43. Vas a arrepentirte

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Lina

La adrenalina recorre mis venas cuando debo salir corriendo como alma que lleva el diablo en cuanto estoy del otro lado de la casa. Sé que pueden verme y debo aprovechar el tiempo y la distracción que cree, pues, apenas vean mi figura atravesando la calle en sus videos de vigilancia, no dudarán en venir inmediatamente por mí.

Las chicas se encuentran del otro lado de la calle esperando en el auto de Meredith, y casi me arrepiento de todo esto al sentir un leve dolor en mi tobillo recién recuperado cuando empiezo a correr, pero no me detengo, avanzo a paso firme hacia mis amigas; si he de morir esta noche, juro por Dios que valdrá la pena.

—¡Abran la puerta! —grito a unos pasos de llegar, y una de ellas acata mi pedido dejando la puerta lista para introducirme al auto—. ¡Arranca! —exijo a Meredith una vez que estoy en el asiento trasero; Isabella y Rosy me ayudan con la pequeña maleta y me caigo al piso al sentir el tirón del auto cuando mi amiga enciende el motor y sale derrapando sobre el pavimento.

—¡Por dios! eso fue emocionante. —Aplaude Mer al salir hacia la carretera que lleva hacia la zona centro de la ciudad.

—¡Sí! Me siento como un convicto escapando de la cárcel —concuerdo aún con la respiración agitada por la carrera—. Trata de perderte entre los autos, pues no tardan en dar con nosotras.

—¡¿Qué?! ¿crees que nos alcancen? —pregunta Karol con espanto—. ¡Vamos a ir todas a la cárcel por burlar a tus guardias!

—Tranquila, no seas dramática, en todo caso a la que le espera la horca es a mí —aseguro—. A mi padre no le hará nada de gracia que me haya escapado.

—Te lo dije —murmura Rosy apesadumbrada—. Esta fue una mala idea.

—¡Basta de lamentos! —exijo—. Esta noche es para divertirse, nada impedirá que aproveche cada segundo.

Las chicas no vuelven a quejarse en todo el camino y pronto llegamos a un pequeño club en el que nunca había estado antes, no se ve del tipo de lugares que frecuento, pero servirá, ya que mis guardaespaldas jamás me buscarían en un sitio como este.

Termino de cambiarme de ropa adentro del carro, mientras mis amigas hacen guardia desde afuera en el estacionamiento. Un vestido dorado con un pronunciado escote en la espalda se pega a mis curvas como una segunda piel; suelto mi cabello y lo aliso un poco con mis dedos, pues ya lo había peinado antes de salir de casa. Calzo mis tacones cubiertos de pedrería y salgo del vehículo como toda una diosa. El maquillaje que realice unas horas antes aún sigue perfecto, y todo va conforme el plan.

—¿No vas a quitarte eso? —cuestiona Karol señalando la pulsera que me dio Óscar y yo la observo con recelo. No es una joya exclusiva ni glamurosa, y no va para nada con mi atuendo, pero...

—No —respondo—. Es especial.

—Okeey —dice encogiendo sus hombros.

—¡Vamos a bailar hasta caer desmayadas! —pronuncio el grito de batalla que hace a mis amigas reír, y nos disponemos a entrar al antro donde puede que pase mi última noche de libertad, antes de volver a ser encerrada en mi torre para siempre.

Las luces de neón nos reciben y el olor a alcohol inunda mis sentidos apenas cruzamos el umbral de la entrada. Ya casi es medianoche y la gente nos lleva horas de ventaja, así que debemos comenzar cuanto antes si queremos emborracharnos hasta perder la consciencia igual que todo el mundo aquí.

—¿Mojitos para todas? —pregunto a las chicas que comienzan a balancearse al ritmo de la música.

—¡¡Sí!! —aceptan al unísono, dejando de lado su preocupación por mí.

Mentiras PiadosasDonde viven las historias. Descúbrelo ahora