36. Sentimientos contradictorios

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Óscar

Los labios de Catalina se mueven lentamente sobre los míos, suaves e inseguros de mi reacción, y su dulzura me deja pasmado sin poder reaccionar ante su arrebato. Me pican las manos por sentir la suavidad de sus hermosas piernas, y maldigo el momento en que poso mis dedos sobre su estrecha cintura, pues la necesidad surge dentro de mí, al imaginarnos en otras condiciones.

Un gemido proveniente de su boca me paraliza por completo, y me debato entre las ganas de ceder ante el deseo de arder entre sus brazos, y el deber que demanda mi misión a su lado. ¡No puedo hacer esto!, no con ella.

El calor que desprende su cuerpo sobre el mío amenaza con volverme loco. Su beso se vuelve más profundo y necesitado. Cuando salgo de mi pasmo, y estoy por mandar al diablo mi cordura y entregarme por completo a su antojo, Catalina se separa con espanto de mis labios, que inmediatamente extrañan su calidez.

—L-lo siento, no debí... —Niega con su cabeza y cubre su rostro con las manos, abochornada por sus actos—. Perdón Óscar, me dejé llevar por la adrenalina.

Me siento el ser más estúpido del planeta al haberla avergonzado de esta manera, pero entonces recuerdo lo que me mantiene a su lado y me obligo a creer que he hecho lo correcto.

—Debemos irnos de aquí —digo, ignorando lo demás, pero la decepción en su bonito y sonrojado rostro provoca que se forme un nudo en mi garganta que me impide respirar con normalidad.

—S-sí, vamos —murmura cabizbaja e intenta bajar de mi regazo. El movimiento de su cuerpo despierta miles de sensaciones en mi piel, y me decido a ayudarla con tal de alejarla lo antes posible, antes de que me arrepienta de haber dejado pasar la oportunidad de estrecharla entre mis brazos y saborear la miel de su boca.

«Tenemos que salir de aquí ahora» el peligro no ha pasado, y la posibilidad de que esos malditos regresen a completar su trabajo aún sigue presente. Esto no fue solo un susto, en verdad intentaron asesinarnos y, por poco lo logran.

—Con cuidado —le indico, mientras la sujeto por la cintura para que pueda liberar sus piernas y salir del vehículo. Intenta apoyar su pierna derecha sobre el piso, ya que ambas puertas han sido desprendidas del auto, pero el gemido de dolor que profiere me hace apretarla contra mi pecho para evitar que se lastime más.

—¡Auch! ¡duele!

—No te muevas —pido, inmovilizándola antes de que siga avanzando—. Sujétate a mis hombros.

Catalina asiente con su cabeza y se aferra a mi cuello con brazos y piernas como si fuera un koala. Recorro mi asiento hacia atrás para tener más espacio y salir con mayor facilidad, pero algo falla en el mecanismo que reclina el asiento de manera horizontal, dejándome recostado casi por completo sobre el mismo y, por inercia, llevo a la chica hacia mí de un tirón.

Jadeo ante la sensación que su agradable peso me provoca, y escucho una disculpa de su parte al retirarse rápidamente. La vista que me proporciona es invaluable: sentada a horcajadas sobre mi entrepierna, sus muslos desnudos debido a que su vestido ha quedado enrollado en su cadera, la manera en que su cabello cae por delante de su rostro, enmarcando sus mejillas sonrosadas, sus ojos asustados... sus labios... ¡Dios! esos labios que pude haber saboreado hasta el cansancio...

Trago saliva con dificultad ante la hermosa sirena que figura sobre mí, y quisiera no ser quien soy ahora mismo; desearía no sentir tanta responsabilidad sobre mis hombros y poder sucumbir ante la posibilidad de tenerla solo para mí.

Catalina coloca sus manos sobre las mías, y no es hasta ese momento que me doy cuenta de la manera en que estoy apretando sus muslos con más fuerza de la necesaria. La suelto rápidamente, deslizando mis yemas por la piel tersa de sus piernas, y me enderezo de nuevo sobre el asiento, antes de que ella pueda sentir cómo ha despertado ciertas partes de mi cuerpo que ahora vibran por tenerla.

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