Capítulo 8

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En las nubes. Estaba sintiéndome completamente en las nubes. Y atontada, también me sentía muy atontada. Theodore y yo nos acabábamos de besar: un beso dulce y bonito, en un lugar precioso. Al separarnos, nos miramos y no supe qué decir. Me quedé en blanco, bailando, chillando y cantando mentalmente.

Dio mio. * —dije, suspirando y tratando de disimular la sonrisa que adornaba mi cara.

Theodore se rio y se levantó del conjunto de mantas que él mismo había hecho. Yo sabía que ya era tarde, cerca de medianoche, pero, sinceramente, me hubiese quedado ahí un rato más. Me tendió la mano para levantarme y la acepté.

Grazie, bello —añadí, acercándome a él, besándole en la mejilla y disponiéndome a volver de vuelta a las habitaciones.

—Oh, no, cara mia —me interrumpió él, volviéndome hacia él y besándome de nuevo con delicadeza. 

"Debo estar soñando", pensé. Que su colonia me inundase las fosas nasales era lo que me permitía saber que no, no estaba soñando. Era real. Sonreímos durante el beso y recogimos todo para volver a nuestras habitaciones.

Me sentía llena de felicidad y alegría. No sabía muy bien como iba a desarrollarse... emm, bueno, nuestra amistad, pero eso no me importó en aquel momento. Lo que ahora necesitaba era ir a mi habitación y repetir lo que había vivido 100 veces hasta quedarme dormida.


...


El día siguiente fue como me esperaba. Decidí desayunar con Hermione, Harry, Ron y Charlotte en la mesa de Gryffindor, cosa que no tenía muy claro si podía hacer, pero no me importó demasiado. Había estudiantes de muchas casas mirándonos al pasar por nuestra zona, así que deduje que no era lo habitual. 

—¿Os podéis creer que ayer tuve que hacer DOS pergaminos para Transfiguración y para Encantamientos? ¡Que tengo trece años, por favor! —nos contó Charlotte, claramente indignada. Esta mañana llevaba su pelo rubio atado en una coleta suelta y aún no se había puesto el uniforme. 

Los demás nos reímos por sus quejas y ella nos miró con el ceño ligeramente fruncido.

—Sí, Charlotte. Es verdaderamente indignante. ¡Mandan trabajos en esta escuela! ¿A quién se le ocurre semejante tortura para mi pobre angelito? —pregunté con algo de sarcasmo, metiéndome un poquito con ella, pero con amor (cosas de hermanas).

—¡Isabella! No seas mala —me riñó Hermione, pero se estaba aguantando las carcajadas.

Vi como Harry y Ron intercambiaban una mirada y como se pusieron a observar sus increíbles y fascinantes sándwiches de jamón york y queso, tratando de ocultar la risa que les había dado. Obviamente, no tuvieron éxito en su misión.

—Reíos todo lo que queráis, pero a mí no me hace ninguna gracia —anunció mi hermana, pero a los pocos segundos empezó a partirse de risa —. Vale, un poco sí... 

Vi a Theodore entrar en el Gran Comedor hablando con Matheo y Draco. Observé como inspeccionaba la mesa de Slytherin y como se mostraba extrañez en su rostro. Fue posando su mirada en todas las mesas del comedor hasta acabar con sus ojos en los míos. Vi como se suavizaba la mirada y como me sonreía, cosa que imité. Matheo le dijo algo al oído y, después de hacerme un gesto con la mano y gesticular "A dopo, bella" *, se fueron a desayunar a su mesa.

Tras el desayuno, fui a dejar el jersey del uniforme en mi cuarto, porque hacía bastante calor, y me fui a la sala común a empezar con los deberes de Pociones que teníamos para el día siguiente. Ahí me encontré con Pansy, Daphne y Matheo y me reuní a hablar con ellos mientras adelantaba un poco el trabajo y me preguntaba si Theodore se acordaba del trato que habíamos hecho: él me había llevado a la torre de Astronomía y yo tenía que llevarlo a la biblioteca. Además, ese día también teníamos Pociones, así que podría preguntarle alguna duda sobre el trabajo a Snape.

—¿Qué hay ahora? —preguntó Matheo, pasándose la mano por la cara con expresión cansada. 

—Transformaciones —contestó Daphne, mientras le hacía pequeñas trenzas a Pansy, que leía un libro sobre quidditch—. Ya verás, Isa, te va a encantar esa asignatura. McGonagall es una profesora in-cre-í-ble —añadió, gesticulando para darle más emoción a sus palabras.

—Y Moody ve bien —comentó Matheo, a lo que Pansy rio.

—McGonagall es... McGonagall —me explicó Pansy, provocándome risa —. O la amas o la odias. Con ella no hay punto medio, como pasa con Draco. 

Yo me rei y Matheo y Daphne se partieron de risa y empezaron a contarme diferentes anécdotas que habían vivido con el joven Malfoy.

—¿Os acordáis de lo del tinte? —preguntó Pansy, casi sin respirar por estar riéndose —. Isabella, estamos convencidos de que Draco se tiñe el pelo. El año pasado se lo preguntamos y empezó a chillar por el Gran Comedor: "¡CÓMO OSÁIS A INSULTAR A MI PERSONA DE ESTA MANERA! ¡MI ESPECTACULAR CABELLERA ES NATURAL! " 

—Se había leído "El retrato de Dorian Gray" y llevaba días hablando como una persona del siglo XIX —añadió Matheo, al que costaba entender por lo mucho que se estaba riendo. 

Yo también lo hacía, pero más por las risas que estaban soltando mis nuevos amigos. Los deberes de Pociones habían perdido mi interés.

—¡Buah, es verdad! Y luego pillamos a Crabbe comprando tinte en Hogsmeade del tono "Rubia ceniza" —recordó Daphne, acariciándose el pelo como si estuviera en un anuncio de Pantene—. Creo que Draco jamás se había enfadado tanto con nosotros.

—¿Estáis hablando de cuando descubrimos el rubio secreto de Draco? —preguntó Theo, acercándose a nosotros mientras añadía datos a la escena y sonreía. 

De repente, Draco apareció bajando por las escaleras y todos nos quedamos en silencio, mudos de repente.

—¿Qué? —cuestionó el joven Malfoy, serio y mirándonos uno a uno con el ceño fruncido— ¿Qué os pasa ahora?

—Nada, rubia ceniza —respondió Matheo, guiñándole un ojo y lanzándole un beso.

 Todos nos empezamos a partir de risa y Draco nos observó expectantes. 

—Ridículo. 

Rosier - Theodore NottDonde viven las historias. Descúbrelo ahora