74 días

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74 días


La parte que no me habían explicado de viajar a Tailandia es que iba a tener que hacer doscientas ochenta mil horas de avión. No exagero.

Que bien podría haber llegado a la conclusión sola, pero no es el caso. Lo he averiguado una vez ya estaba a bordo y me lo ha dicho la pantalla del avión.

Hubiera sido una advertencia interesante, porque tengo las cervicales hechas un ocho y el culo duro de las horas que lleva pegad al cuero falso del asiento. Después de este viaje voy a tener que pagar una buena sesión de fisioterapia. No era consciente de lo atrofiados que podía llegar a tener los músculos, por no hablar de lo estrechos que son los huecos. Las personas medio altas no podemos estirar las piernas.

Por suerte, Daniel está cumpliendo su palabra de asegurarse de que esté bien. Literalmente. Una cosa grata que he descubierto en las muchas horas que hemos dedicado a viajar juntos, que es una persona fiel a sus promesas.

Aunque su cabezonería debería haber sido una pista de ello.

Se ha pasado todo el vuelo hablando conmigo. Y yo con él. Resulta que no es tan repelente como yo pensaba. Una de las muchas cosas que estoy aprendiendo en este avión, aparte de que la distancia que nos separa con el país asiático no son cinco horas, es que Daniel Alonso, es bastante más que un youtuber prepotente.

Sorprendentemente.

—¿Has salido alguna vez de España?— confieso que la conversación a veces se siente como una entrevista, pero no me quejo por la atención que estoy recibiendo. Y, además, ¿a quién no le gusta hablar sobre sí mismo?

Probablemente a mí, de cuando en cuando un escalofrío de incomodidad me recorre de arriba abajo.

—A Portugal sólo.—fue uno de los pocos viajes que recuerdo de mi adolescencia. Mi madre se encargó de pasar meses ahorrando para poder llevarme. Una anécdota de mi vida de las que si hago la vista atrás puedo destacar.

Lo tengo como un recuerdo bonito. Al contrario que muchos otros de los años en Valencia. Si me preguntan, mi vida comenzó con la mudanza a Madrid y todo lo demás es un nudo borroso que no tengo ganas de deshacer en explicaciones.

—Me encanta ese sitio, es como España remix.—algo sobre este chico que observo desde el primer día es que no borra la sonrisa. Nunca. Siempre tiene el rostro iluminado y los labios curvados hacia arriba. Y que también tiene una forma graciosa de modernizar todos los términos.

—Tú has estado en todas partes, ¿verdad?—he hecho los deberes. Mi parte de stalkearle para poder entender que narices hacemos yendo a Tailandia.

Y bueno, para saber un poco más sobre al chico que entreno, porque él no se ha molestado en contarme su vida y las redes sociales dan para lo que dan. Menos mal que tengo un mejor amigo que lo sabe todo.

Saúl se molestó en explicarme su relación con Frank de la Jungla, muy aleatorio en mi opinión, pero por lo menos ahora tengo algo de contexto a que está pasando. Porque no te creas que, pese a pasarnos horas y horas a la semana pegándonos contra un saco, haciendo cardio o entrenando sombra, no se le ha ocurrido mencionar casi nada de lo que hace como influencer.

Mucho menos nada de su relación con el incidente del capibara ni de Frank de la Jungla. Eso por lo que sea, es parte de esas incógnitas sobre su vida que solo conozco a medias. Porque sinceramente, creo que hay mucho más a ese viaje con Frank que una serie de vídeos.

—En muchos sitios si.—lo dice con un tono de memoria, como si estuviera acordándose de historias pasadas. Debe haber visto tantas coas que su memoria tiene que ser como la de un anciano que lo ha hecho todo ya.

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