La chica que es dibujada

52 15 9
                                        

Estaba corriendo de nuevo

¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.

Estaba corriendo de nuevo. El suelo era resbaladizo, cubierto de barro. Sus pies ya se encontraban sucios por la tierra. No usaba zapatos. Tenía algunos cortes y moretones menores.

No podía bajar la cabeza para ver mejor su condición, ni mirar hacia los lados o hacia atrás.

Los sonidos eran confusos y los bordes de su campo de visión eran increíblemente oscuros. Las fuentes de luz provenían de alguna parte detrás de ella. Escuchaba pasos muy cerca, como si hubiese alguien tras su espalda, y el ruido aumentaba en la distancia. Algo se acercaba.

En cierto punto, con un fuerte dolor en el torso causado por la falta de aliento, se paraba y se giraba.

Entonces se despertaba sudada, con el corazón latiendo sin control, la respiración agitada y la sensación de que debía huir. De que sólo eso podía hacer.

Si no huía, sucedería algo terrible.

Roma estaba acostumbrada a esto. Pesadillas intensas, sueños demasiado nítidos. A veces abría los ojos sin saber dónde estaba o quién era durante un largo período de tiempo y la consciencia de sí misma era reacia a regresar, como si su mente intentase quedarse atrás.

Después de unos segundos, la costumbre disminuía la agitación. Incluso si parpadeaba al techo por un rato, sin recordar nada fuera de esa huida, poco a poco todo caía en su lugar de nuevo.

Roma ladeaba la cabeza y prendía el incienso que solía estar en su mesa de noche. Cambiaba de olor cada semana. Era el turno del limón.

Sin levantarse, volvía a cerrar los ojos, unía las manos a la altura de su torso y se dedicaba a respirar profundo, vaciando su mente. Necesitaba regresar por completo.

A diferencia de Luján, que aprendió todo lo que pudo de su abuela, Roma no recibió ayuda con esto. Sus padres eran neurotípicos y religiosos. Cuando creció lo suficiente, pero no hablaba, primero le preguntaron a los miembros de una iglesia.

Incluso los psicólogos decían que era timidez. Psicólogos neurotípicos también, por supuesto. Les importaba más lo que pensaban que lo que en realidad sucedía y sus tontos estereotipos de qué era cada cuadro.

Antes despertaba llorando y su madre iba al cuarto. Pero como esto no se detuvo, pronto comenzó a considerarla una de sus "rarezas" y dejó de acudir.

En esos momentos en que solía abrazarla o preguntar qué sucedía, Roma nunca tenía una respuesta. No sabía su nombre, dónde estaba, por qué sucedió lo que acababa de ver.

Los sueños fueron un tabú. Decir que se cumplían aún más. El autismo, usado como excusa, también.

No lo digas, mejor que crean que no puedes oír y por eso te cuesta hablar.

SerendipiaHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora