VIII

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No había puesto un pie en Polis desde hace un par de días. No había, tan siquiera, visto a Chantria desde hace un par de días. No le había dado explicaciones a Lexa, en primera porque no quería hacerlo y, en segunda, porque estaba segura de que no les daría importancia. No iría a hacerle entender que su amenaza habría tenido efecto en mí, porque no era el caso.

No tenía adonde ir y, aunque me estaba arriesgando demasiado al, tan siquiera, tener la audacia de pasar los días justo a las afueras del campamento. Pasé todas mis advertencias propias por alto, era buena para ocultarme y ellos parecían estar demasiado ensimismados como para prestar atención a lo que ocurría a sus alrededores siempre y cuando no les afectara a ellos.

Jasper y a todos quienes lo acompañaban parecían importarle poco las tragedias que los habían acechado desde que llegaron a la Tierra y, por parte, me hacía sentir indiferente ante lo que toda mi gente pensaba además de que me provocaba cierta sensación de melancolía y, hasta cierto punto, frustración: nunca podría darme el lujo de llevar una vida tan relajada como la que ellos vivían.

Con la espalda recargada en el ancho tronco de un árbol mis ojos comenzaban a cerrarse y mi cabeza a ladear de manera involuntaria. La noche que salí de Polis no hice mas que caminar sin rumbo alguno y apenas anoche me había esforzado en poder conciliar el sueño a unos pocos metros del campamento de Jasper y su grupo. No lo había logrado. En su lugar pasé la noche escuchando alguna que otra discusión que tenían entre ellos y mi mente estaba ocupada repitiendo una y otra vez la idea de dejar atrás a Chantria de la manera en la que lo había hecho.

—Vaya, estás aquí.

No pude evitar tensar todo mi cuerpo a la vez que escuché una voz que provenía de un lado mío. Los hábitos que tenía no eran los mejores, dándome cuenta de ello cuando inmediatamente moví mi mano hacia mi cadera, donde colgaba el cinto que cargaba mi daga.

Jasper no parecía tan sorprendido y mucho menos asustado ante el hecho de que estaba, prácticamente, espiándolo a él y a su grupo. Él sonrió ligeramente pero yo quedé congelada, ¿cómo se supone que tendría que reaccionar ante alguien a quien casi asesino un par de veces y que no parecía guardarme rencor alguno? Dejé caer los hombros una vez que acomodé las ideas, sin lugar a dudas eran gente curiosa.

—Hola —murmuré.

Fruncí el ceño, no podía creer que eso fuera lo único que fui capaz de decir frente a él.

Mi voz no tenía fuerzas y era bastante evidente que no las tendría si no dormía más de treinta minutos en cualquier momento del día, aunque no pareció darle demasiada importancia, en su lugar, se acercó aún más hacia donde yo me encontraba con una bolsa de tela en su mano.

—¿Te importa si me siento?

Hubiera respondido que no sin siquiera detenerme, mas la manera en la que lanzó la pregunta fue demasiado espontánea y con un dejo de ansias en su voz que me hizo sentir culpable por tan siquiera pensarlo.

—Adelante.

Él sonrió y se dejó caer a un lado mío.

—¿Tienes hambre? —volvió a preguntar, sacando algunas cosas pequeñas de la bolsa que llevaba—. La verdad no tengo idea de que sea esto, pero es comida, entonces no creo que debamos desaprovecharla.

Me tendió la bolsa para que personalmente sacara lo que fuera que se encontrara dentro y lo comiera. Una vez que saqué uno de los objetos lo observé con detenimiento. Nueces. Verdes. Podridas. Nueces Jobi. Junté las cejas como un gesto de genuina preocupación y miré a Jasper completamente decidido a comer lo que tenía en la mano. Antes de que pudiera hacerlo dejé caer la mía al suelo y le di un golpe en su brazo lo suficientemente fuerte como para que soltara la suya.

MY BLOOD | jasper jordanHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora