Lina
—¿Cómo puedes ser tan descuidada, Catalina? —me reprende Óscar de camino al hospital, mi nana nos ha acompañado y eso me hace sentir más segura al no estar a solas con él de nuevo—. Es increíble, puedes perder el pie por tu imprudencia ¿sabes?
—¡¿Qué?! —inquiero horrorizada—. Si solo es un esguince.
—Eso no lo sabemos, Mario te ordenó hacerte una radiografía para estar más seguros y te indicó que tuvieras reposo.
—¡Eso hice! —respondo encolerizada—. Por eso no salí en todo el día, porque estuve guardando reposo.
—Pero no cuidaste de tu herida, niña tonta.
—Más respeto, joven —me defiende Carmen, como toda una fiera—. Mi niña no es tonta, ella no está acostumbrada a sufrir de estas lesiones.
—Señora, con todo respeto. —Óscar baja la voz al dirigirse hacia mi nana, pero se mantiene firme en su postura—, Catalina no atendió su molestia como lo haría una persona cuerda, dejó de tomar su medicamento y descuidó su herida, y usted la cubrió en su mentira.
—Yo... —Mi nana guarda silencio cuando se da cuenta de que mi guardaespaldas tiene razón—. Eso es verdad, mi niña, ¿por qué no me dijiste que te dolía tu pie?
—¡Eso no es justo! —alego, haciendo una pataleta muy típica de mí—. Nana, no se supone que te pongas de su parte.
—Está de parte de la razón —espeta Óscar.
El enorme edificio del hospital se yergue frente a nosotros y enseguida me atacan los nervios, no he vuelto a estar en un lugar así desde que mi madre enfermó. Recuerdo cuánto tiempo pasé a solas en casa, solo con la compañía de mi nana y de Rosy, casi tanto como el que ahora paso sin mi padre.
Óscar abre mi puerta, mientras que mi nana sale por su lado del vehículo y se apresura a ayudarme, pero él es más rápido y pasa su brazo por debajo del mío para servirme de apoyo, hasta que llegamos frente a la recepción del hospital y uno de los camilleros se aproxima rápidamente, empujando una silla de ruedas que me ofrece. Estoy por decirle que no hace falta, y que todo esto es una exageración, pero el dolor agudo que siento en el tobillo me obliga a aceptarla, eso, y que el tiempo que paso pegada al cuerpo de mi guardaespaldas me tiene temblando de ansiedad. Su perfume, el calor que desprende y su maldita cercanía, me hacen pasar saliva en repetidas ocasiones, tratando de no traer a mi mente el momento en el que sus labios estuvieron entre los míos... el momento más vergonzoso de mi vida, cuando él no correspondió a mi beso.
No pasa mucho tiempo antes de que un médico me atienda, e insisto en pasar al consultorio en compañía de Carmen únicamente, pero el obstinado del ogro se mantiene pegado a mí como una goma de mascar. ¿Qué no entiende que lo quiero lejos de mí?
«¿A quién quiero engañar? La verdad es que me siento más segura a su lado»
—Esto no se ve muy bien —advierte el médico al observar mi tobillo inflamado—. El vendaje te cortó la circulación, puesto que no lo retiraste en varias horas y eso provocó tremenda inflamación.
—No creo que sea para tanto —digo con simpleza, restándole importancia a las palabras del doctor, hasta que bajo mi mirada hacia mi tobillo y, el delgado y estilizado lugar en donde solía estar mi hermoso pie, ahora se encuentra un enorme y morado pedazo de carne que parece un feo sapo, en lugar de mi pobre extremidad—. ¡¿Qué se supone que es eso?!
—Debo revisar, ¿me permites? —pregunta el hombre de bata blanca que observa mi pierna con detenimiento.
—Claro —respondo, fingiendo la seguridad que no siento.
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Mentiras Piadosas
Chick-LitCatalina Rivera es una chica que ha nacido en cuna de oro. Hija de un importante funcionario público de la ciudad de México, jamás ha tenido que esforzarse demasiado por lograr lo que se propone. Una influencer acostumbrada a ser adorada por sus fan...
