Capítulo 39

1.2K 59 4
                                        


- ¿Sai cosa?  * Creo que si fueses un animal, serías un ciervecito. Con esos ojitos castaños tan grandes y esas pecas...

- Sei veramente stupido, Theo. * - Le contesté al castaño, pasando las manos por su sedoso pelo, riéndome a carcajadas. 

- Lo digo en serio, Isabella Rosier. - Continuó, riéndose de todas maneras. - Es un hecho que puedo afirmar porque sé que sería verdad.

- Tú serías un saltamontes. - Escuché decir a una tercera voz que llevaba varios días sin poder oír. Me di la vuelta, mirando hacia la entrada a mi cuarto.

- ¡MATT! - Grité, sorprendida.

Me levanté de mi cama en un salto repentino para ir corriendo hacia la puerta de mi habitación, donde el rizoso se apoyaba tranquilamente. Le abracé con fuerza y él me devolvió el abrazo, levantándome del suelo, contento de verme de nuevo. Sonreí, muy feliz, mientras Theodore se levantaba, también sonriente, a saludar a su mejor amigo.

- ¿Cuándo has llegado?

- Hace nada. Me monté en el tren de las nueve. Fue rápido. Y raro, también. - Iba diciendo, mientras dejaba sus cosas en la cómoda de madera de roble de mi habitación. - Se me hizo extraño estar rodeado de tantos muggles. Todos hablaban de una tal.... Em... Madina. Creo.

- Madonna, Matt. - Corrigió Theodore, sonriendo de forma vacilona.

- ¡Sí, eso! La Material Girl la llamaban, o algo por el estilo.

Theodore y yo nos reímos y Matheo no tardó en unirse. De pronto, empezamos a escuchar más pasos que se aproximaban velozmente hacia mi dormitorio. 

- ¿Te gustan los dinosaurios? 

Había llegado Leo, mi hermano pequeño. Estaba tocándole la pierna a Matheo, quien miró hacia abajo sonriente. Leo estaba mirándole con el ceño fruncido, expectante por la respuesta. Me resultó gracioso que no le hubiera visto en la vida y no le preguntara quién era y qué hacía en nuestra casa de campo.

- Me encantan. - Respondió Matheo, divertido. - ¿Y a ti?

- Sí... Los velociraptors me gustan mucho. ¿Sabes por qué? Porque corren muy muy rápido. Como cien trenes, o eso creo. ¿Tú sabes correr rápido? - Leo seguía con su interrogatorio, centrado solo en Matheo.

- Sí. Corro muy rápido. 

- ¿Sabes si es verdad, Bellita? - Me preguntó ahora a mí, con curiosidad.

- Sí, Leo. Es verdad. Ven aquí, que te digo un secreto. - Nada más dije eso, tenía al pequeño en mi regazo, con su oído cerca de mi boca, para así poder escuchar bien lo que le iba a decir. - Matheo corre más que un velociraptor. A lo mejor tendrías que pedirle una carrera después de comer, ¿no crees? 

Leo sonrió, desafiante y asintió, contento por tener algo en lo que pensar. Se giró hacia Matheo, aún en mi regazo.

- Yo te gano. - Dijo, muy convencido, provocando la risa de Matheo, quien se lo estaba pasando bomba. 

De repente, se fijó en que había otra persona que no conocía en la habitación. Miró a Theodore, expectante.

- ¡Holaaaaaaaaaaa! 

- Hola, peque. ¿Cómo estás?

- Bien. ¿Sabes correr rápido? 


...


- Charlotte, pásame la nocilla, por favor. 

- Aquí tienes, Isa. Ponme mucha, que tengo hambre.

- De acuerdo. ¿ALGUIEN QUIERE TORTITAS? - Grité, esperando que se me escuchara desde todos los rincones de la casa.

- ¡YOOOOOOOOOO! 

Escuché gritar a mi hermano pequeño y, pocos segundos más tarde, se escuchó el sonido de la madera causado por los tres sujetos restantes, que bajaban corriendo las escaleras. Vi como Matheo llevaba a Leo en sus hombros y como Theo gritaba: "¡No me vais a ganar!". 

Llevaban toda la tarde haciendo carreras.

- Vale, a ver. Tocamos a dos por cabeza. ¿Todos queréis nocilla por encima? - Pregunté. 

Un "sí" colectivo inundó la cocina, que estaba llena de movimiento. Theodore estaba sacando platos del armario y posándolos en la mesa del comedor, Leo estaba cogiendo cucharitas para hacerse un Colacao, Charlotte estaba poniendo servilletas para todos y Matheo estaba fregando la sartén que yo había usado para preparar la merienda de la tarde. Me encantaba ver nuestra casa llena. No era algo que pasase a menudo.

- ¡Leo, no toques esas tortitas! Son para cuando llegue papá, peque.

- ¡Hola a todooos! - Escuchamos decir, a la vez que la puerta principal se abría.

- ¡Papaaaaá! - Gritamos Charlotte, Leo y yo. Leo y Charlotte fueron corriendo hacia el vestíbulo para saludar a nuestro padre, mientras yo acababa de ponerles la nocilla a las tortitas. 

Theodore se puso algo nervioso y se me acercó, con un poco de preocupación en su mirada.

- ¿Estoy presentable? Por Merlín. - Murmuraba, pasando la mano por el pelo, peinándose un poco, y alisándose la ropa que llevaba. Me hacía sonreír el hecho de que le importase causarle una buena impresión a mi padre.

Mi padre entró en la cocina y yo fui a darle un abrazo enorme. Acababa de llegar de trabajar y estaba algo cansado, pero sonrió al verme y me devolvió el abrazo con fuerza.

- Hola, Bellita. 

- Hola, papá. Llegas justo a tiempo; he hecho tortitas. - Sonreí, señalándole la mesa. 

- Eres maravillosa. - Me respondió, dándome un beso en la mejilla. 

- Papá, estos son Theodore, mi, emm.... novio, y Matheo. - Presenté, algo nerviosa, también. - Chicos, este es mi padre. 

- Encantado, señor Rosier. - Respondieron tanto Matheo como Theodore. Se estrecharon la mano en un fuerte apretón.

- Igualmente, chicos. Podéis llamarme David. Isabella me ha hablado mucho de vosotros.

Ambos chicos sonrieron.

- ¡Papá, papá, papaaaá! ¡ELLOS CORREN MUY MUY MUUUUUUUUY RÁPIDO! - Gritó Leo, volviendo a la cocina seguido de Charlotte, que se reía a carcajadas.

- ¿Podemos comer ya, porfi? Se van a enfriar las tortitas. 

- ¡A comer!

Rosier - Theodore NottDonde viven las historias. Descúbrelo ahora