XXXIX

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ADVERTENCIA: Violencia explícita.

La vida, junto con el mundo mismo, tenían esta tendencia a no ser del todo justos.

A lo largo de mi vida habían existido varias razones para que cayera en aquella certeza más pronto que tarde y, aún cuando reconocía cada una de ellas, en aquel momento de mi existencia estaban llegando a mí en un tornado que no estaba del todo lista para enfrentar.

La manera en la que Skaikru había masacrado a todo un ejército de los míos, la muerte tan repentina de Lexa que tomó a todos por sorpresa, la manera en la que Arnav hizo pedazos de la manera más literal a Xandro, kom Delfikru; el sangre nocturna más joven de todos nosotros con tan solo once años de edad separando el brazo de su hombro y la cabeza de su torso con el filo de la espada en la que aquel pobre niño habría visto reflejado su final me daban a entender que no sería una vida fácil en ningún momento.

Además, no había comido en días, perdí la cuenta de cuántas noches había pasado sin dormir como se debiera y la forma en la que sentía mis manos temblar ante lo que se avecinaba me dejaban en claro que tenía importantes desventajas en las cuáles concentrarme si no quería que mi cabeza rodara hasta los pies de Jasper.

Las horas pasaban con una velocidad que desconcertaba y una de mis tantas preocupaciones era Jasper, quien ponía cada gramo de esfuerzo en decirme que todo estaba bien, que todo estaba en orden, que no necesitaba nada más que estar conmigo en un momento tan decisivo como el que estábamos presenciando pero la falta de sueño, la ansiedad y la forma en la que sus manos se aferraban a su estómago de forma que buscaba que pasara desapercibida hacían que sintiera el peso del mundo mismo sobre mis hombros.

Estaba segura de que mis ojos no se cerraron en ningún momento y, con cada parpadeo, estos ardían al punto de sacar lágrimas que se confundían con señales del dolor que inundaba cada parte de mi cuerpo, sin que fuera lo suficientemente valiente como para atreverme a hablar de todas estas con Jasper.

No iría a permitir que nada ni nadie nos distrajera, no en una situación como tal y decirle todas las molestias que pudiera estar sintiendo se encargarían de alarmarlo y poner en pausa todo el transcurso del Cónclave.

Podía ver que estaba cansado, preocupado, estresado por todos los giros que cada enfrentamiento traía a los ojos de todos los testigos y, aún cuando él nunca fuera a admitirlo, sabía que estaba genuinamente aterrado por que yo no tuviera tanta suerte como para salir de la arena viva o, tan siquiera, en una sola pieza.

Puse cada parte de mí en hacerle entender que tenía las cosas bajo control: fueron un total de cuatro duelos, de los cuales fui partícipe y salí victoriosa de un par de ellos, sin saber realmente cómo sentirme al ver a mis oponentes yaciendo sobre aquellos pequeños lagos de sangre que se formaban alrededor de ellos. Debía sentirme satisfecha, confiada y con las altas expectativas de que saldría de la improvisada arena como la única persona que fue capaz de dejar de lado todos sus miedos y deshacerse de todos aquellos quienes aún los llevaban consigo; pero sentía el arrepentimiento correr por mis venas en cada vez que perforaba el cuerpo de mis contrincantes con el filo de la lanza.

Mis mejillas dolían por toda la presión que estaba ejerciendo por no dejar escapar algún gesto que me delatara; pero no estaba del todo segura de que así debía sentirse ganar cada batalla.

Las horas pasaron, mi cabello se ponía rígido con toda la sangre que había cobrado del par de sangres nocturnas de quien tuve que deshacerme para llegar hasta el punto decisivo de cada enfrentamiento. El día pasó a convertirse en noche, la cual, de pronto, también había dejado de existir y había dado paso a que el sol se alzara una vez más para marcar el comienzo de un nuevo día, aquel nuevo día en el que sólo quedábamos tres contendientes: Chantria, Arnav y yo. Sentí mis huesos congelarse al momento en el que Gaia subió una vez más a aquel imponente conjunto de tablas que simulaban ser un escenario y mi piel se erizó una vez que tomó la palabra, con su voz escuchándose fuerte y decidida a pesar de todo el bullicio que rodeaba la atmósfera.

MY BLOOD | jasper jordanHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora