—No puedo hablar sobre eso... —murmuró la mujer.
El hombre la miró inquisitivo.
—Entonces, ¿por qué decidiste venir aquí, Lilith? —preguntó él.
—Benedict, yo... —la mujer pensó en silencio antes de hablar—. No sé si entiendes cómo funciona la CIA, pero absolutamente todo es un secreto...
—Supongo que sí, pero tú también debes entenderme. —habló el psicólogo mientras alzaba las cejas—. Has venido aquí en busca de ayuda, hemos tenido media docena de sesiones, pero sigues sin decirme nada contundente... ahora mismo llevamos veinte minutos perdidos... —expresó mirándola directo—. De verdad deseo que me cuentes lo que pasó, ya me estoy sintiendo culpable de cobrarte por estas sesiones en las que solo charlamos de béisbol y del clima.
Lilith se tomó unos segundos antes de hablar.
—Ese día murió el vicepresidente Murphy... —comenzó a decir con dificultad.
—Y también Robert, ¿verdad? —inquirió él con la mayor suavidad que pudo.
Ella lo miró de una forma ruda y a la defensiva, frente a lo cual él no se inmutó en lo absoluto, puesto a que ya se había acostumbrado a aquellos garzos remolinos de sentimientos que la pelinegra tenía por ojos.
Ben había tenido la oportunidad de tratar a Robert, ella lo sabía y por ese motivo había decidido acudir a él en lugar de a algún psicólogo de la agencia. Era un hombre confiable, mantenía en extremo la confidencialidad con sus pacientes, de los cuales varios eran agentes de la CIA reacios a tratarse con psicólogos de la organización, puesto a que, como en la lógica policiaca, todo lo que decías podría llegar a ser usado en tu contra.
—Murió el vicepresidente... —continuó con sus palabras—. Y todo mi equipo también... bueno, ¿es que acaso no viste las noticias?
—Fue hace tres años, tengo una memoria frágil... —puntualizó el hombre de los cabellos ensortijados.
—Esto fue un error... —Lilith se puso de pie de manera brusca—. Sé que eres una tumba y todo eso, pero los hijos de puta de la CIA son unos jodidos sabuesos... si mi jefe se entera que estoy atendiéndome con un psicólogo externo a la agencia, y que le estoy contando secretos de estado, me meterán a la cárcel, y yo no voy a volver a ese maldito lugar...
—¿Estuviste en prisión? —inquirió Ben levantándose—. ¿Es eso un secreto de estado también?
La mujer se detuvo antes de salir de la oficina.
—No... no lo es... —musitó.
—Toma asiento, Lilith. —pidió el psicólogo.
La dama regresó a su sitio lentamente.
—¿Cuánto tiempo estuviste en la cárcel? —preguntó Benedict volviendo a su asiento.
—Unos meses... —respondió ella.
—¿Y por qué? —interrogó él.
La mujer sonrió un poco al recordarlo.
—Irrumpí en la base de datos de El Pentágono cuando tenía dieciséis... —confesó—. Once veces...
El psicólogo la miró asombrado.
—¿Once veces? —preguntó sin poder creerlo—. ¿Tú fuiste la responsable de la gran fuga de información que sufrió El Pentágono en el dos mil uno?
—Aquí me tienes... —expresó abriendo los brazos—. Usé una vieja computadora básica que tenía mi padre, pero aun así les tomó cinco meses encontrarme... —explicó Lilith con cierta gracia—. Mi tía me quería matar cuando vio a esa tropa de simios en traje a las afueras de la casa...
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La Orden Doce
FanfictionTom Hiddleston, un economista brillante, introvertido pero encantador, es requerido por la CIA para un caso muy importante. Hiddleston es designado como compañero de Lilith Kemp, una agente antisistema y con serios problemas contra la autoridad. Al...
