CAP 16. SUICIDIO

1.9K 210 21
                                        


Ivar no podía más que mirarla y asesinar a sacerdotes imaginarios en su mente una y otra vez, siempre, con una muerte más violenta que la anterior. Escuchándola contar su historia entendía cómo es que temía por los hombres y por las personas en general, el porqué de su docilidad ante él y el origen del miedo que le tenía a aquel niño, que si bien era fruto de su vientre, para ella no era más que uno podrido, ingresado a la fuerza en un cuerpo maltrecho.

     Quería asesinarlos a todos, regresar y quemarlo todo, no dejar un sólo cuerpo con vida y destruir por completo el poblado cercano, pues aunque no lo había mencionado directamente era seguro que de ahí provenía y todas las personas en dicho lugar merecían morir por sus manos, por haber maltratado a la mujer a su lado quién no hacía más que dejarse hacer cuando se sentía en peligro.

     —(Malditos) —pensó al mirar el cuerpo casi laxo a su izquierda y escucharla seguir hablando.

     —... por supuesto no fue la única vez que pasó. Sacerdotes fueron y vinieron a mi habitación durante una o dos veces al mes. Y no es que me acostumbrara rápido, sino que sufría menos si cumplía sus deseos, si aprendía cómo tratarlos y lo que les gustaba —Tragó saliva—. En algún punto el dolor dejó de surtir efecto, los fluidos dejaron de asquearme y la fe se desvaneció por completo —dijo y dio una risa seca—. Seguro pensaron que habría sido mejor matarme desde un inicio cuando eso pasó —Y volvió a reír amargamente.

     »Si Dios me había abandonado y los hombres no eran más que demonios en la tierra seguramente no habría más salvación, así que comencé a renegar de nuestro Dios. Me convertí en una verdadera sacrílega, hereje y pecadora; escupí sobre la triada, agredí a los representantes de nuestro padre, cometí injurias, una tras otra; y por la noche luchaba contra mi violador hasta ser sometida, o hasta que no me quedaban ganas ni fuerzas para seguir oponiéndome —Siguió hablando.

     »La siguiente ruptura llegó cuando mi cuerpo dejo de funcionar como normalmente. Mi energía desaparecía más rápido de lo que se reponía y sufría de constantes mareos y náuseas, las que me hacían devolver el estómago al menos un par de veces durante el día, junto a algunos escalofríos —Calló y una nueva y solitaria lágrima surcó su mejilla derecha— Estaba embarazada —dijo con voz temblorosa—, y eso me asustó más que nada de lo que me había pasado antes.

     —Idun... —susurró su nombre y ella siguió hablando.

     —De él —dijo mirando el fuego; y entendió que se refería al pequeño que dormía en la habitación cercana—. Lo intenté todo —siguió—, bebí infusiones de cuántas hierbas abortivas recordé —Elevó sus manos frente a ella, como haciendo cuentas de lo que había ingerido en ese entonces— tanto de forma individual como combinadas entre sí, pero los malestares siguieron.

     »Malgaste la poca energía que tenía en ocasionar problemas, de modo que recibiera los peores castigos físicos. Intenté suicidarme un par de veces: corte mi garganta, sólo un poco, antes de que la madre superiora entrara y se diera cuenta de ese primer intento, por el cual amarraron mis brazos y piernas en los extremos de la cama, permaneciendo así hasta que el bulto en mi vientre sobresalió y fue evidente ante todos mi embarazo, pues incluso en las visitas que me daba terminaba por desmayarme antes de darme por vencida.

     »Luego lo intenté con la soga, el suicidio —Tragó saliva— estaba dispuesta a colgarme y dejar que encontrarán mi cuerpo en aquella celda de castigo cuando comencé a escuchar ruidos fuera; no me importaron, estaba segura de que recibiría un nuevo castigo si me encontraban antes de morir y si eso pasaba seguramente estaría gravemente débil para el momento de dar a luz y seguro moriría en el parto, ganaba igual —Calló y dejó caer sus manos sobre sus piernas—. Acababa de terminar con el nudo de la soga  cuando el ruido vino de la puerta de mi celda y en cuánto entraste rompiéndola fue automático que me ocultara a los pies de mi cama... En resumen, te deshiciste  incluso de la cuerda de mi nuevo intento de suicidio y me salvaste.

     —Yo no te salve —dijo Ivar en cuanto ella pareció terminar de hablar y ella río secamente una vez más.

     —En ese momento me daba igual ser llevada por un pagano —Afirmó bajando la mirada y sujetando sus manos en un gesto aparentemente nervioso ante la mirada de Ivar—, no había... nada peor que pudiera pasarme, pero —Volteo nuevamente su mirada hacia el joven a su lado— tú me has cuidado, tu familia me-me enseñó su idioma, incluso hablan uno por mi conocido —Parpadeo y de pronto sus ojos nuevamente se aguaron, más no dejó salir está vez sus lágrimas— Ivar... yo quiero ser fuerte —dijo, sujetando una de las manos de él con fuerza y mordiéndose el labio inferior a cada palabra— quiero-quiero estar aquí para ti, ¡quiero vivir! —Alzó la voz y por fin sus lágrimas cayeron después de un parpadeo— Ya no quería hacerlo, pero ahora sí quiero, ¡quiero vivir! Porque... —Surnió y siguió hablando— porque aquí no soy un monstruo y no soy un sacrificio.

     »Cuando salgo a las calles contigo sólo soy yo, una mujer solamente con un nombre con un lindo significado elegido por alguien a quién le importo; como alguien que puede defenderse por si misma; como una vikinga —gimoteo—, con una nueva vida... quiero vivir —Y perdió la voz cuando su agarre se intensificó.

     Ivar sólo la miró, había recibido suficiente información sobre ella y más que sorprenderlo y comprenderla, podía ver la gran fuerza que vivía dentro de sí, una de la que aparentemente no era del todo consiente, o que había terminado por abandonar.

     —Puedes vivir Idun —dijo, envolviendo las manos femeninas y devolviendo el agarre en forma de apoyo—. Yo quiero eso, que vivas aquí, conmigo —Siguió hablando—... y con él también —El agarre se intensificó cuando ella intentó soltar sus manos de él y desvío su mirada.

     »Entiendo el miedo que cargas Idun y no pretendo obligarte a él si así lo decides... pero si en verdad quieres ser fuerte —Sujeto ambas manos en su zurda y con la diestra sujeto su temblorosa barbilla haciendo que lo mirara—, si es cierto que quieres ser una verdadera Vikinga, Idun, debes enfrentarlo —dijo cruzando su mirada con la bicolor, encontrándola nuevamente aguada.

     »Idun —susurro su nombre al acariciar con el mayor cuidado posible el rostro ajeno.

     —¿Cómo hacerlo? —preguntó— ¿Cómo criar a un ser que puede que se convierta en un monstruo? —Le cuestionó, dejando salir sus lágrimas— Ivar...

     »No podría matarle Ivar —gimoteo—, si cuido de él y al crecer hiciera lo mismo que quien lo engendró, ¿intentaría? ¿Siquiera sería capaz de intentarlo? El probablemente repita lo que su padre hizo y si lo hace yo... —Volvió a llorar, el joven a su lado la miró y acercándose un poco más a ella cruzó con sus brazos su espalda, dándole confort mientras seguía llorando, pues en ese momento entendió que su temor no era del todo en lo que él se podría convertir, sino en su capacidad de evitarlo y terminar con ello si llegaba a encariñarse con él.

     —No lo hará —Aseguró él acariciando su cabello en el abrazo que le daba—, yo me aseguraré de ello —dijo, separándose de la muchacha para que lo mirara a los ojos.

     —¿Y si aún así... no funcionará? —preguntó dubitativa—. Yo no creo poder...

     —Hará lo que yo diga, pues yo seré su padre —dijo él y ella se sorprendió— y si no lo cumpliera, se desviara de nuestras costumbres o repitiera aquello que temes, Idun... Siv, —Sostuvo su rostro con ambas manos, buscando darle seguridad a sus palabras—. Yo me haré cargo de él.



LA MONJADonde viven las historias. Descúbrelo ahora