Capítulo 41

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- Por favor, siéntese, señorita.

Miré a mi alrededor. El despacho de Dumbledore tenía altos techos y piedra antigua en su interior, que separaba las paredes de la sala, creando varias especies de estanterías repletas de millones de libros diferentes. Había dos escaleras que se unían en el centro de la estancia, en un pequeño piso superior. El escritorio de color bronce de Dumbledore se disponía en el centro, anterior a las escaleras, junto a una silla del mismo color y con mucho detalle en su relieve. Vi también una estructura que parecía para un ave, un pensadero (herramienta que siempre me había fascinado) y una estructura circular en la planta superior. 

Volví a mirar al director Dumbledore, que llevaba su larga barba blanca igual que siempre e iba vestido con ropas grises. Fue en ese momento en el que me planteé su edad. El hombre me señaló una de las sillas que había frente a su escritorio, que seguían la gama de colores del mobiliario. 

- Si no le importa, profesor, preferiría quedarme de pie. 

No respondió inmediatamente.

- Supongo que se estará preguntando el por qué de su visita aquí. - Insinuó el director, yendo hacia el piso de arriba. - ¿Le apetece un té, señorita Rosier?

- Sí, por favor. 

El anciano removió agua hirviendo de un par de calderos y regresó con dos tazas y una tetera llena de té verde e hierbabuena. Era mi infusión favorita. Agarré la taza cuando me la tendió, ya rellena con la infusión humeante, disfrutando del calor que proporcionaba a mis manos. Murmuré un "gracias" y miré al profesor Dumbledore, con ojos demandantes.

- Señor... ¿qué hago aquí? - Pregunté, esperando que no me considerara una prepotente.

- Ay... los hechos. Son un tema complicado, ¿no cree? La relación entre magos y brujas suele depender de un hilo llamado confianza, que, a su vez, depende de la verdad. ¿Qué haría usted, si supiera algo que puede afectar a una persona que le importe? ¿Transmitir la información y arriesgarse a traspasar ciertos límites de su autoridad o guardarse esos hechos?... Oh, sí. En efecto, es un tema peliagudo. 

Tras ese discurso tan extraño que me dejó repleta de dudas, le dio un sorbo a su té.

- No estoy totalmente seguro, Isabella, de si mi deber es hacer lo que estoy a punto de hacer, pero es lo que me indica mi intelecto. 

- No estoy entendiéndolo, profesor. 

Dumbledore me dedicó una leve sonrisa y apuntó la varita de Saúco a su cabeza, murmurando lo que parecía ser un hechizo que yo desconocía. Se formó una línea azul que unía su cabeza con la varita. Dumbledore estaba recolectando uno de sus recuerdos. 

- Así será más sencillo. 

Se levantó y se acercó al pensadero, cosa que imité, con sensación de anticipación. Soltó el recuerdo en el líquido que rellenaba el pensadero y me invitó a sumergirme en su recuerdo. Sin darle muchas vueltas, así lo hice.

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De repente, me vi en el jardín de una mansión descuidada, tanto que parecía abandonada. Un cielo sin nubes dejaba paso a un brillante Sol, que reflejaba sus rayos en la verde y frondosa hierba. ¿Dónde estoy?

Escuché por fin pasos. Eran la profesora McGonagall y el profesor Dumbledore, de aspecto más joven, que parecían tener una conversación ajetreada.

- ¿Qué haremos con ellos, Albus? 

- Son muy pequeños. Sé que te hubiera gustado dejarlos junto a Harry en casa de los Dursley, pero no era una opción. No son familia, y ellos se hubieran dado cuenta muy pronto. Quiero pensar que haremos lo correcto dejándolos con David. Es un buen hombre.

Los seguí hacia la mansión, sin entender por qué habían mencionado el nombre de mi padre. Continuaron hablando, pero, a pesar de intentarlo, no logré entender el significado de sus palabras. Hasta que abrieron la puerta.

Dos niños de algo menos de un año se encontraban jugando con peluches de ciervos. Eran un niño y una niña, risueños, ambos con el pelo castaño y profundos ojos marrones.

Casi se me para el corazón.

Me reconocí, al igual que hice con el niño que estaba sentado a mi lado. 

Era Matheo. 

- Espero que tengas razón, Albus. Confiemos en que salga todo bien.

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Levanté mi cabeza del pensadero. Mi cerebro no paraba de dar vueltas. Miré a la persona que tenía delante de mí, sin saber qué pensar. 

- Profesor, me parece que ha habido una confusión. Esto... esto no puede ser así.

- Siento que ya lo sabía, aunque de forma inconsciente, señorita. Son hermanos; hermanos mellizos.

- Pero... pero eso quiere decir que... o Matheo es hijo de mi padre o... 

Lo miré, de un modo anticipando la respuesta a mi verdadera pregunta, a una que pensé que jamás me iba a formular. Dumbledore continuaba sereno, como si esta situación no fuera un caos total, como si no cambiara la vida de más de una persona.

- Soy hija de Voldemort, ¿no es así, profesor? 

Rosier - Theodore NottDonde viven las historias. Descúbrelo ahora