21. Soy una tonta

32 3 0
                                        

Lina

—Esto debe quedar entre nosotros —digo a Leonardo cuando el auto entra a la propiedad—. Si no morimos en esa persecución, de seguro Óscar nos matará cuando sepa que lo desobedecimos.

—No creo que sea fácil explicar el daño que tiene el auto —responde suspirando con resignación.

—Diremos que nos chocaron en el camino, y que nos entretuvimos en los trámites con el otro conductor —propongo—. Así justificaremos también nuestra tardanza.

—No es una mala idea, sin embargo... no lo sé —dice dudoso—. Guerrero es muy perspicaz, tal vez nos vaya mejor si decimos la verdad.

Mis nervios comienzan a despertar en cuanto detiene el carro frente a la casa, y el tiempo de planear una excusa convincente se ha terminado. Óscar no se mira por ningún lado, aunque eso no es raro, de seguro se encuentra haciendo algo más interesante en su día libre que andar rondando la casa, esperando por mi llegada.

—¿Qué le pasó al auto? —Sale Óscar de la casa de huéspedes, y mi corazón se acelera con temor—. ¿Ninguno de los dos piensa hablar?

—Un conductor...

—Fuimos perseguidos por una camioneta. —Leonardo y yo hablamos al mismo tiempo, y mis ojos se abren como platos al escuchar que él ha dicho toda la verdad, así sin más.

—Leo... —reprendo entre dientes.

Óscar se frota la cara con desesperación, yo solo espero el momento en el que empezará a despotricar en nuestra contra, y decir lo inmaduros e irresponsables que somos, el peligro que corrimos, y que de ahora en adelante estoy castigada por lo que me resta de vida...

—¿Estás bien? —inquiere con preocupación, y su vista se fija en mis rodillas lastimadas—. Estás herida.

Me quedo pensando si decirle la verdad, que me lastimé en la pista de patinaje, después de haber salido de la universidad, o adjudicarle mis golpes a la mencionada persecución. Mi mirada busca la respuesta en el rostro de Leo, sin embargo, este solo sonríe de manera tranquilizadora.

—Ehmm... Yo, me caí patinando...

—¿Patinando? —indaga confundido.

—Leonardo y yo, fuimos a patinar un ratito —digo apenada, mientras hago una seña con mi mano enfatizando que solo fue un pequeño momento.

—¿Qué pasó después? —pregunta Óscar directamente a Leonardo—. ¿Alguien más los acompañó?

—No, solo nosotros —responde Leo.

—¿Alguien sabía hacia dónde se dirigían?

—Yo... —Temo más por mi vida ahora frente a Óscar, que cuando esa camioneta nos embistió en la carretera, pues sé que no le gustará mi respuesta—. Publiqué en Instagram una selfi, pero...

—¡¿Que tú qué?! —cuestiona exaltado—. Catalina... —Sujeta el puente de su nariz con frustración, haciéndome sentir culpable de lo sucedido.

—Pero no di la ubicación. —Me apuro a decir con tal de defenderme y sentirme menos tonta de lo que ya me siento.

—Dame tu celular —pide, provocando en mí una risita nerviosa.

«No puede estar hablando en serio, ¿cierto?»

—Necesito ver esa foto.

Saco el aparato de la bolsa de mi sudadera y busco en la galería la dichosa fotografía. Muerdo la uña de mi pulgar, como hacía años que no sentía la necesidad de hacerlo; entrego el teléfono a mi guardaespaldas y observo la manera minuciosa con la que la detalla.

—No hizo falta que publicaras la ubicación —dice devolviéndome el celular—. Cualquier idiota con un teléfono inteligente lo hubiera podido deducir, solo basta buscar "Ice Mountain" y le hubiera dado justo la dirección, el teléfono del lugar y su horario —concluye. Busco en la pantalla de mi móvil, analizando la imagen donde se ve claramente el nombre del establecimiento justo detrás de mí, así como en cada rincón de la baranda de seguridad y en un letrero con luz de neón que se ubica en la entrada.

«¡Maldición! ¿Cómo no pensé en eso?»

Óscar no lo dice, pero sé que piensa que soy una niña tonta e ilusa, y no sé si prefiero que me lo diga, que grite y se enoje por lo que hice, antes que recibir esta fría actitud suya que, por alguna razón, me lastima mucho más. Da una mirada significativa a Leonardo y se encamina hacia la casa donde reside dentro de la propiedad; Leo me toma de los hombros cariñosamente, pero mi vista se mantiene fija en mis pies.

—¡Oye!, bonita, mírame —pide tomando mi barbilla y subiendo mi rostro en su dirección—. Esto no fue tu culpa.

—Claro que lo fue, Leo —murmuro dejando salir una lágrima—. Soy una tonta, nos puse en riesgo a ambos... ¡Dios! ¡pudimos haber muerto!

—Shhh... no te culpes, por favor —espeta secando mis mejillas húmedas por el llanto que he dejado salir libremente—. Si hay un culpable aquí, soy yo. No debí llevarte ahí... —niega bajando su cabeza.

—No digas eso —suplico—. Ese momento fue lo mejor que he vivido en muchos años, créeme.

—Además... —continúa culpándose—. Vi cuando tomaste esa fotografía y te dejé que la publicaras. Yo debería ser más consciente de las cosas que puedes y las que no puedes hacer, ese es mi trabajo, protegerte hasta de ti misma. Es solo que... te veías tan feliz, que no tuve el corazón para decirte que no.

—Eres tan lindo, Leonardo —digo suspirando—. Gracias por este día, bueno... por ese ratito de felicidad que ha compensado años de soledad —me sincero—. En verdad, a pesar de lo que pasó, no cambiaría todo lo que hemos compartido por nada.

—¡Joder, princesa! —susurra entre dientes—. No sabes cuánto deseo besarte ahora mismo, pero...

—Lo sé —digo—. Hay muchos ojos puestos en nosotros.

—Sí —dice resignado—, más de los que crees.

Me separo de él, limpiando el resto de mis lágrimas y me abrazo a mi cuerpo; de pronto, esa sensación de soledad y vacío se vuelto a apoderar de mí y solo deseo ir a mi habitación y tomar un largo baño que se lleve toda la adrenalina y la tristeza que aún me acompaña. Sin duda, en lo poco que va de la mañana, este ha sido el día más lleno de emociones que he tenido en mucho tiempo y, creo que esto solo se pondrá peor.

Mentiras PiadosasDonde viven las historias. Descúbrelo ahora