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Detrás de la precaria seguridad que podían ofrecer un par de cajas de carga en un rincón del hangar, Hunk y Coran vigilaban con cuidado cada movimiento de los galra invasores. Las tropas de soldados y las maquinas marchaban de un lado a otro en lo que cada minutos, nuevos escuadrones se unían a las ya presentes. Eso dejaba en un predicamento al paladín amarilla y el alteano, además de la terrible dualidad en la seguridad de seguir ocultos y el riesgo latente de ser encontrados.

–No podemos quedarnos aquí para siempre –se quejo Hunk oprimiendo su espalda contra la caja de carga que les servía de escondite.

–No necesariamente para siempre –comentó Coran torciendo con increíble calma su bigote –. Solo lo suficiente para no descubran y empiecen a dispararnos.

–Entiendo –masculló el paladín con frustración –, sé que debemos hacer algo, pero... ¿Cómo qué? No podemos atacarlos –señaló principalmente desesperado –. Solo tenemos mi bayard, pero dudo que sea suficiente.

–Mmmm... –pensó Coran primero, para luego exclamar –: Tenemos a los leones.

–Técnicamente sí –aceptó Hunk a regañadientes –, pero no podemos usarlos. Recuerda que sus fuentes de poder están conectadas al CeCoA; el desconectarlos provocaría que este perdiera inmediatamente la energía, dejando desprotegida a Pidge –agregó señalando la maraña de cables que cruzaban el hangar hasta los leones protegidos por sus poderosos escudos. Resultaba intrigante que ni siquiera los galara parecían interesados en tales extensiones –. Eso sí, pudiéramos primero llegar a ellos.

–Pero... debemos hacer algo más –insistió el alteando cambiando su semblante. Claramente, la falta de conocimiento en el paradero de la princesa, lo tenía preocupado.

–Yo también quiero hacer algo –se compadeció Hunk, compartiendo el sentimiento –. En realidad, estoy preocupado por todos. Pero tenemos que pensar bien que podemos hacer antes de arriesgarnos o a los demás y... –se detuvo en seco al percatarse que el alteano no estaba escuchando sus palabras, en cambio estaba enfocando mirando por la orilla de la caja que los mantenía ocultos –. ¿Acaso me estas escuchando?

–Esos son unos aparatos muy extraños –señaló Coran algo que sucedía del otro lado de su escondite –. Nunca había visto nada parecido.

Con mucho cuidado, Hunk hecho un vistazo por encima de la caja en dirección de las tropas enemigas y descubrir de que estaba hablando su compañero de escondite. Y justamente como lo había remarcado Coran, un grupo de droides empujaban a lo largo de hangar dos extraños aparatos, uno de ellos de forma cilíndrica con contrapesos en sus extremos, y el otro que tenía curiosa similaridad a un microscopio terrícola pero de proporciones gigantes e irregulares.

–Tienes razón ¿Qué serán?

.....o.O.0.O.o.....

A pesar del gran espesor de la puerta de la sala de mando, Pidge aún podía escuchar a los galra del otro ladro tratando de forzar su entrada en la habitación. Gracias al extensivo sistema de seguridad que le permitía ver todo en la base y el medio metro de grosor de la puerta, la chica estaba segura de que el ingreso de los soldados enemigos no era una amenaza inminente.

Aún así, no le resultaba tan sencillo concentrarse en la información desplegada en las pantallas delante de ella, así como los constantes ruidos del otro lado del metal que no se detenían del todo.

Pidge trató de hacer oídos sordos y solos enfocarse en la pantalla que le anunciaba cada nuevo sistema que se liberaba ante la activación de CeCoA. El avance era bastante acelerado, casi un sistema nuevo por minuto, pero el centro de mando contaba como más de diez millones de ellos. Y por desgracias, la paladín verde no era del tipo de persona que se quedan tranquilamente a esperar.

Hilos de TelarDonde viven las historias. Descúbrelo ahora