XXXV

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Javier parece estar ansioso por ver que le regalamos, pero como mañana es navidad, se tiene que aguantar y dejar que la duda lo siga carcomiendo

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Javier parece estar ansioso por ver que le regalamos, pero como mañana es navidad, se tiene que aguantar y dejar que la duda lo siga carcomiendo. 

—¿Ni siquiera puedo abrir uno? —pregunta Javier haciendo un puchero.

—No actúes como un niño pequeño —le responde Lu volteando los ojos con una sonrisa.

Me alegra verla con una sonrisa a pesar de cómo se siente.

Hoy decidí llegar un poco antes para pasar algo de tiempo con Lu sin los gritos inmaduros de los chicos y cuando me vio se desplomó. Lloraba porque en estas fechas es cuando se nota más la ausencia de los seres queridos. 

Me siento realmente culpable por lo que le pasa, porque es algo que yo vi con mis propios ojos y algo que jamás podré confesarle, lo que me hace sentir mucho peor. Aunque al menos, ahora sí nos dedica algunas sonrisas, siendo un gran avance para nosotros.

—¿Tu padre ya había llegado? —me pregunta Lucas.

—Le faltaba al menos una hora de viaje cuando salí —respondo.

Como mañana es navidad, papá vendrá a pasar el fin de semana con nosotras como una familia. A pesar de que no está en algo serio con mi madre, siguen enamorados el uno del otro, así que se sigue notando ese ambiente que compartíamos hace unos años atrás.

—¿Quieren comer algo? —pregunta la mamá de Lu.

Como si estuviéramos conectados, giramos nuestras cabezas en dirección a Javier, quien sonríe de manera inocente. Ese chico y su amor eterno a la comida.

Javier bromea de vez en cuando con que no necesita de nadie si tiene comida a su alrededor, por lo que, si algún día una chica quiere intentar conquistar su corazón, primero tendrá que conquistar su estómago.

Cuando el sol comienza a bajar cada cual se va a su casa, ya que es una hora prudente de retirarnos porque todos tenemos una cena familiar en la que estar.

Camino con Javier y luego sigo sola en dirección a casa, encontrándome al auto de papá estacionado afuera.

—¡Papá! —chillo cuando veo al hombre en el sofá.

—¡Abby! —dice en tono alegre y se lanza a abrazarme. —Estoy tan feliz de verte, hija.

—Yo también estoy feliz de verte —digo colgada de su cuello —Te extrañé.

—Yo te extraño cada día, cariño —me separo un poco de él para ver su sonrisa. —Iré a ayudar a tu madre con las últimas cosas para la cena —me guiña un ojo.

—Aprovecharé para cambiarme de ropa.

Subo de manera rápida a mi habitación para vestirme con algo lindo, aunque a la vez cómodo. Soy de las que cree que es un poco estúpido sacar la mejor ropa sólo para una cena, pero aun así lo hago. Muy irónico de mi parte.

Me asomo en la cocina sin meter ruido y veo a mis padres juguetear entre ellos, lo que me hace sonreír, ya que esos dos se siguen viendo como unos críos recién enamorados cada vez que están juntos. Quizás esa forma de actuar en ellos me sirva para escapar esta noche.

—¿Necesitan ayuda? —pregunto interrumpiendo el momento.

—Eh... no... —dice mi padre pasando la mano por su cabello, como si estuviera nervioso. Es increíble que actué como un chiquillo.

 —¿Entonces...? —arqueo una ceja.

—Supongo que es hora de comenzar la cena —dice mamá.

Toma el último bol que hay sobre el mueble de la cocina y sale en dirección al comedor con mi padre siguiendo sus pasos. Papá se sienta de cabecera de mesa, mientras con mi madre nos sentamos una a cada lado. 

La conversa gira en torno a mí y a como me he sentido durante los últimos acontecimientos ocurridos en el pueblo. Mi padre no pudo hacer su visita de todos los meses, por lo que se está poniendo un poco al día con lo que sucede, ya que mamá no le había querido dar muchos detalles por teléfono. 

—Deja de reírte de eso —regaña mi madre —No es algo que me parezca gracioso.

—Es solo que sigo sin poder imaginar a Abby en la comisaría del pueblo —suelta una risita —Mi chica se ve tan dulce que solo la imagino en el cielo.

—En el momento no fue nada agradable —digo entre dientes. Aunque sigue sin ser agradable.

Cuando mamá le vuelve a dar una mirada no muy agradable a mi padre, él decide dejar de reírse y seguir preguntándome acerca de cómo han ido las cosas, incluido el tema de los padrinos de Lucrecia. Aunque debo agradecer que Lucas no habló con nadie respecto al tema con el tren, por lo que podré estar sin sentirme tan culpable.

Clavo mi mirada en el reloj de la pared y siento el nerviosismo recorrer mi cuerpo al ver que son las 11 p.m. Samael me dijo que tenía hasta medianoche para llegar al colegio y hablar con él, por lo que prefiero prevenir que lamentar.

—Permiso —me pongo de pie —Creo que es el momento indicado para darles un poco de espacio. —les guiño un ojo. 

—No comiences a jugar a cupido, Abigail —dice mamá en tono de advertencia.

—¿Cupido yo? —me hago la desentendida —Nada de eso —sonrío de manera inocente —Además quiero salir a saludar a Azrael —miento, ya que ese chico es como mi comodín de salida a pesar de que no quiera verlo ni en pinturas.

—¿Azrael? —dice mi padre con una ceja arqueada.

—Es el hijo de Ana —responde mamá —La mujer que hace unos años hacía bordados.

—¿Y ese tal Azrael es un pretendiente? —pregunta papá tomando su postura de hombre sobreprotector.

—Debería serlo —dice mamá con una sonrisa. Y esta es Débora cambiando de humor repentinamente. —Es un chico tan agradable.

—¿Entonces...? —intento preguntar —¿Puedo ir?

—Si.

—No. 

—Claro que sí —dice mamá mirando a mi padre.

—No quiero que mi nena esté con chicos a esta hora.

—Ve con cuidado —me dice mamá —y dale mis saludos.

—¡Débora! —papá se queja como un niño pequeño. 

Salgo de manera rápida antes de que papá no me deje escapar y me subo a la bicicleta de mi madre, como la mía se destruyó, para pedalear en dirección al colegio en busca de respuestas. Tuve que decirle a mamá que dimos un paseo y ocurrió lo del tren, ahorrándome el resto de detalles.

Como nadie se atreve a venir a este lugar después de clases, ya que parece ser muy tenebroso, las personas del cuerpo académico del lugar no se han mostrado interesadas en arreglar una puerta mala que da acceso al interior del establecimiento. 

—¡Samael! —grito llevando las manos a mi collar.

¡Abby, ayúdame!  Es lo que recibo en respuesta.

¡Abby, ayúdame!  Es lo que recibo en respuesta

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El collar de la MuerteHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora