Enrique vio la silueta delgada y estilizada de una chiquilla atravesar el umbral de la puerta de entrada y sintió un chispazo de desconfianza. Estaba ahí para cuidar el ingreso de extraños, y una muchacha con ese perfil no encajaba para nada con quienes frecuentaban el lugar.
Dejó caer su cigarro al suelo de la bodega y lo pisó sin demasiado cuidado, para luego recogerlo y lanzarlo a la basura. Detestaba desperdiciar un cigarro, pero Joaquín era muy estricto respecto a la ley anti tabaco. Quién lo diría, un traficante apegado a las reglas.
Ella no notó que la seguían, solo caminó con extrema soltura a través de los pasillos con paredes de concreto y pisos de baldosas rotas. A lo lejos se oía una música ahogada, presa de los muros gruesos del edificio, tan toxica como quienes la escuchaban.
Enrique lo ignoró por completo, lo único que le importaba era la joven de cabello largo y castaño que se contoneaba unos cuantos pasos delante de él. De cualquier manera no era fanático de la música, o de los bullicios.
La observó desde la punta de sus zapatos de plataforma, pasando por sus medias negras, su falda corta de mezclilla y su chaqueta de cuero caro, hasta el borde anaranjado de sus uñas.
No podía equivocarse, era una tipa con dinero.
De repente se dejaban caer por ahí, intentando parecer mayores y más experimentadas de lo que realmente eran, jugaban a ser adultas, a hacer cosas de adultas, y después se iban creyéndose "expertas en la vida dura".
Era tan patético.
Si querían vivir la vida dura, mejor que intentaran sobrevivir hasta la adolescencia sin su ropa de marca y sus cuatro comidas diarias. Con una madre ausente y un padre alcohólico. Que aprendieran a robar antes que a leer, y a matar solo para vivir.
Drogarse hasta la inconciencia y tirarse a un montón de viejos podridos no era la vida dura, era ser demasiado pendejo para agradecer lo que te había tocado.
La chica trotó hasta la escalera verde de metal que llevaba al cobertizo donde Joaquín solía armar sus mambos, y solo al subir el tercer peldaño notó la presencia del pelirrojo.
Se giró en su dirección, no tan inquieta como a Enrique le hubiese gustado, y suspiró mientras se apoyaba en la baranda.
Tenía el rostro muy pálido, casi como la nieve, tan suave y sutil que parecía el de una muñeca de porcelana. El cabello le caía alrededor del rostro realzando sus ojos color café y la boca se le curvaba en una especie de sonrisa sabionda que a Enrique le descompuso el ánimo. No tendría más de quince años, pero actuaba como de treinta.
—Tú debes ser el nuevo perro faldero de Joaquín—su voz alteró aún más a Quique. Era tan aterciopelada, como un susurro, segura, directa. Voces como esa hipnotizaban. Voces como esas estaban hechas para ordenarte cosas sin que siquiera te dieras cuenta.
—Esta es una fiesta privada—se limitó a contestarle—, sin invitación...
—Pero si tengo mi invitación... yo siempre estoy invitada.
—Todo quien está invitado tiene una pulsera, y se presenta conmigo.
—Bueno, yo no la tengo, porque no saben que vengo, pero créeme niño—sonrió misteriosa—, me esperan.
Dejó de ponerle atención y continuó su ascenso hasta el cobertizo. Enrique se apuró y la alcanzó interponiéndose entre ella y los últimos peldaños.
—No puedo dejar subir a nadie sin invitación, ya te lo dije.
—Pero oye, si esa fiesta es en mi honor. Son mis dulces, dulces, duuulces dieciséis—teniéndola así de cerca se dio cuenta de lo drogada que iba.
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Aprendices de Sherlock
Подростковая литератураHubo una época en que Melchor, Cristina, Tomás y Antonio fueron buenos amigos, que digo buenos, los mejores amigos, pero crecieron sin poder evitarlo y antes de que lo notaran ya no se conocían. ¿Es prudente juntar sus caminos nuevamente o todo ter...
