Tres

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Lilith estaba parada firmemente en la zona de desembarco de pasajeros, a la espera del sujeto en cuestión.

Joseph le había entregado el expediente del individuo, así que su imagen ya se había registrado en su mente, pero luego de ver cientos de rostros por una larga media hora, y de que ninguno se asemejara al del economista, comenzó a aburrirse de esperar.

A pesar de que ella estuviera en la zona acordada para el encuentro, y que el vuelo proveniente desde Londres hubiera arribado hace bastante, el personaje no aparecía por ningún lado.

Rompiendo las indicaciones dadas, comenzó a caminar por el aeropuerto en busca del objetivo, temiendo en sus adentros que alguien hubiera descubierto el verdadero propósito de su visita al país, y le hubiese sucedido algo que la metiera en problemas.

Su mente estaba llena de mil posibilidades negativas, de las cuales un noventa por ciento terminaban con ella trenzándose a golpes con algunos sujetos, pero todas aquellas numerosas conjeturas se diluyeron de repente cuando lo localizó.

Estaba parado mirando el escaparate de una tienda de revistas con sumo interés y tranquilidad.

A paso rápido se acercó hasta él, haciendo que sus tacones, parte muy importante de su disfraz de persona común, resonaran contra el piso de manera estrepitosa.

—Hola. —habló la mujer cuando estuvo parada junto a él.

El inglés la miró de lado y sonrió con amabilidad antes de saludar de vuelta.

—Hola. —repitió el hombre de los anteojos.

—Wow, ya salió el nuevo número de "¿Qué mierda estás haciendo aquí en lugar de estar en el punto de encuentro?" —dijo la mujer mientras lo miraba inexpresivamente.

—Oh, tú debes ser de la CIA... —miró su reloj con rapidez—. Lo siento mucho, quería comprar algo para leer, pero al parecer me entretuve demasiado tiempo en ello...

Ella lo miró sin poder creerlo; al parecer, le habían dado por compañero al civil más indiscreto e inoportuno del mundo.

—Dilo más fuerte, genio... —habló ella cruzándose de brazos—. Andando.

La mujer comenzó a caminar en dirección a la salida, mientras que aquel alto y delgado sujeto la seguía, jalando de la maleta que lo acompaña y apretando contra sí un bolso de cuero café, y un par de fundas negras que de seguro protegían algunos trajes finos.

—¿Cómo te llamas? —preguntó el hombre cuándo por fin la alcanzó, a la vez que abandonaban el aeropuerto.

Ella lo miró cortamente y siguió caminando hasta su automóvil sin decir nada. Una vez allí, la agente le arrebató la maleta y los trajes al británico para meterlos en el baúl del Chevrolet Camaro Super Sport negro.

—Permíteme, por favor. —dijo el hombre tomando sus cosas otra vez, con la intención de ser él quien las guardara—. Creo que ya he importunado lo suficiente como para dejar que...

—Aclaremos algo. —soltó ella de sopetón—. No te quiero aquí. Yo no pedí que vinieras y tampoco te necesito, pero mi jefe te creyó necesario. No yo, tenlo claro. —masculló a algunos centímetros de su rostro—. Con todo el desagrado del mundo te tuve que venir a buscar, con mayor desagrado aún te dejaré montar mi vehículo... —continuó mirándolo molesta, a la vez que volvía a tomar sus pertenecías con rudeza—. Por lo cual seré yo quien ponga tus porquerías en el baúl, porque es mi automóvil, y no quiero que por tu torpeza le dañes la pintura, ¿entendido?

Él asintió a la vez que tragaba duro.

—Bien. —espetó la fémina—. Ya vámonos.

El hombre obedeció de forma inmediata, y luego de subir, cerró la puerta del vehículo con sumo cuidado, tratando de evitar a toda costa cualquier confrontación con la agente, ya que presumió eran bastante fáciles de causar.

La Orden DoceDonde viven las historias. Descúbrelo ahora