ÓSCAR
Observo con recelo cómo el imbécil del novio de Catalina la arrastra entre los invitados y se aprovecha del supuesto contrato que, ahora sé, los une en esta farsa.
Intento comprender ¿por qué ella siente que tiene la necesidad de exponerse a dicha humillación, cuando podría tener el mundo a sus pies solo por ser hija de quién es?
Entiendo que pretende ser una mujer independiente, y se lo aplaudo, pero hay maneras menos denigrantes de serlo.
Desde la distancia puedo notar la incomodidad en la chica, cuando el idiota la toma de la cintura y la acerca a su cuerpo. Mis manos se cierran en puños de manera involuntaria, pues, básicamente estoy permitiendo que abuse de ella. No lo soporto más, cuando la toma del rostro y la besa a pesar de la resistencia de Catalina.
Camino hacia ellos con toda la intención de ponerlo en su lugar, esquivo personas a mi paso y no me importa si tengo que empujar a ninguno de los estirados que se visten de diseñador, solo para ocultar su verdadera piel.
—No —susurra en mi dirección, y la súplica en su mirada me detiene en seco.
Sabe bien que no estoy de acuerdo con esto, pero, en parte la entiendo, cualquier escándalo ahora pondría en riesgo su carrera y la arrastraría a una avalancha de chismes que ahora mismo no necesita.
Respiro con dificultad por la molestia que toda esta hipocresía me causa. ¿Qué clase de guardaespaldas soy, si permito que mi protegida sea humillada y violentada frente a mis narices?
La fiesta continúa y cada minuto se hace más y más largo que el anterior. Jamás me gustaron este tipo de eventos, ni cuando servía de custodio del presidente, ni cuando….
Veo a Catalina acercarse aún tomada de la mano de su supuesto novio y su gesto de dolor me conmueve, pero la sonrisa fanfarrona del bastardo me hace hervir la sangre de nuevo.
—¿Estás bien? —pregunto, dejando de lado la formalidad con la que debería de referirme a ella en público.
—¡Vaya! Pero que confianzudo salió este gato. —Sonríe con prepotencia, mientras yo lo ignoro enfocando mi atención en ella.
—¿Podemos irnos ya? —pregunta compungida—. Me duele mucho la cabeza.
—Claro, vamos —digo.
Catalina está a punto de seguirme hacia la salida, pero el imbécil niño de papi parado frente a mí la detiene de un tirón por el codo, y la joven gira su cuerpo de manera involuntaria hacia él.
—¿Te vas así, sin despedirte, amor? —inquiere, la falsedad escurriendo por cada uno de sus poros—. Eso no se hace.
—¿Cómo crees, amor? —responde Catalina sarcásticamente—. Pensé que me despedirías desde el auto.
—Eres una traviesa, ¿Crees que no sé que lo que quieres es estar en un lugar más privado? —dice elevando la voz para que todos los presentes puedan escucharlo.
Ella suelta la risa más chillona que jamás había escuchado y responde de manera sobreactuada:
—¡Amor, me descubriste! —parlotea golpeando su abdomen, aparentemente jugando, pero pude notar que en realidad lo hizo con la suficiente fuerza para dejarlo sin aliento por unos segundos—. Anda, vamos que me muero por estar a solas contigo. Bueno… si no te molesta que mi escolta esté presente —murmura haciendo ojitos de inocencia, dejando una sutil amenaza en el aire al mencionarme y dejarle saber que no se quedará sola con él.
—Claro que no, princesa. Imagino que es un hombre discreto.
—Por supuesto que lo es, y muy fuerte también. ¿Supongo que sabes que él me salvó de ser secuestrada? —pregunta tomando mi brazo y, solo por estar frente al tipejo este, se lo permito—. Hubieras visto la manera en que me defendió, ¿Dónde estabas, por cierto…? Oh, sí, ya recordé, estabas entre las piernas de mi mejor “amiga”. —Lina susurra la última parte, haciendo que el tipo voltee a su alrededor para cerciorarse de que nadie más la haya escuchado.
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Mentiras Piadosas
ChickLitCatalina Rivera es una chica que ha nacido en cuna de oro. Hija de un importante funcionario público de la ciudad de México, jamás ha tenido que esforzarse demasiado por lograr lo que se propone. Una influencer acostumbrada a ser adorada por sus fan...
