34|Dos son mejor|

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Ruggero

El doctor Carlo termina de anotar en su libreta y con una sonrisa se acerca a la puerta.

—Mañana a primera hora la señora Pasquarelli puede irse, compermiso.

Escucho el sonido de la puerta y me dedico a sacar la ropa que se mantiene en la maleta que traje hace días, con la esperanza de que mi esposa despertara.

—Mi amor.

—Nada de mi amor.

—Era una bromita.

—Una de muy mal gusto. Casi haces que me dé un infarto.

Escucho su risa y cuando volteo la encuentro trenzando su cabello para después hacerme una señal para que me acerque a ella.

—Te amo, Ruggero.

Con eso se disipa mi molestia.

—Te extrañé, tulipán.

Atraigo su cuerpo hacia el mío para que sienta lo que digo. Fue duro pasar estos días sin ella, porque inevitablemente recordé cuando me tocaba visitarla después del accidente y cuando pensé que otra vez había perdido sus recuerdos me asusté mucho. Pero eso no estaba ni cerca, el doctor dijo que no había más problemas, que ella estaba perfecta, es solo que Karol pensó que esa broma iba a ser muy épica pero me tuvo con el Jesús en la boca por segundos.

—Tienes que ver a nuestros hijos.

Levanta su cabeza y cuando pretendo enseñarle mi teléfono me detiene.

—Los quiero ver en mis brazos, no a través de una pantalla.

—Son preciosos.

Sus ojitos brillan ante lo mencionado, brillan igual que cuando nos enteramos.

El sonido de la puerta interrumpe nuestro momento.

Es la enfermera con una bandeja de comida en sus manos.

Le ayudo a Karol a acomodarse en la camilla para que pueda almorzar tranquila ya que en unas horas su ginecóloga la revisará antes de darle el alta ella también. Yo quiero que ya sea mañana para poder llevarla a casa y conozca a Luka y Elaine.

***

Me detengo frente a nuestra casa y es Leonardo quien me ayuda con el bolso de mi esposa.

—Bienvenida, cuñada.

—Hola, Leo.

Se dan un corto abrazo antes de que ella sujete mi brazo y a paso lento entremos a casa.

Sé que está ansiosa, lo noto por la forma en como aprieta mi brazo y el escaneo a toda la casa no pasa desapercibido.

Su mirada queda fija en la encimera de la cocina, justo donde reposan dos pequeños biberones; uno azul y uno rosa.

—Ellos toman formula.

Mi esposa no fue su fuente de alimentación apenas nacieron, los medicamentos que le suministraron no eran factibles para que los mellizos tomaran su leche, y así será hasta la siguiente semana que sus pastillas se terminen y su sistema esté limpio. Veo que se quiere desanimar pero no la dejo, tomo sus manos entre las mías y hago que se enfoque en mí.

—Solo unos días más y podrás alimentarlos, hay que tener paciencia.

—No estuve sus primero días. Los abandoné.

—Los trajiste al mundo y se complicó, eso no quiere decir que los abandonaste. Ahora podrás estar todo el tiempo con ellos.— acaricio su mejilla y dejo un beso en su frente.

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