Muero por escucharlas, Turco... —consigo hablar altiva sin tartamudear.

—Bien, así me gusta —señala satisfecho—. Resulta que tenemos un amigo en común.

—Ciertamente lo dudo —digo con mofa.

— Oh, ¡qué mala memoria tienes, gatita! —Chasquea repetidamente en tono reprobatorio—. ¡No me digas qué has olvidado a tu creador! —Sus palabras me dejan totalmente descolocada, aunque permanezco impasible—. Puedo ver que sí. Eso está muy mal —niega de manera repetida con la cabeza—. Las personas como nosotros debemos recordar de dónde venimos. Hay que ser humildes, gatita. El Sabueso estaría muy decepcionado.

Me quedo totalmente petrificada.

«No es cierto.»

«No puede ser.»

Me es imposible disimular un escalofrío.

—Sí, creo que estás recordando —continúa con una sardónica sonrisa—. Verás, el Sabueso no solo era mi socio. Seguro percibiste su notable acento. El Sabueso era mi único hermano —creo que me olvido de respirar. Ahora lo comprendo. Sus ojos... son los mismos del hombre que arruinó mi vida—. Llevo años buscándote, gatita. Pero los Varone te han sabido esconder muy bien ¿O debería decir… Luciano te ha sabido esconder?

Mi cuerpo comienza a agitarse a tiempo que intento soltarme de mis ataduras.

—Si le tocas un pelo, juro que…

— ¡Oh! Ya veo. Te has enamorado de tu salvador —suspira fingiendo pesar—. Típico. Bueno, pues lamento confesarte que no soy como mi hermano. Nadie, absolutamente nadie, podrá salvarte de mí. Ni siquiera Luciano D’Cavalcante.

—Eres hombre muerto, Tarkan. Sí lo sabes, ¿verdad?

— Tal vez. Pero antes me llevo a tu querida familia por delante. Ahora tienes muchas deudas que saldar conmigo —señala demasiado sonriente—. La más importante es la promesa que hiciste hace unos días. Dime, ¿has guardado tus orgasmos para mí? Porque yo sí he guardado los míos. Muero por descubrir lo que escondes debajo de ese ardiente carácter.

— Pues lamento decepcionarte —espeto—. Confórmate con darme palizas, porque nunca me darás placer.

— Vaya, aficionada al sadomasoquismo. Estás llena de sorpresas, querida. Será un placer complacerte.

Le observo apretar sus manos en un puño y lo siguiente que siento es el sabor metálico en mi boca, indicándome que sangre sale de la misma. Con una mano me acaricia los muslos y con otra ejerce presión sobre mi cuello, haciéndome jadear por la falta de aire.

Trato de alejarme de sus podridas manos, pero presiona con mayor fuerza. Posa su boca sobre la mía y le muerdo el labio con toda la fuerza de la que que soy capaz.

Rápidamente se aleja con un grito ahogado:

—¡Ahhh! Maldita perra. Ya verás.

Siento su puño en mi estómago. Luego vuelve a cubrirme la boca y continúa golpeando.

—Señor —uno de sus hombres interrumpe su arranque de furia.

—¡¿Qué?! —Pregunta colérico sin dejar de mirarme.

—Ya están aquí, señor.

El Turco deja ver una sonrisa que logra estremecerme.

—Bien. Que comience la fiesta. Tendremos que posponer lo nuestro, gatita. Pero no lo dudes por un segundo. Hoy serás mía.

Es lo último que dice antes de abandonar la furgoneta. Solo espero que mi tío y Luciano, tengan todo muy bien planeado. De lo contrario, no seré la única perjudicada esta noche.

3 de abril de 2018

No tengo idea de cuánto tiempo ha pasado, sin embargo, parece una eternidad. Ya no tiemblo, pues mi cuerpo está entumecido completamente. Sé que debo mantenerme despierta, pero mis párpados pesan demasiado.

Creo escuchar de lejos varios disparos seguidos de un estridente sonido. Veo humo, mucha gente y… a Luciano.

«Has venido.»

Mi fuero interno llora sin parar. Luciano D'Cavalcante me ha salvado la vida una vez más.

Estática le contemplo hincarse de rodillas en el suelo y tirar de mi cintura para después arrancar la cinta adhesiva de mi boca. A pesar del frío siento la calidez de su cuerpo.

—¡¿Estás bien?! ¡Dímelo! —exclama. Sin embargo, no puedo responderle. Tengo mucho frío—. ¿Qué te han hecho?

—E... estás aquí... con...migo.

—No importa dónde te escondas, Catarina Varones. Yo siempre te encontraré. ¿Me oyes?

Siento una calidez inesperada en mi boca y me dejo caer en su cuerpo. Porque de esa forma sé que Luciano me está besando y también sé de que estoy en el lugar que siempre he querido estar, el lugar en donde pertenezco.

—Te... q... quiero, Luciano...

Le escucho tomar una larga bocanada de aire y tragársela porque nunca la suelta.

—Lo sé.

Pierdo la noción del tiempo hasta que el calor corporal de Luciano no es suficiente y el frío me cala los huesos.

—Te–tengo frío.

Él se separa, posa su frente sobre la mía y después vuelve a besarme con un ligero roce de labios.

—Venga, salgamos de aquí.

Acurrucada entre sus brazos me saca de ese horrible lugar. Mis párpados se cierran, dejándose vencer por el cansancio.

«Estoy a salvo.»

Es el último pensamiento que cruza mi mente antes de dejarme llevar en los brazos de Morfeo, con el olor de Luciano impregnado en mí.

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