La carpeta naranja

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La vida era impresionantemente injusta, y al descubrirlo, Emilia no pudo hacer otra cosa que congelarse.

Los últimos meses habían sido un completo infierno. Primero huir de casa y vagar constantemente entre sus conocidos solo para darse cuenta de que nadie era realmente su amigo, después descubrir que estaba embarazada y verse en la dura situación de no saber qué hacer con un bebé, luego volver arrepentida a la casa de sus padres llorando asustada, para finalmente pasar nueve horrendos meses viendo crecer y crecer su panza al punto de casi estallar.

No quería un bebé, no quería ser madre, no quería nada de eso. Apenas tenía dieciséis, no terminaba aún la escuela, no sabía cómo cuidar de sí misma ¿Qué haría con una criatura que no era capaz siquiera de mantener su temperatura corporal correctamente?

Estaba decidido, lo regalaría, lo daría en adopción. Debía haber alguien más cualificado que ella para cuidarle, alguien que deseara un lindo niño recién nacido, una persona cuyo sueño fuera tener una familia.

Ella no deseaba eso, ella deseaba volver a casa y tratar de recuperar el tiempo perdido.

Por fin había logrado crear algún tipo de relación con sus padres. Podían conversar, comunicarse, la mayoría de las veces terminaban en gritos, pero se preocupaban por ella y ella dejaba que lo hicieran, todo gracias a ese bebé que como regalo recibiría una mejor familia.

No le había puesto nombre, por lo general solo lo llamaba bebé, exceptuando cuando le daba por patear su vejiga a mitad de la noche, en esos casos lo llamaba Enrique, solo para maldecirlos a ambos de una sola vez. No tenía claro si era niño, pero se había convencido de ello. Era niño, era pelirrojo y tenía los ojos verde profundo igual que la persona que la había embarazado.

No lo había vuelto a ver, pero por decisión propia. Su estado era un misterio para él y prefería mantenerlo así.

Sus padres habían decidido mudarse nuevamente poco después de que ella volviera a casa, y a ella le parecía una magnifica opción. Enrique no era el tipo de persona que se alegraría con la idea de un bebé y al final la resolución sería la misma, deshacerse de él.

Las cosas eran mejor así. No volvería jamás a ver a Enrique, el bebé se iría, y el siguiente otoño regresaría a la escuela justo donde la dejó para tratar de darle un rumbo lógico a su vida.

No lo creyó posible, pero el plan le sonaba maravilloso. Tan ridículamente normal y mundano, su vida sería tan aburrida como la de sus padres y eso a todas luces era alguna especie de premio a pesar de su terrible comportamiento anterior.

Pero la vida es injusta, y cuando esperas que todo comience a salir bien descubres que aún no has tocado fondo y que el infierno no es el único subterraneo.

Las contracciones habían empezado tres días antes de su cesárea electiva, justo cuando salía de la ducha. Al principio no eran tan molestas, pero pasadas unas cuantas horas la sensación de que se le partían las caderas y le estiraban las tripas como si fueran alguna clase de elástico poco distensible era por lejos el peor dolor que se podía sentir.

Iba y regresaba, cada quince minutos.

Sus únicas fuentes de información sobre partos eran películas y los relatos de su madre, pero ninguna de ellas era completamente real. Dolores había tenido una cesárea, y las películas por lo general se ahorraban toda la parte aburrida de la historia, por lo qué pasadas tres horas de dolor y sufrimiento fue a descubrir que un parto podía durar días.

Nunca rompió fuente, ningún equipo médico corrió a recibirla, no gritó como condenada y el bebé no salió en pocas horas.

Todo fue mucho más pausado, se la pasó un día y medio caminando por los pasillos del hospital a ver si de esa manera el niño decidía bajar, mientras las matronas le recordaban que por ser primeriza a su cuerpo le tomaría más tiempo dilatarse lo suficiente, que no se impacientase, que caminar ayudaba, que aún no podían ponerle anestesia, y que si quería podían traerle algo de hielo.

Aprendices de SherlockDonde viven las historias. Descúbrelo ahora