Veintitrés

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Washington D.C, 12 de diciembre de 1991

La familia Bain volvía a casa luego de un divertido día en la playa, mientras Don't cry de Guns N' Roses, una de las mejores canciones del año, se escuchaba en la radio del vehículo.

Lilith, de seis años de edad, iba en los brazos de su madre, Catherine, mientras su padre, Arthur Bain, conducía por aquella angosta y oscura carretera inmiscuida en medio del bosque. En el asiento de atrás, George, su hermano mayor, miraba por la ventana sin prestar mayor atención a lo que Lilith consideraba como un gran entretenimiento.

Observar a su padre conducir.

En realidad, Lilith adoraba ver a su padre haciendo cualquier cosa, era una "pequeña fisgona", según su madre, pero para Arthur, Lilith era su "canny wee lass" (chica astuta), apodo que pronunciaba con su particular acento escocés. La niña era sumamente inteligente, incluso más que su hermano varios años mayor, quien, a pesar de ser muy bueno en la escuela, no tenía las habilidades innatas que Lilith poseía, las cuales su padre se había encargado de cultivar a lo largo de su corta vida.

La pequeña siempre había pensado que su papá era la persona más inteligente y hábil del mundo, por lo que también creía que nadie más conducía como él. Observarlo manejar era muy divertido para ella, por eso siempre rogaba a su madre para que la dejara sentarse en su regazo, y así poder observar mejor a su querido padre desde el asiento del copiloto.

—¿Puedo conducir, papá? —preguntó la niña de sopetón.

Arthur soltó una risa antes de mirarla.

—Lilly... —murmuró él—. Es peligroso, estamos en la carretera...

—¡Pero si me dejas en casa! —reclamó la niña—. ¿Por qué no puedo hacerlo en la carretera?

—Porque hay más autos... —respondió su madre.

—No hay ninguno. —sentenció ella.

—Mira a través del retrovisor... —habló Arthur—. Hay un loco que viene rapidísimo detrás de nosotros, no puedo dejarte conducir ahora, mi canny wee lass...

—Pero papá...

—No seas terca, hija... —dijo él frunciendo el ceño.

—No le pidas algo que ni tú puedes hacer, Arthur... —dijo Catherine con cierta gracia.

El hombre soltó una risa antes de mirar a su esposa, y estaba a punto de decir una respuesta ingeniosa, de esas que tanto lo caracterizaban, pero sus intenciones fueron cortadas por el fuerte impacto de un automóvil contra el suyo.

Arthur perdió el control del vehículo de inmediato, chocando con un gran árbol que estaba a orillas de la carretera. Al no traer cinturón de seguridad, Lilith y su madre salieron despedidas por el parabrisas del automóvil, azotando duro contra el suelo varios metros más adelante.

Unos segundos más tarde, la pequeña Lilith abrió los ojos y se encontró en medio de unos arbustos. Su cuerpo estaba lleno de profundos cortes, tenía vidrios incrustados por doquier, y su pierna se encontraba en una posición bastante antinatural. Sin embargo, en lugar de comenzar a llorar frente al inconmensurable dolor, como cualquier niña de su edad lo habría hecho, guardó silencio al escuchar cómo cuatro disparos surcaban el silencio de la noche.

Algo no estaba bien.

Se suponía era un accidente de tránsito, un infortunio, no tendría por qué haber disparos.

¿Sería su padre?

Descartó esa posibilidad de inmediato, ella misma lo había visto dejar su arma en casa antes de salir por la mañana.

La Orden DoceDonde viven las historias. Descúbrelo ahora