CAPITULO 36

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Flexor carpi radialis. Flexor carpi ulnaris. Flexor digitorum superficialis. Palmaris longus. Pronator teres. Esta es la región anterior de los músculos flexores en la musculatura del antebrazo. Ahora los extensores. Extensor carpi ulnaris. Extensor digitorum. Extensor digiti minimi.

Un pequeño sorbo de la cantimplora de Iris. Si por lo menos no hubiera ese silencio. Sandra habló de una voz y Bastian casi deseaba oírla también, oír algo, salvo la propia respiración y la sangre que bombeaba en sus oídos. Abductor pollicis longus...

¿Había sonado un ruido?

Aguantó el aire. No. No, había nada. Al principio pensó que se iba a enterar de lo que los otros hacían arriba. Pero fue una equivocación. Ni un paso, ni voces. Ni luz. 

Una vez más abrió los ojos tanto como pudo, pero la oscuridad a su alrededor era impenetrable. Por lo menos podía palpar. Palpar y oler. 

Ojalá pudiera saber cuánto tiempo había pasado. Gran parte de una eternidad, seguro. A los otros ya se les habría terminado la leña, y cuando se bebieran la última gota de agua bajarían al calabozo y le quitarían la que le quedara.

Siempre que lo lograran en medio de aquella negrura.

Clonc.

Breve. Fuerte, a su derecha. Bastian se tensó. Era el ruido de una piedra que caía sobre piedra. El primer ruido desde hacía mucho. ¿Bajaba alguien por las escaleras?

No oigo pasos.

Trató de concentrarse. Si los demás seguían arriba, ¿qué estarían haciendo? ¿Qué estaría haciendo Iris? ¿Volvería alguien con él antes de que terminara todo?

Terminara. Se tumbó y se acurrucó. Hacía frío, pero no lo bastante para congelarse. Sería más bien a causa de la sed. Le quedaban cuatro días para que la cantimplora de Iris y la suya estuvieran vacías. Cinco con un poco de mala suerte. Una eternidad inaguantable, torturadora.

Bastian palpó a su alrededor. Sandra tenía una jarra en su calabozo, lo recordaba. Pero no sabía si la había dejado o se la había llevado arriba. Si hubiera dentro agua todavía...

Su mano se paseó por el suelo. Con cuidado para no volcar lo que buscaba. No, ninguna jarra. Nada a excepción de piedras y tierra. Y...

Sus dedos se cerraron entorno a algo... redondo, plano. No era una piedra, más bien metal. Y colgaba... una cadena.

Bastian tentó su hallazgo, le dio vueltas entre las manos. A un lado del objeto había algo que sobresalía un poco, como una pequeña lengüeta metálica. La apretó y sintió que algo se abría. En ese mismo momento supo lo que había encontrado.

El medallón de Lisbeth. Tocó el contenido con el índice. Discos pequeños. Redondos y planos.

¿Cómo había llegado hasta allí?

No podía ni imaginárselo. O sí... tal vez el que había encerrado a Sandra allí lo robó previamente y lo trajo a aquel lugar donde nadie podría encontrarlo.

O... lo llevaba Sandra consigo y allí lo perdió. Pero ¿por qué? Se había pasado medio día ayudando a Lisbeth a buscarlo, si lo hubiera encontrado no se lo habría ocultado. Pero bueno, estaba claro que Sandra mentía con mucha más soltura de la que él imaginaba.

Durante el ataque de Lisbeth... Bastian cerró los ojos, empleó toda su concentración, Sandra estuvo sentada enfrente de ella. Eligió el sitio perfecto. Era la única que estaba al tanto de la epilepsia de Lisbeth.

¿Fue Sandra la que desencadenó el ataque? Un momento, sí, hubo unos reflejos de luz, él mismo los notó. ¿Los originó Sandra? ¿A propósito? ¿Pero por qué iba a hacer una cosa así?

Qué estupidez. Probablemente no lo averiguaría nunca y eso de alguna manera era lo que le daba más rabia. Moriría sin saber lo que realmente había sucedido. Quién estaba detrás de toda aquella mierda.

- Alguien que disfruta escribiendo rimas - murmuró y se sorprendió de lo fuerte que había sonado su voz a pesar de haber hablado en voz baja - . Alguien al que le gustan los jueguitos. Pero ¿por qué?

Quizá fuera mejor que dejara estar aquella historia de la maldición. Por lo menos se había terminado ya. Piernas rotas y llagas en la piel. Tumbas que se abrían y personas a las que se las tragaba la tierra. Como a mí.

¿Otro ruido? Un zumbido. Luego, de nuevo el silencio.

De esto también habló Verruga. Pero es mejor que oiga zumbidos a voces.

Un rato después Bastian ya no estaba seguro de haber oído algo o solo habérselo imaginado. Pero tampoco importaba mucho.

Pensó en los muertos de la cripta que estaban sobre él y sintió un vínculo curioso, casi consolador. Meros huesos, eso era lo único que quedaba de todos ellos al final.

Huesos. La palabra se abrió paso en su mente. En su cerebro apareció la imagen de Roderick, agitando el rabo orgulloso, con el fémur en la boca.

¡Qué idiota soy! Bastian pegó un puñetazo a una de las paredes del calabozo y gritó de dolor.

¿Por qué no había pensado antes en ello?

Roderick tuvo que toparse con su hueso en la cripta. Un verdadero paraíso para los perros. Eso significaba que se metió... y volvió a salir. Eso probaba que había una salida. Una accesible para un perro. Así que no podía ser la hendidura por la que habían bajado.

¡Soy tan estúpido, tan increíblemente estúpido!

Bastian buscó algo que le permitiera golpear la roca, pero no halló nada más que una piedra y empezó a martillear con ella las paredes del calabozo. Una, dos, tres. Pausa. Otras tres veces. Escuchar.

Nada.

Maldición, ¡a Sandra la habían oído! Se tumbó boca abajo, buscó con los brazos estirados y encontró una vasija metálica... ¡Por fin, la jarra de Sandra!

Volvió a golpear la roca, esta vez sonó mucho más fuerte. Una. Dos. Tres. Esperó.

Nada.

- ¡Hay una salida! - vociferó - . ¡Tiene que haberla! ¡Que la busque el perro!

Ninguna respuesta.

Tomó aire. Gritó hasta quedarse mudo:

- ¡Hay una salida! ¡No vamos a morir! ¿No me oyen? -  Silencio sepulcral.

Luego una voz que imitaba la suya en son de burla, muy cerca. Aguda, arrastrando las palabras.

- ¿No me oyen? ¿No me oyen? -

Risitas.

- Pero qué mala suerte tienes. El único que te oye soy yo - .

SaeculumDonde viven las historias. Descúbrelo ahora