Antonio intentó leer el archivo que Samuel había dejado sobre su escritorio durante la mañana. No era más que un robo simple a una tienda, pero Samuel insistía en que quería sacar el caso rápido.
Acercó el papel a una distancia prudente, pero no fue hasta que notó que le faltaba brazo que seguir estirando cuando asumió que envejecía.
Se estaba quedando ciego, como todos los hombres de cierta edad en su familia.
Gruñó.
La vida no te prepara para envejecer, la vida no te prepara para nada en realidad.
Masajeó sus cienes, intentando amainar el dolor de cabeza que de amenazaba con dominarlo, y se estiró en su silla, trayendo a su memoria que esa tarde debía ir pasar por Anto a la casa de Tomás.
Le había comentado a su mujer que con diez años ya tenía edad suficiente para caminar las quince cuadras de separación entre un lugar y el otro, pero ella había insistido que durante la tarde no le gustaba que el niño anduviera solo.
Su única opción era ir por él y rezar para que no se convirtiera en un llorón, siempre oculto tras las faldas de su madre.
Antonio tenía todas las fichas puestas en su hijo. Tenía madera de policía, y no quería ser de ese tipo de padre que obliga a sus hijos a estudiar lo que él dice, pero imaginar a Antonio vistiendo el uniforme le ponía bastante orgulloso.
Pero primero, antes de siquiera soñarlo, necesitaba hacerle entender a Marta que Anto no sería su bebé para siempre, sino que algún día se transformaría en el oficial Gonzales... hijo.
Eso estaba soñando cuando el capitán Araneda vino a molestarlo.
―Teniente Gonzales. ¿Está usted ocupado?
Antonio se levantó de inmediato, para cuadrarse frente a su escritorio. Gastón Araneda no venía solo, le acompañaba un desconocido de unos treinta o treinta y cinco años, con una de esas sonrisas bonachonas falsas que a Gonzales le causaban mala espina.
Baltazar Valencia era usuario frecuente de una de esas, y si había alguien que no le agradaba en el pueblo, ese era Valencia.
―Buenas tardes mi capitán―recitó con la mirada en frente.
―Descanse, Gonzales. Vengo a presentarle a Fernando Farías, es nuevo en el pueblo y muy amigo de un amigo mío.
―Un gusto―respondió Antonio, intentando no sonar seco.
―El gusto es mío. Me comentaba Gastón que es usted es una de las cartas fuertes para sucederlo cuando jubile el próximo año.―Mantuvo la sonrisa falsa, primera mala señal. Un afuerino no tendría por qué interesarse de los tejemanejes de la comisaría.
―Solo rumores, señor. Yo solo quiero hacer mi trabajo tranquilo.
―¿Te lo dije o no?―comentó Araneda―. Intachable. Mi mejor hombre sin duda.
―¿Intachable? Puede ser, pero todos los hombres tienen un precio.
Antonio percibió como Farías intentaba hacer pasar ese comentario como una broma, pero la mirada cómplice que acompañó sus palabras, tiñó de duda sus intenciones.
Decidió dejarlo pasar, dedicarle mucha atención a un afuerino era perder el tiempo.
―¿Viene con alguna razón en especial a Los robles, Fernando?―preguntó, aún tratando de medir la sequedad en su voz.
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Aprendices de Sherlock
Novela JuvenilHubo una época en que Melchor, Cristina, Tomás y Antonio fueron buenos amigos, que digo buenos, los mejores amigos, pero crecieron sin poder evitarlo y antes de que lo notaran ya no se conocían. ¿Es prudente juntar sus caminos nuevamente o todo ter...
