40. Decisión

31 4 0
                                        


Lina

Los labios de Leonardo se mueven contra los míos en una danza perfectamente sincronizada. Retira la bandeja que se interpone entre ambos y se acomoda más cerca de mí, eliminando el espacio y pegando su pecho al mío pidiendo más, mucho más de lo que ahora misma estoy dispuesta a darle.

No dejo de pensar en unos ojos azules tan claros como el océano, en una barba incipiente que me muero por recorrer con mis yemas, y mi corazón se acelera al pensar en unas fuertes manos que me sostienen y me guardan del peligro, pero..., cuando abro mis ojos y me alejo en un intento por llevar aire a mis pulmones, el hombre frente a mí no cuenta con todas esas cualidades con las que fantaseé.

La imagen de Leonardo, agitado y expectante, es como un balde de agua fría que me trae de vuelta a la realidad, una realidad donde sueño con un hombre, mientras me beso con otro.

«Soy la peor de las mujeres»

—¿Qué pasa, princesa? —espeta confundido al darse cuenta de que mis ánimos se han enfriado—. Lina...

—Lo siento, no estoy de humor para esto. —Agacho la mirada y la fijo en las pequeñas rosas que hay en el estampado de mi cama; o en cualquier otra cosa que distraiga mi mente de la desagradable sensación que me deja el ser deshonesta con los dos hombres que tienen mi cabeza hecha un lío.

—Nena, te necesito —murmura con voz suplicante—, siento que hace siglos que no estamos juntos.

—Leo, yo no...

—¿Ha pasado algo entre tú y Guerrero en mi ausencia? —Su gesto se frunce con molestia, incluso antes de que pueda darle mi respuesta.

—¡No! —Me apresuro a decir. Me moriría de vergüenza si se llegara a saber sobre lo que sucedió conmigo y Óscar el día de la persecución—. ¿P-por qué piensas eso?

—Has estado muy diferente últimamente —señala con suspicacia—. Es como si ya no desearas que esté más contigo.

«¿Qué hago? ¿soy sincera con él, o sigo alimentando esta confusión que no me deja vivir en paz?»

—Lo siento, Leo. —Mis manos toman las suyas y me obligo a verlo a la cara—. Creo que me apresuré demasiado contigo... no estoy lista para tener una relación, ni contigo, ni con nadie más.

Decido ser sincera, aunque no sé si estoy haciendo lo correcto; puede ser que mañana me arrepienta, que despierte dándome cuenta de que lo que siento por él es más fuerte que mis dudas sobre Óscar, y termine arruinando lo que pudo ser el comienzo de algo muy lindo. O, tal vez es mejor esperar, aclarar mis sentimientos y, si es posible, alejarme de los dos ahora que estoy a tiempo de olvidarme de esta absurda fantasía con ambos.

—Princesa, creo que debes de estar confundida. —«Y no sabes cuánto» quiere gritar mi consciencia, pero me dedico a escucharlo por respeto—. Han sido muchas emociones por las que has pasado y, si lo que necesitas es tiempo, puedo esperar cuánto necesites, nena. —Su comprensión me hace sentir como una horrible persona, él es tan lindo, y yo una desconsiderada.

—Gracias, Leonardo. —Lo abrazo, sintiendo cómo un enorme peso se quita de mis hombros—. No te merezco, mi príncipe.

—No digas eso, tú te mereces lo mejor que el mundo pueda ofrecerte, y, si eso no soy yo, lo entiendo.

Su sonrisa me desarma, y me hace dudar de mi decisión por un momento, y es que, de verdad me gusta Leonardo, pero siento que es injusto para él que no sea lo único que ocupe mi mente cuando estamos juntos. Él merece mucho más que un amor a medias.

Leonardo se retira después de que entablamos una agradable conversación, que para nada se siente forzada o incómoda, y eso es lo que siempre me ha gustado de él, que es una persona transparente y comprensiva con la que puedo hablar de todo, desde el principio fue así y las cosas no tienen por qué cambiar ahora.

Me quedo a solas en mi habitación, un poco más tranquila con mi consciencia, pero ese sentimiento de vacío se siente incluso más pesado en mi interior, pues me doy cuenta de que, lejos de ganar el amor de uno de los hombres que me vuelven loca, ahora he perdido a ambos. Pero prefiero haber perdido ahora, antes de que lo que siento se volviera más grande y no encontrara la salida a esta situación.

****

Tres semanas pasan rápido y, aunque no he salido de la casa, la compañía de mis amigas me ha mantenido lejos del aburrimiento y la soledad. Como ahora que nos encontramos en el jardín trasero y un equipo de estilistas nos consienten haciendo nuestras uñas, mientras que nosotras nos ponemos al día.

—Así que, ¿solo te falta una semana para concluir tu contrato con esa bruja? —pregunta Meredith desde donde se encuentra recostada en una tumbona. Una rodaja de pepino se resbala por su mejilla hasta llegar a la orilla de su boca, saca la lengua como si fuera un camaleón y lo saborea haciéndome reír con fuerza.

—Mer... —Me ahogo con mi bebida desintoxicante y provoco que una de mis uñas se arruine por el tirón que doy de mi mano—. Mira, esto es tu culpa —digo haciendo un puchero—. Y sí, solo me hace falta una semana para ser libre.

—Eso es genial —dice Karol—. Ya me imagino la cara de Mike cuando ya no pueda obligarte a fingir que lo amas.

—Ya me habló para amenazarme con una demanda si no extiendo el plazo del contrato —murmuro de manera desinteresada observando mi uña despintada—. Según Lorena, debo reponer el tiempo que me he llevado convaleciente, "¿sabes cuánto dinero me estás haciendo perder, niña tonta?" —Imito la voz de mi representante tras amenazarme la semana pasada, y las chicas estallan en risas escandalosas, que hacen voltear a los guardias que se encuentran cerca.

—¿Necesitan algo más, mi niña? —pregunta mi nana a nuestro lado y estoy a punto de negarme y agradecer, pero recuerdo que Rosy está en la casa y decido preguntar por ella.

—Nada, nana, gracias. Por cierto, ¿dónde está Rosy? ¿se fue sin despedirse de mí?

—No, cariño, debe de estar por ahí. No la he visto desde el desayuno —responde contrariada—. Ah, mira. —Señala hacia el frente, justo cuando la morena sale de la casa de huéspedes acompañada de mi hermoso, grande y arrogante guardaespaldas. Mis ojos se achican con sospecha al ver la sonrisa en sus rostros y me pregunto ¿qué carajos estaban haciendo ahí adentro?

Las náuseas revuelven mi estómago y, si pudiera correr, lo haría ahora mismo con tal de que mi corazón no sienta esta decepción y este coraje que me hace hervir la sangre. El vaso se rompe a mi lado, cuando mi mano afloja su agarre y las miradas de mis amigas se posan sobre mí.

Mentiras PiadosasDonde viven las historias. Descúbrelo ahora