Lina
Leonardo corta el beso al darse cuenta de que no le correspondo, y enseguida me siento mal, pero en verdad me incomoda que haga esto frente a todos, en especial frente a...
—Princesa ¿estás bien? —Acuna mi rostro entre sus manos con preocupación y observa mi cuerpo en busca de heridas—. Regresé en cuanto pude, siento mucho no haber estado contigo.
—Estoy bien —digo bajando la mirada, paso un mechón de mi cabello por detrás de mi oreja con nerviosismo y observo de soslayo a Óscar, su gesto fruncido me intimida y lo único que quiero es ya estar en mi habitación.
—Está herida, necesita descansar. —Doy un respingo cuando Óscar me toma en brazos y comienza a caminar hacia el interior de la casa. Leonardo nos sigue de cerca y toda esta situación me abruma, necesito espacio, necesito estar a solas ya.
Guerrero abre la puerta de mi habitación sin bajarme y entramos a esta como si fuésemos una pareja recién casada; me deja sobre la cama y comienza a revisar cada rincón del cuarto. Leonardo se sienta a mi lado, intenta tocar mi pierna lastimada, pero, por inercia, retiro mi pierna antes de que pueda poner sus manos sobre ella.
—¿Qué pasó? —pregunta Leonardo a Óscar y este se limita a guardar silencio de manera recelosa.
—Sufrimos un accidente —responde a secas, aunque no entiendo por qué no le ha dicho la verdad, pero en este momento lo único que quiero es que ambos salgan de mi cuarto.
—¿Qué tipo de accidente? ¿los embistieron?
—No, solo un accidente de tránsito. —Leonardo no parece creerlo, pues voltea hacia mí tratando de confirmar la versión de Óscar—. Vamos —le ordena este.
—Necesito hablar con ella —dice Leo, acercándose a mi rostro—. Princesa...
—Estoy cansada —murmuro despacio.
—Huerta...
—Ahora voy.
—Quiero dormir un poco... —reitero.
—Vamos.
—Solo será un momento.
—¡Salgan los dos! —Levanto mi voz por encima de su discusión y ambos se giran asombrados—. Por favor...
Leonardo se pone de pie resignado y sale de la habitación dándome una mirada significativa, en cambio Óscar, hace ademán de hablar, pero se arrepiente y sale cerrando la puerta tras él. Por fin creo que puedo volver a respirar, pero entonces ¿por qué siento esta opresión en el pecho, y al mismo tiempo, este vacío que siento que no se llenará con nada?
«¿Por qué Óscar le ocultó la verdad a Leonardo? ¿acaso no confía en él?»
Me envuelvo entre las sábanas de mi cama de pies a cabeza, no me da la mente para pensar en teorías conspirativas que involucren a mis guardaespaldas, cuando se supone que ellos son quienes deben de preocuparse por mi seguridad. De cualquier manera, si alguien tiene tanto interés en asesinarme, tarde o temprano se llegará el momento en que lo tenga de frente y me de sus razones, y si no es así, ya no me importa; desde este día, ya no me importa nada, pues las cosas se salen de mis manos.
Las horas pasan y mis ánimos no mejoran. Carmen ha tocado la puerta en numerosas ocasiones e imagino que debe de estar preocupada porque no he bajado ni he permitido que nadie entre a mi habitación. La tarde da paso a la noche, y la noche al día. Después de mucho descanso y mucha introspección, salgo de la habitación decidida a seguir adelante. Bajo con dificultad las escaleras, pues aún me duele el pie y pareciera que, en lugar de mejorar, cada vez me siento peor.
En la cocina se encuentra mi nana Carmen, quien se alegra al verme y viene corriendo a abrazarme.
—Mi niña, por fin sales de tu cuarto, ¿cómo te sientes?
—Mejor, nana —respondo, tomando asiento en uno de los bancos altos de la barra.
—¿Has estado tomando los analgésicos?, el joven Óscar me dijo que tienes una prescripción médica.
—Sí —miento. La verdad es que los medicamentos se los quedó él y, con tal de evitarlo a toda costa, decidí hacer como que no pasaba nada—. Ya casi no me duele.
—¿Cuáles medicamentos has estado tomando? —La voz de mi escolta me sorprende desde mi espalda y los nervios me asaltan al estar de nuevo frente a él, ¿cómo debo comportarme después de tremenda estupidez que cometí? —. ¿Estos medicamentos? —dice, mostrando la misma bolsa que su amigo, el doctor, llevó de la farmacia cuando estuvimos en el hotel.
—No, mi nana compró otros iguales para mí. —Hago una cara de súplica a Carmen, quien me observa confundida por unos segundos, sin embargo, me sigue la corriente y confirma mi mentira. Más tarde tendré que darle una explicación a mi nana, estoy segura de que no me lo dejará pasar.
—Así es, joven —espeta mi nana no muy convencida de sus palabras—. Yo le llevé su medicamento a mi niña a su habitación.
—Gracias, nana —susurro solo para ella, agradeciendo que Óscar no puede verme.
—¿Cómo sigue tu pie? —pregunta el hombre llegando a mi lado en la barra del desayunador—. ¿Has cambiado el vendaje?
—Sí, obvio —digo rodando los ojos, pero él no me cree, lo sé por la manera en que levanta una de sus cejas con suspicacia—. Es más, ya no me duele en absoluto.
—Me alegro —dice receloso—. Por cualquier cosa, debes terminar el tratamiento como lo indicó Mario, para que no vuelva a inflamarse.
—Entendido, mi general. —Hago un saludo militar, y mi sonrisa temblorosa delata los nervios que su sola presencia me causa.
«¿Así será de ahora en adelante?»
—Estaré afuera, por si necesitas algo. —Se levanta y sale de la cocina. Suelto el aire que no sabía que estaba reteniendo, y trato de bajar del banquillo para tomar una botella de agua de la nevera, pero al apoyar mi pie sobre el suelo, el dolor se extiende por toda mi pierna haciéndome caer.
—¡Ay!
—¡Lina! —El grito de Carmen se escucha en toda la planta baja e intento ponerme de pie para no alarmarla más, pero fallo en el intento.
—Lo bueno es que ya no te duele. —Los zapatos de Óscar son lo primero que veo frente a mí, antes de que mi mirada se encuentre con la suya cuando elevo mi cabeza, encontrándolo cruzado de brazos y su gesto es de puro enojo—. ¿Qué necesidad tienes de mentir? Pudiste haberte hecho daño, eres una niña mentirosa e irresponsable hasta de tu propia salud.
—Perdón, papi —digo molesta rodando mis ojos con fastidio—. ¿Vas a sermonearme, o me ayudarás a levantarme?
Parece pensarlo un momento y eso solo incrementa mi furia, pero prefiero sentir enojo hacia él, que todo el enredo de sentimientos que me confunden cuando estamos juntos. Extiendo mis manos hacia Óscar, esperando que las tome y me ayude a poner en pie, pero, en cambio, baja hasta mí y pasa sus brazos por debajo de mis piernas y espalda, levantándome como ya se le está haciendo costumbre hacer conmigo. Me lleva hasta uno de los sofás y me deja suavemente sobre el asiento.
—Déjame revisarte.
—No es para tanto, solo pisé en falso.
—Quiero asegurarme.
—Eres un exagerado —gruño, estirando mi pierna en su dirección. Apenas siento sus manos sobre mi tobillo, el impulso de gritar por el dolor me estrangula la garganta, y prefiero callar con tal de no darle la satisfacción de decir "te lo dije".
—¿Te duele? —pregunta presionando un poco sobre mi pie lastimado, y yo niego; una sonrisa se dibuja en su rostro y limpia con su pulgar una lágrima que rueda por mi mejilla sin darme cuenta—. Mentirosa.
—Okey, okey, me duele —lloriqueo—. ¡Me duele mucho!
Óscar retira las vendas viejas de mi tobillo -porque no, no las había cambiado desde que él lo hizo en el hotel-, y su cara de horror me alerta por completo.
—Debemos ir al hospital, ahora.
ESTÁS LEYENDO
Mentiras Piadosas
ChickLitCatalina Rivera es una chica que ha nacido en cuna de oro. Hija de un importante funcionario público de la ciudad de México, jamás ha tenido que esforzarse demasiado por lograr lo que se propone. Una influencer acostumbrada a ser adorada por sus fan...
