Treinta y cinco

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Posterior al nuevo encuentro amoroso, Lilith volvió a casa con una extraña mezcla de emociones asentada en su pecho. Estaba cansada, angustiada y nerviosa, pero aquellos sentimientos se contraponían a las sensaciones que había experimentado junto a Thomas hacía solo unos momentos atrás, las cuales aún perduraban en su sistema. El recuerdo tan fresco de sus manos explorando su piel, sus labios recorriendo su cuello y su mirada profunda esculcando su rostro, sumado a todas las preocupaciones de la misión, la hacían sentir en el infierno más placentero de todos.

Pero a pesar de aquello, un infierno no deja de serlo sin importar cuan plácido resulte.

—Buenos días, Lilith... —saludó Johana al verla entrar en la casa—. ¿Qué pasó?, ¿por qué traes esa cara?

—¿Julien? —espetó ella evadiendo sus cuestionamientos.

—Está en el colegio, es temprano todavía... —respondió la mujer—. ¿Qué sucede?

—Estoy exhausta, voy a tomar una ducha y a descansar un rato, no me molestes a no ser que se trate de una amenaza tipo guerra nuclear... —expresó Lilith subiendo las escaleras.

Johanna la miró en silencio, a sabiendas de que en ese estado no le podría sacar ni una palabra más.

El estilo de vida militarizado al que Lilith estaba acostumbrada no la dejaba actuar de otro modo que no fuera en extremo metódico en su diario vivir, por lo que como era costumbre, su ducha fue bastante corta y reglamentada. La llamada "ducha militar" que ella practicaba consistía en treinta segundos de agua para humedecer su cuerpo, tras los cuales se enjabonaba y lavaba su cabello, un minuto para enjuagarse y listo. En menos de cinco minutos ya se encontraba envuelta en una toalla grande, secando su corto cabello con una de menor tamaño.

"Utilizas los métodos en todo, menos en las misiones, Lilith... eres una ironía caminante", su esposo le decía con una sonrisa cada vez que la veía tomar sus duchas de cinco minutos.

El tiempo lo era todo en el contexto de la CIA, lo había aprendido muy bien cuando la entrenaron y la vida como agente solo logró reafirmar aquello. Su período de entrenamiento estuvo bajo la tutela de Robert, de ese modo lo conoció, pero el amor no nació de forma instantánea como en un cuento infantil, puesto que él fue bastante duro al instruir a la joven, y los sentimientos románticos arribaron un par años después, cuando fueron designados como compañeros.

Robert le aseguró que había sido respetuoso con ella por su edad, ya que tenía solo dieciséis cuando la conoció, pero que siempre había encontrado en ella un fulgor especial que lo volvía loco. Lilith solo reía cuando él le mencionaba aquello, ya que, para ella, siendo solo una adolescente, un hombre de treinta y siete años no causaba mucho interés amoroso (en realidad sí lo hacía, pero a esa edad era más bien retraída en aquel ámbito, por lo que prefería pensar que Robert nunca despertó nada en ella durante ese tiempo, ya que así era menos vergonzoso).

Lilith era la más joven del plantel de futuros agentes, por lo que decidieron que solo uno de los mejores miembros de la agencia tendría la capacidad de educar a una mente tan brillante y a la vez rebelde. En efecto, el hombre le transmitió muchos conocimientos, pero como él le dijo una vez, "aprendiste mis mejores trucos, pero nunca pude reformar tu espíritu de maleante". Después de todo, aquel resultó ser uno de sus más grandes atributos a la hora de trabajar, como también una desventaja en varias situaciones, por lo que ella lo consideraba un arma de doble filo.

Como en la mayoría de los trabajos, mientras más alto logras escalar, las cosas se vuelven más flexibles. "Con menos jefes sobre los hombros se corre más a gusto", solía decir la agente, puesto a que Haspel era el único que estaba por sobre ella y ni siquiera el presidente de la nación tenía tantas facultades como la mujer.

La Orden DoceDonde viven las historias. Descúbrelo ahora