23. En cámara lenta

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Lina

De pie frente a la puerta de Óscar, de pronto ya no me siento tan valiente como cuando decidí venir a hablar con él y pedirle disculpas por mi comportamiento infantil de hace rato, y de todos los días anteriores, siendo sincera. Me detengo pensativa por unos segundos, pero Leonardo se da cuenta y me saca de mi pasmo, alentándome a continuar.

—Oye, ¿qué pasa? —pregunta con preocupación—. Guerrero es un gruñón, pero es un buen hombre, eso creo. ¿Necesitas que entre contigo?

—No, necesito hablar a solas con él. —Se queda callado por un momento, espero que no piense nada raro, Óscar y yo no podríamos llevarnos peor de lo que lo hacemos, así que no tiene nada que temer sobre eso.

—¿Segura?

—Sí, eh... debo ir. —Golpeo la puerta una cuantas veces, hasta que escucho un suave: "adelante"—. Ahora vuelvo, mi príncipe.

—Llámame si me necesitas, preciosa.

Asiento con mi cabeza y abro la puerta, entrando a la casa donde Óscar reside desde que se convirtió en mi guardaespaldas, nunca había estado aquí, me doy cuenta. El lugar es agradable, y el perfume de mi escolta se encuentra flotando por cada rincón por donde camino, hasta que llego a la cocina donde él prepara algo en la barra; se detiene en cuanto se da cuenta de que se trata de mí y su gesto de cansancio me dice que no le agrada en lo más mínimo mi presencia.

—Hola —digo acercándome a él—. ¿Podemos hablar un minuto? —No responde, solo hace una seña con su mano para que continúe, pero me siento mal con ello, me hace sentir de nuevo sola e incomprendida, me hace sentir pequeña.

» Yo... quería disculparme contigo por haberme comportado como lo hice. —Espero una respuesta sarcástica de su parte, pero en cambio recibo su silencio—. Sé que fui imprudente, y que me puse en riesgo y..., lo lamento en verdad.

—Pudiste haber muerto —dice sin mirarme—. Pero no te culpo.

—¿No?

—De ti no espero más que tus habituales berrinches de niña mimada, pero Huerta... él era responsable de ti en esos momentos —espeta con seriedad, mientras continúa picando algunos vegetales. Me acerco y abro los gabinetes de la cocina hasta que encuentro otra tabla de picar, y busco en uno de los cajones sacando un cuchillo. Óscar me mira atento a cada movimiento sin decir nada.

Él tiene la capacidad de ponerme nerviosa con una sola de sus miradas, como lo hace ahora que me he acomodado a su lado, aparentando que no me afecta como lo hace su cercanía, y que no evito respirar demasiado profundo solo para que no se dé cuenta de que me encanta su perfume... tomo las papas que ya están lavadas y comienzo a pelarlas.

—Leonardo me advirtió del peligro, pero lo persuadí —miento, tratando de librar a Leo de alguna posible represalia—. Ya me conoces, lo obligué a llevarme a esa pista de patinaje...

—No lo justifiques, él conoce su trabajo y no se puede dejar influenciar por una niña como tú...

—¡No soy una niña, Óscar! —Sin ser consiente, le apunto con el cuchillo que recién había tomado para comenzar a picar las papas, pero él solo me mira con aburrimiento—. Lo siento —digo bajando el cuchillo y continúo con mi labor—. Puedo ser muy persuasiva. —Volteo hacia él enarcando una ceja de manera sugerente—. El pobre de Leonardo no tuvo opción más que obedecer.

—Entonces no sirve para este trabajo —resuelve, y deja de lado la cebolla que comenzaba a picar—. Catalina... ¿cuándo me has persuadido de hacer tu voluntad?

—Yo..., nunca —respondo bajando la cabeza.

—Y nunca lo harás, porque conozco mi lugar y la responsabilidad que conlleva mi trabajo —murmura sin dejar de lado lo que hace, y sus palabras cortan casi tan profundamente como lo hace el cuchillo que sostiene en su mano—. Puedo compartir una comida contigo. —Apunta hacia los alimentos que preparamos—, podemos hablar amistosamente, pero jamás cruzaré esa línea que nos separa de lo que somos.

—Lo entiendo, solo soy un trabajo para ti —repito lo que ya ha dicho en muchas ocasiones, y que a mí parecía no quedarme lo suficientemente claro, hasta ahora.

—Exactamente.

Termino de cortar las papas en cubitos, tal como lo ha hecho él y se las entrego, las pone en un tazón junto con la cebolla, agrega huevos batidos y lo sazona todo antes de encender la estufa.

—¿Qué preparas? —Me doy cuenta de que no sé lo que está haciendo y, si debo irme ahora o debo esperar a que siga hablando.

«Todo esto es tan confuso»

—Tortilla española —responde.

Coloca una sartén en el fuego y agrega aceite de oliva. Me quedo tan embobada admirando sus habilidades culinarias que no me doy cuenta de que ha pasado el tiempo, hasta que veo que apaga el fuego y destapa la sartén, dejando escapar el delicioso olor de la cena.

Sacudo mi cabeza al ser consciente de mi imprudencia al seguir en la casa, y me doy la vuelta queriendo salir y dejarlo que tome la cena tranquilamente. Alcanzo a sujetar la manija de la puerta cuando escucho su voz a mis espaldas:

—¿Ya te vas?

—Sí, yo... ya es tarde, que tengas buen provecho —digo abriendo la puerta. Se acerca despacio y no puedo apartar mi vista de sus ojos que, a su vez, no se separan de los míos. Se para frente a mí, haciéndome alzar la vista gracias a su estatura; coloca su mano en la puerta, cerrándola y acorralando mi cuerpo con el suyo.

—Quédate —murmura despacio—. Te ganaste la cena.

No puedo negarme ante tan tentadora oferta, así que solo asiento de manera nerviosa y hago caso del ademán que hace Óscar, indicándome que regrese hacia el comedor. Ambos caminamos de vuelta a la cocina y él separa una silla para mí.

—Gracias —susurro aún afectada por su cercanía. Su actitud tranquila me pone nerviosa, no sé cómo hablar con un Óscar amable; sin duda es mucho más fácil agredirlo y estar siempre a la defensiva con él.

Mi escolta sirve dos platos sobre la mesa y acerca dos copas; la escena es tan irreal que no sé si estoy soñando. Cualquier persona que pudiera vernos ahora mismo, pensaría que Óscar y yo estamos en una velada romántica: la cena, las copas, el ambiente tranquilo que nos envuelve...

«¡Dios!, ¿qué me pasa?, estoy con Leo ahora»


Me siento tan confundida, mi corazón late desenfrenado y no sé por qué todo parece suceder en cámara lenta... Óscar se coloca frente a mí, su rostro a escasos centímetros, sus ojos azules y claros como el océano, y sus labios gruesos y apetecibles se abren despacio. Cierro mis ojos por inercia y...

 Cierro mis ojos por inercia y

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Mentiras PiadosasHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora