CAP 12. BESO

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El agua caliente la rodeaba y de repente se sentía tranquila, a gusto, en paz, tanta, que se llevó un pequeño susto al inicio ¿Cómo podría sentirse en paz luego de apuñalar hasta la muerte a un hombre? Rápidamente su mente desechó la idea de castigo divino que se comenzaba a instalar en su cabeza y la hacía temblar y regresó a la sensación de tranquilidad actual.

     Unas masculinas manos acariciaban sus cabellos al dejar descender agua sobre ellos y ella misma había dejado caer su cabeza hacia atrás, dejándose llevar por la comodidad y el confort que la sensación caliente del tacto y el agua en su piel le daban, cuando por fin abrió sus ojos en una mirada cansada y apacible.

     Los ojos de Ivar no estaban, su rostro, el que buscó apenas parpadeo, no se hallaba frente a ella como había imaginado se encontraría, más las caricias seguían dejando caer una poca de agua, ahora, sólo en sus hombros, por lo que dejó caer nuevamente sus párpados, sintiendo la mirada del joven que la "bañaba" únicamente en su perfil izquierdo y abriendo nuevamente sus ojos pudo divisar aquel rostro que anteriormente buscaba, observándola cómodamente recargando su mejilla en su brazo izquierdo.

    —Vamos —hablo dejando de acariciarla y usando su mano derecha para girar suavemente el rostro ajeno hacía sí, mojándolo en el proceso—, el agua se está enfriando —dijo, levantándose lentamente de su lado y dejando una caricia leve en la mejilla ajena.

     Ella siguió sus movimientos con la mirada y al verlo completamente de pie y sujetó en sus muletas prosiguió a levantarse, recibiendo desde el lado izquierdo de su espalda una tela de manos de Ivar que usó para secarse y salir del recipiente, siendo escoltada por el joven a su lado hasta la cama, dónde le ofreció sentarse mientras él levantó con su mano libre un vestido apoyado en los pies de la cama y se lo entregó.

     —Vamos cachorra, vístete —le dijo al verla mirarlo únicamente. La tela cubría su espalda y cruzaba con sus manos por el frente de su pecho, tapando hasta sus rodillas el cuerpo femenino recién secado, más por sus mejillas aún caían gotas de agua proveniente de sus cabellos húmedos—. Lo lamento cachorra —Sonrió— pero yo no puedo hincarme a tu espalda y secar tus cabellos —Y acto seguido acarició con su mano libre la zona mencionada.

     Ella enrojeció levemente y desvío al suelo su mirada, no es que lo estuviera esperando, o que lo deseara, pero que él mostrara un aparente anhelo por hacerlo la puso algo ansiosa. Aunque ahora que lo pensaba, ¿quién dijo que no lo deseaba? Con ese pensamiento y la poca decisión establecida en su cuerpo se levantó, quedando justo frente a él, y con lentos movimientos lo hizo cambiar de lugar con ella, para proseguir a sentarlo justo dónde ella se encontraba antes y recargando a su lado la muleta que lo sostenía de pie se hinco frente a él abriendo con suavidad un espacio entre sus piernas.

     —¿Qué haces? —Comenzó a preguntar Ivar, mas detuvo su hablar al ver cómo la mujer frente a sus piernas dejaba caer a su espalda la tela que la cubría para proseguir a meter por sobre su cabeza el vestido que recién le había entregado y, sin cerrar por completo las ataduras en su espalda, sentarse dándole la espalda en el suelo entre sus piernas para, sin mirarlo, entregarle la tela que anteriormente cubría su cuerpo.

     Ivar sólo la vio actuar mientras permanecía inmutable, una sonrisa se instaló en su rostro junto a una extraña sensación incomparable con alguna otra vivida con anterioridad y sujetando la tela entre sus manos la paso por debajo de sus largos cabellos, acariciando muy superficialmente la espalda desnuda a su paso. Y juraba que un sonrojo se extendía no sólo por el rostro femenino, sino que esté llegaba hasta la piel pálida de su oído izquierdo, e incluso, podía vislumbrar un rojizo cambio de tono en la piel mestiza.

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