El chico que tiene visiones

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Roma se despertó agitada de una pesadilla

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Roma se despertó agitada de una pesadilla. Incluso cuando ya estaba sentada y con su diario de sueños en el regazo, no consiguió escribir nada.

Esto era muy extraño.

Llevaba tanto tiempo practicando su concentración, el "regreso" de los sueños y recordar los detalles para anotarlos que no creía que hubiese olvidado un sueño desde que era una niña.

Estuvo un poco distraída por este tema durante la mañana y fue bastante obvia, porque Meissa agitó la mano frente a su cara en cierto momento y chasqueó los dedos para llamar su atención cuando decir su nombre no fue suficiente.

—¿Te pasa algo? —Meissa tenía una expresión mortificada al verla.

Saldrían ese día. Meissa consiguió un buen lugar en una presentación de la orquesta filarmónica más famosa del área sólo gracias a Aziz y su prometida, ya que esperaba que Roma pudiese disfrutar de la música en un ambiente en que las demás personas no la incomodarían, y no tenía idea de cuánto tuvieron que hacer para obtenerlos. Ni pensaba decírselo. Pero todavía estaba ahí esa clara preocupación de que pudiese arrepentirse o cancelar todo.

Roma exhaló y se inclinó hacia adelante para poner su cabeza en el hombro de Meissa. Cerró los ojos por unos segundos.

Meissa no usaba perfumes, pero tenía un olor natural que le resultaba muy agradable. No sabía en qué momento se acostumbró a este.

Ella no le dijo nada acerca de tal gesto. No creía que supiese qué hacer. Meissa lucía claramente inquieta cuando Roma retrocedió un paso, sintiendo que su energía había sido recargada.

Sí, era bastante agradable.

"¿A qué hora es lo de hoy?" le preguntó mediante gestos. "Para prepararme"

Roma solía pedir al menos dos o tres confirmaciones cuando iba a salir a un sitio que no estaba dentro de su rutina. Una el día anterior, otra el día en que saldrían y a veces una extra poco antes para estar segura de que irían.

A algunas personas les fastidiaba. Decían que era muy insistente y necia.

Meissa lo había notado, pero debía pensar que sólo era cuidadosa, porque sonrió y comenzó a hablarle de las recomendaciones de Aziz sobre qué tan temprano salir y a qué hora llegar. Como a su prometida le encantaban los conciertos, lo consideraba un experto en la manera de disfrutar de uno.

Un piso más arriba, París arrastraba los pies fuera de su cuarto, de mala gana. Tocó la puerta contigua a la suya, oyó un débil ruido y entró, cerrando tras de sí.

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