La inmensidad del océano Atlántico comenzó a cesar bajo sus pies tras poco más de cinco horas de vuelo, y a lo lejos pudieron notar que el horizonte se plagaba de luces, como si de un campo de girasoles resplandecientes en la oscuridad se tratara.
—Hemos llegado al territorio de las islas británicas. —espetó Nimue—. ¿Recuerdas cómo aterrizar?
—Por supuesto. —dijo Lilith asintiendo.
—Descenderemos en el aeropuerto de un amigo. —comentó la mujer—. He solicitado un automóvil para que puedan llegar hasta donde sea que van, tiene las llaves puestas, lo verás al apenas bajar del jet.
—Gracias, Nimue... —dijo la agente mientras la miraba.
La mujer mayor asintió con seriedad a la vez que le daba un rápido vistazo. Lilith no pudo evitar observar cómo su rostro reflejaba el paso del tiempo en cada pliegue de su piel, en su cabello blanco y sus manos ajadas como lirios de agua marchitos. Tampoco pudo evitar imaginar cómo luciría su padre, su madre y su hermano si hubieran estado vivos y cómo habría sido su vida si así fuera.
—Si algo llega a salir mal, quiero que hables con Julien y Johanna... —soltó la pelinegra de repente.
—Lilly...
—Escúchame... —la interrumpió—. Si muero, necesito que seas tú quien le diga a mi familia lo que ocurrió, diles que fallecí en busca de justicia y que no me arrepiento de ello... diles que los amo con toda la fuerza que mi alma me permite y que siempre será así... —pidió ella sin poder esconder el dolor que sentía—. Quiero que hables con mi hijo en unos años, cuando tenga quince.... —murmuró mientras una lágrima surcaba su rostro—. Debes contarle quién era yo en realidad y cuál era mi trabajo, relátale mis mejores casos, mis mejores momentos, mis más grandes aportes a la sociedad... y no le mientas, por favor no lo hagas, dile que también hice cosas malas, pero porque la CIA no me dio más opción... —guardó silencio unos segundos antes de continuar—. Dile que yo era un mal necesario...
—Mierda, Lilith... —maldijo la mujer—. Dime de una vez, ¿en qué demonios estás trabajando?
—No. —susurró la agente—. No puedo meterte en esto, no quiero que te hagan nada, eres el último vestigio que conservo de papá y no puedo dejar que Julien pierda eso también...
—¡No, Lilith!, tienes que decírmelo... —ordenó Nimue—. Puedo ayudarte, sigo siendo la misma de antes, puedo aniquilar a un hombre con solo usar un maldito lápiz labial.
La mujer soltó una risa y le dio una mirada.
—Sigo sin creer esa historia... —espetó sonriendo de lado.
—Pues deberías, porque lo hice y puedo volver a hacerlo... —respondió la escocesa—. Dímelo, Lilith... no seas como tu padre, que siempre me escondía cosas...
—Lo siento... —murmuró—. Te quiero demasiado como para involucrarte...
Nimue la observó relajando el entrecejo.
—Yo también te quiero, canny wee lass... —expresó ella—. Y escúchame bien... volverás con vida, criarás a tu hijo y serás tú quién le cuente todas las situaciones descabelladas que has pasado, todos los casos que has resuelto y las vidas que has salvado... —habló con fuerza—. Y créeme, él sabrá entenderte porque, aunque es pequeño, te ama más que nada y está orgulloso que seas su madre por el solo hecho de serlo...
Lilith asintió con suavidad mientras la observaba, para luego volver a mirar hacia el frente.
—Es hora de aterrizar. —comunicó la piloto.
Una vez en tierra, ambos se despidieron de la exagente y agradecieron su ayuda. La mujer dijo que aprovecharía de visitar a algunos viejos amigos en Londres, y que estaría disponible en caso de cualquier contratiempo, asegurando que solo debían llamarla, y que ella estaría en donde fuera en cosa de minutos.
A pesar de aquello, Lilith hizo la promesa interna de no involucrarla en el caso, y la cumpliría sin importar las consecuencias.
Tal y como la experimentada piloto señaló, un automóvil estaba estacionado cerca del hangar principal, y ellos no dudaron en montarlo de inmediato.
—Es tu ciudad, confío en que debes saber cómo llegar a la Abadía de Westminster... —habló Lilith mientras revisaba un pequeño holograma que REVIL desplegó.
—Sí, no te preocupes, estaremos ahí en veinte minutos... —respondió Tom mientras conducía fuera del aeropuerto.
—REVIL, ¿hora de Londres? —preguntó la mujer.
—Son las cinco de la mañana con quince minutos, agente. —respondió ella.
—Bien, hemos llegado temprano... —murmuró la mujer.
—¿Estás lista? —inquirió él por lo bajo.
—No... —susurró ella—. Pero prefiero no pensar en ello.
—¿Por qué? —cuestionó el hombre.
—Es lo más adecuado en estos casos... —aseguró Lilith—. Uno puede estar muy calificado, ser un experto en armas y en lucha cuerpo a cuerpo, pero en situaciones como esta, jamás se sabe qué ocurrirá... —espetó con neutralidad—. Nunca se está realmente listo, solo queda pelear y rogar porque no te disparen en el jodido trasero...
Tom la observó de lado mientras apretaba los labios.
—¿Qué? —soltó ella frunciendo el ceño.
—Nada... —dijo él desviando la mirada al frente.
—Vamos, Tom... —alegó cruzándose de brazos—. Yo sé que nunca es nada, siempre hay algo cuando haces esa cara... sentimientos mezclados, cosas que no puedo entender...
—Me gustaría haberte conocido en circunstancias diferentes... —confesó—. No en medio de una guerra...
Lilith lo miró de lado, con los labios semiabiertos a causa del asombro.
—Me gustaría haber coincidido contigo de una forma más normal... en un día de campo de la iglesia, una convención de economía, una librería, una cena con amigos... —murmuró él—. Habría sido mucho mejor...
—Yo no voy a la iglesia, no me interesa la economía, no me gusta leer y tampoco tengo un puñado de jodidos amigos con los cuales cenar... —respondió ella—. Esta era la única forma en que podíamos conocernos, en medio de una puta batalla... —la mujer miró hacia el frente y guardó silencio por unos segundos—. ¿Quién sabe?, puede ser que después de todo esto cenemos juntos, si pagas por la comida, claro...
El inglés soltó una risa melancólica mientras le daba una mirada.
—Pagaría con todo gusto por tener una cena contigo... —espetó sonriéndole con tristeza.
—Es un trato entonces. —dijo ella escupiendo en su mano y extendiéndosela.
Tom comenzó a reír mientras la miraba arrugando la nariz.
—Sin saliva no es una promesa real, Thomas... —puntualizó la mujer.
El inglés escupió en su mano con retraimiento, para luego tomar la extremidad de la agente y apretarla con fuerza moderada.
—Ahora sí lo es. —susurró el hombre sin dejar de mirarla con tristeza.
✒Mazzarena
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La Orden Doce
Fiksi PenggemarTom Hiddleston, un economista brillante, introvertido pero encantador, es requerido por la CIA para un caso muy importante. Hiddleston es designado como compañero de Lilith Kemp, una agente antisistema y con serios problemas contra la autoridad. Al...
